viernes, 21 de julio de 2017

La "cosecha" de citas científicas de Alan L. Mackay



Recogemos aquí una pequeña selección de las citas que Alan L. Mackay recopila en su libro Diccionario de citas científicas. Si quieres saber de qué va esto, acude al lugar de este blog donde reseñamos el título en cuestión, que no nos gusta repetir nuestras explicaciones. Que aproveche.
 
Homer Adkins (en “Nature”, 1984): La investigación básica es como disparar una flecha al aire y, cuando cae a tierra, pintar un blanco.

Jean-Louis Rodolphe Agassiz: La verdad de todo gran científico pasa por tres etapas: primero, la gente dice que va contra la Biblia; después afirman que ya estaba descubierta; por último, reconocen que siempre habían creído en ella.

Agustín de Hipona (citado por Carl Sagan en “Dragones en el Edén”): Hay otra forma de tentación todavía más peligrosa: la afección de la curiosidad (…). Nos conduce a intentar descubrir los secretos de la naturaleza, secretos que van más allá de nuestra comprensión, que no nos sirven para nada y que los hombres no deberían desear aprender.

Émile Chartier: Hay solamente dos tipos de alumnos: los que aman las ideas y los que las odian.

Luis Walter Álvarez (citado por D. S. Greenberg en “The Politics of Pure Science”): En física no existe democracia alguna. No podemos decir que cualquier individuo de segundo orden tenga tanto derecho a opinar como Fermi.

Jacob Bronowski (“The Ascent of Man”): Es importante que los estudiantes maniffiesten cierta anarquía y descalza irreverencia hacia sus estudios. No están aquí para dar culto a lo conocido, sino para cuestionarlo.

William Kingdon Clifford: [El pensamiento científico] la verdad a la que llega no es la que idealmente podemos contemplar, carente de errores, sino aquélla sobre la que podemos actuar sin temor.

Confucio: Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso.

G. K. Chesterton: Lo malo no es que ellos sean incapaces de encontrar la solución. Lo malo es que no pueden ver el problema.

G. K. Chesterton: El objeto de abrir la mente, como la boca, es cerrarla otra vez sobre algo sólido.

Darwin (citado por S. J. Gould en “Desde Darwin. Reflexiones sobre historia natural”): ¿Por qué es más maravilloso que el pensamiento sea una secreción del cerebro que la gravedad sea una propiedad de la materia?

Darwin (“The Autobiography of Charles Darwin”): Seguí […] durante muchos años una regla de oro; a saber: elaborar inmediatamente y sin falta una memoria cada vez que me llegaban hechos publicados, nuevas observaciones o ideas contrarios a mis resultados generales. Porque he aprendido por experiencia que tales hechos y pensamientos se olvidan con mucha más facilidad que los favorables.

Diego de Estella (“Eximii Verbi Divini Concionatoris, Ordinis Minorum Regularis Observantiae”, 1622): Los enanos sobre hombros de gigantes ven más allá que los gigantes mismos.

Einstein: Algo he aprendido en mi larga vida: que toda nuestra ciencia, contrastada con la realidad, es primitiva y pueril; y, sin embargo, es lo más valioso que tenemos.

Einstein: La totalidad de la ciencia no es más que un refinamiento del pensamiento cotidiano. (en “Out of my later years”)

Galileo: En cuestiones de ciencia, la autoridad de mil no vale tanto como el humilde razonamiento de un solo individuo.

Goethe (“Maxims and reflections”): Nada más terrible que ver la ignorancia en acción.

Stephen Jay Gould (“Conferencia sobre evolución”, Cambridge, 1984): Ciencia es todo lo que está confirmado de un modo que no sería razonable negarle nuestra aprobación provisional.

John Haldane: La religión sigue parásita en los intersticios de nuestro conocimiento que aún no han sido rellenados. Como chinches en las grietas de paredes y mobiliario, los milagros merodean por las lagunas de la ciencia. El científico cubre esas grietas de nuestro conocimiento; el racionalista más militante aplasta esas chinches al verlas. Uno y otro tienen su propia esfera y deberían darse cuenta de que son aliados.

Barón D'Holbach (“Sistema de la naturaleza”): Si hemos de expresar fielmente las ideas humanas acerca de la divinidad, debería reconocerse que, en gran medida, la palabra “dioses” denota las causas ocultas, remotas y desconocidas de los efectos que contempla el hombre. Así, éste aplica semejante término cuando el manantial de lo natural, la fuente de los principios conocidos, deja de ser visible: tan pronto como extravía el hilo que ensarta estas causas o su mente no puede seguirlo, el hombre abandona la investigación y resuelve la dificultad atribuyéndola a sus dioses […]. ¿Qué hace, pues, cuando le imputa a éstos algún fenómeno […], sino sustituir la oscuridad de su entendimiento por voces a las que se ha acostumbrado a escuchar con temor reverente?

Aldous Huxley: Los hechos son muñecos de ventrilocuo: sentados en la rodilla de un hombre sabio, pronuncian palabras doctas; en otros lugares permanecen en silencio o dicen tonterías.

T. H. Huxley (“The Method of Zadig”): El método científico no es otra cosa que sentido común entrenado y organizado: ambos se diferencian únicamente como un veterano de un recluta; y sus métodos sólo se distinguen entre sí como los estilos de lucha del lancero y del salvaje al esgrimir su garrote.

Claude Levi-Strauss (“Le cru et le cuit”): El sabio no es el hombre que formula las respuestas verdaderas, sino aquel que propone las auténticas cuestiones.

Georg Christoph Lichtenberg: Un libro que debiera prohibirse por encima de cualquier otro: el catálogo de libros prohibidos.

Harford John Mackinder: El conocimiento es único. Su división en materias es una concesión a la debilidad humana.

Robert K. Merton: La mayoría de las instituciones exigen una fe incondicional; pero la ciencia hace del escepticismo una virtud.

Robert K. Merton: La ciencia es conocimiento público, no privado.

Jacques Monod: La antigua alianza ya está rota; el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del universo, de donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no está escrito en parte alguna. Puede escoger entre el reino y las tinieblas (palabras finales de “El azar y la necesidad”).

Jules Henri Poincaré: El pensamiento sólo es una chispa entre dos largas noches, pero ese destello lo es todo.

Ezra Pound: Los discípulos dan más problemas que alegrías cuando empiezan a anclar y petrificar a sus santones. El pensamiento del hombre no se fosiliza.

Hans Reichenbach: Si toda vez que se identifique el fallo, éste se corrige, el camino del error será el camino de la verdad.

Sade: No importa cuánto pueda estremecer a los hombres: la filosofía tiene que decirlo todo.

Erwin Schrödinger (citado por L. Bertalanffy en “Problems of life”): La tarea, pues, no es tanto ver lo que aún nadie ha visto, como pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven.

Leo Szilard: Me han preguntado si el drama del científico es su capacidad de producir grandes avances en el conocimiento que la humanidad puede usar para destruir. Mi contestación es que no se trata de la tragedia del científico: es la tragedia de la humanidad.

Iván S. Turguénev: Las investigaciones de los múltiples comentaristas han arrojado ya tanta oscuridad en este tema que, si continúan, es probable que pronto lo ignoremos todo sobre el asunto.

Miguel de Unamuno: Si un hombre nunca se contradice, será porque nunca dice nada.

Aleixander Vucinich (“Science in Russian Culture: A History to 1860”): Tratándose de un auténtico profesional, el científico es inexorablemente un agente del cambio. Los suyos son instrumentos de la innovación: escepticismo, desafío de la autoridad establecida, crítica, racionalidad e individualismo.

Wei Cheng: Si escuchas a ambas partes, se hará en ti la luz; si escuchas a una sola, permanecerás en tinieblas.

H. G. Wells: La historia se está convirtiendo cada vez más en una carrera entre educación y catástrofe.

A. N. Whitehead (“An Introduction to Mathematics”): Una regla segura: cuando un matemático o un filósofo escribe con profundidad misteriosa, dice tonterías.

Wittgenstein (“Tractatus Logico-philosophicus”): No podemos, por consiguiente, decir en lógica: en el mundo hay esto y esto, aquello no (…); porque, de otro modo, la lógica tendría que rebasar los límites del mundo: si es que, efectivamente, pudiera contemplar tales límites desde el otro lado.


Mackay: "Diccionario de citas científicas"







Alan L. Mackay
Diccionario de citas científicas. La cosecha de una mirada serena
(A Dictionary of Scientific Quotations)
Madrid, CSIC / Ediciones de la Torre, 1992


La primera pista acerca de este libro nos la ofrece el subtítulo de la edición en español. El cual se corresponde en realidad con el título de su primera edición en inglés, que no era el de A Dictionary of Scientific Quotations, quizás excesivamente obvio y sobre todo mucho más frío e impersonal en comparación con el otro. Porque lo que sucede es que dicho subtítulo, recogiendo las palabras del primer verso de la cita de Wordsworth con que se abre el volumen, "la cosecha de una mirada serena", desvela a la perfección tanto el origen como el espíritu del libro.

Porque se trata del resultado de la actividad recolectora paciente y entregada llevada a cabo a lo largo de toda una vida por Alan Mackay, científico escocés al que acertadamente, visto lo visto, se le describe en la introducción a esta edición española (firmada por el miembro del CSIC Manuel Torres) como "humanista, interdisciplinar, enciclopédico". Y decimos que la descripción aparenta acertada porque encaja a la perfección con el perfil intelectual que podemos intuir tras esa actividad de constante y meticuloso coleccionista de pequeños fragmentos de sabiduría, que no siempre se refieren estrictamente a la ciencia como tal (aunque ello sea lo que predomine), sino que se extiende a la capacidad humana de conocer, en general, a nuestro modo de atesorar y transmitir esos conocimientos o a la misma posición del ser humano, como sujeto cognoscente, ante la realidad. Podríamos decir, entonces, que sí se trata de ciencia, pero no en el sentido restringido que semejante término ha acabado adoptando, como equivalente a ciencia natural o, en todo caso, a ciencia positiva, sino en el sentido clásico de scientia, es decir, de conocimiento verdadero (en la medida en que ello sea posible, se sobreentiende de manera obvia) sobre las cosas.

La edición que tenemos entre las manos se encuentra auspiciada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas con la intención, según el ya mentado Torres, de contribuir a solventar ciertas carencias en un terreno cultural y social, como el español, que constituye un auténtico "secano" para la ciencia dada la existencia de una tradición pobre y limitada. Torres aprovecha para evidenciar semejante situación en tono de denuncia, realizando un somero recorrido por la tradición cultural reciente. En el mismo, nos recuerda tanto los factores históricos que impidieron que España se subiese al tren del desarrollo científico al mismo tiempo que otros países, como algunos de los hitos en el laborioso intento de evitar tal fenómeno, como serían las actividades de entidades como la Institución Libre de Enseñanza o la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas encabezada por Ramón y Cajal. Y merece su particular recordatorio, por supuesto, esa guerra civil en el siglo XX y su secuela (oficialmente extendida durante 40 años; nos atreveríamos a decir que en ciertos aspectos hasta la actualidad) que sumirían a España en la más triste de las mediocridades, también en el terreno cultural.

Más aclaraciones acerca del contenido del libro encontramos en el prefacio del importante científico y divulgador Peter Medawar (muy británicamente pedante, por cierto) o en el prólogo del propio autor (aunque más bien deberíamos decir compilador). Éste último se centra, sobre todo, en rechazar esa descabellada, ridícula y enormemente dañina idea de "las dos culturas", contra la cual un libro como éste y la actitud de quien lo firma resultan un auténtico antídoto.

Yendo al texto propiamente dicho, el libro se presenta como una recopilación de citas de diversa extensión (entre las de una línea y las que ocupan media página) ordenadas alfabéticamente por el nombre de sus autores, entre los que se encuentran todo género de pensadores, no sólo científicos, sino también filósofos, literatos, políticos,.... Un final índice analítico constituye una estupenda ayuda para cuando requiramos localizar alguna cita acerca de un determinado asunto o concepto.

Obviamente, se trata de ese tipo de texto (tal como las series de aforismos o los poemarios) para ir leyendo en pequeñas dosis, de manera pausada y deteniéndose todo lo que sea necesario para paladear cada uno de los fragmentos que lo componen. Y que incita en gran medida a la reflexión personal, es decir, a nuestro diálogo con el mismo texto, lo cual resulta un elemento esencialmente enriquecedor para toda lectura. En definitiva, altamente disfrutable, siempre y cuando, claro está, nos resulten estimulantes los asuntos que en él se tocan, lo cual es nuestro caso y, suponemos, el de la mayoría de los potenciales lectores de este blog.

En otra entrada complementaria a la presente recopilamos una muestra (mínima en relación con la ingente cantidad que se sucede a lo largo de sus 300 páginas) con algunos de los fragmentos que más nos han llamado la atención; en general, hemos de confesarlo, muy centrados en nuestros particulares intereses.

Por todo lo dicho, y volviendo a palabras extraídas de la introducción de Manuel Torres, este libro, que "atesora el espíritu, el latido y la atmósfera de la tradición científica de todos los tiempos", es para aquellos que "contemplan la ciencia neutral, ecuménica, multidisciplinariamente, como método, como instrumento, como archivo, como consenso, como vocación" o, más sencillamente, "para todo el que se sienta inquieto ante el hecho cultural".


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