viernes, 21 de julio de 2017

La "cosecha" de citas científicas de Alan L. Mackay



Recogemos aquí una pequeña selección de las citas que Alan L. Mackay recopila en su libro Diccionario de citas científicas. Si quieres saber de qué va esto, acude al lugar de este blog donde reseñamos el título en cuestión, que no nos gusta repetir nuestras explicaciones. Que aproveche.
 
Homer Adkins (en “Nature”, 1984): La investigación básica es como disparar una flecha al aire y, cuando cae a tierra, pintar un blanco.

Jean-Louis Rodolphe Agassiz: La verdad de todo gran científico pasa por tres etapas: primero, la gente dice que va contra la Biblia; después afirman que ya estaba descubierta; por último, reconocen que siempre habían creído en ella.

Agustín de Hipona (citado por Carl Sagan en “Dragones en el Edén”): Hay otra forma de tentación todavía más peligrosa: la afección de la curiosidad (…). Nos conduce a intentar descubrir los secretos de la naturaleza, secretos que van más allá de nuestra comprensión, que no nos sirven para nada y que los hombres no deberían desear aprender.

Émile Chartier: Hay solamente dos tipos de alumnos: los que aman las ideas y los que las odian.

Luis Walter Álvarez (citado por D. S. Greenberg en “The Politics of Pure Science”): En física no existe democracia alguna. No podemos decir que cualquier individuo de segundo orden tenga tanto derecho a opinar como Fermi.

Jacob Bronowski (“The Ascent of Man”): Es importante que los estudiantes maniffiesten cierta anarquía y descalza irreverencia hacia sus estudios. No están aquí para dar culto a lo conocido, sino para cuestionarlo.

William Kingdon Clifford: [El pensamiento científico] la verdad a la que llega no es la que idealmente podemos contemplar, carente de errores, sino aquélla sobre la que podemos actuar sin temor.

Confucio: Aprender sin pensar es inútil. Pensar sin aprender, peligroso.

G. K. Chesterton: Lo malo no es que ellos sean incapaces de encontrar la solución. Lo malo es que no pueden ver el problema.

G. K. Chesterton: El objeto de abrir la mente, como la boca, es cerrarla otra vez sobre algo sólido.

Darwin (citado por S. J. Gould en “Desde Darwin. Reflexiones sobre historia natural”): ¿Por qué es más maravilloso que el pensamiento sea una secreción del cerebro que la gravedad sea una propiedad de la materia?

Darwin (“The Autobiography of Charles Darwin”): Seguí […] durante muchos años una regla de oro; a saber: elaborar inmediatamente y sin falta una memoria cada vez que me llegaban hechos publicados, nuevas observaciones o ideas contrarios a mis resultados generales. Porque he aprendido por experiencia que tales hechos y pensamientos se olvidan con mucha más facilidad que los favorables.

Diego de Estella (“Eximii Verbi Divini Concionatoris, Ordinis Minorum Regularis Observantiae”, 1622): Los enanos sobre hombros de gigantes ven más allá que los gigantes mismos.

Einstein: Algo he aprendido en mi larga vida: que toda nuestra ciencia, contrastada con la realidad, es primitiva y pueril; y, sin embargo, es lo más valioso que tenemos.

Einstein: La totalidad de la ciencia no es más que un refinamiento del pensamiento cotidiano. (en “Out of my later years”)

Galileo: En cuestiones de ciencia, la autoridad de mil no vale tanto como el humilde razonamiento de un solo individuo.

Goethe (“Maxims and reflections”): Nada más terrible que ver la ignorancia en acción.

Stephen Jay Gould (“Conferencia sobre evolución”, Cambridge, 1984): Ciencia es todo lo que está confirmado de un modo que no sería razonable negarle nuestra aprobación provisional.

John Haldane: La religión sigue parásita en los intersticios de nuestro conocimiento que aún no han sido rellenados. Como chinches en las grietas de paredes y mobiliario, los milagros merodean por las lagunas de la ciencia. El científico cubre esas grietas de nuestro conocimiento; el racionalista más militante aplasta esas chinches al verlas. Uno y otro tienen su propia esfera y deberían darse cuenta de que son aliados.

Barón D'Holbach (“Sistema de la naturaleza”): Si hemos de expresar fielmente las ideas humanas acerca de la divinidad, debería reconocerse que, en gran medida, la palabra “dioses” denota las causas ocultas, remotas y desconocidas de los efectos que contempla el hombre. Así, éste aplica semejante término cuando el manantial de lo natural, la fuente de los principios conocidos, deja de ser visible: tan pronto como extravía el hilo que ensarta estas causas o su mente no puede seguirlo, el hombre abandona la investigación y resuelve la dificultad atribuyéndola a sus dioses […]. ¿Qué hace, pues, cuando le imputa a éstos algún fenómeno […], sino sustituir la oscuridad de su entendimiento por voces a las que se ha acostumbrado a escuchar con temor reverente?

Aldous Huxley: Los hechos son muñecos de ventrilocuo: sentados en la rodilla de un hombre sabio, pronuncian palabras doctas; en otros lugares permanecen en silencio o dicen tonterías.

T. H. Huxley (“The Method of Zadig”): El método científico no es otra cosa que sentido común entrenado y organizado: ambos se diferencian únicamente como un veterano de un recluta; y sus métodos sólo se distinguen entre sí como los estilos de lucha del lancero y del salvaje al esgrimir su garrote.

Claude Levi-Strauss (“Le cru et le cuit”): El sabio no es el hombre que formula las respuestas verdaderas, sino aquel que propone las auténticas cuestiones.

Georg Christoph Lichtenberg: Un libro que debiera prohibirse por encima de cualquier otro: el catálogo de libros prohibidos.

Harford John Mackinder: El conocimiento es único. Su división en materias es una concesión a la debilidad humana.

Robert K. Merton: La mayoría de las instituciones exigen una fe incondicional; pero la ciencia hace del escepticismo una virtud.

Robert K. Merton: La ciencia es conocimiento público, no privado.

Jacques Monod: La antigua alianza ya está rota; el hombre sabe al fin que está solo en la inmensidad indiferente del universo, de donde ha emergido por azar. Igual que su destino, su deber no está escrito en parte alguna. Puede escoger entre el reino y las tinieblas (palabras finales de “El azar y la necesidad”).

Jules Henri Poincaré: El pensamiento sólo es una chispa entre dos largas noches, pero ese destello lo es todo.

Ezra Pound: Los discípulos dan más problemas que alegrías cuando empiezan a anclar y petrificar a sus santones. El pensamiento del hombre no se fosiliza.

Hans Reichenbach: Si toda vez que se identifique el fallo, éste se corrige, el camino del error será el camino de la verdad.

Sade: No importa cuánto pueda estremecer a los hombres: la filosofía tiene que decirlo todo.

Erwin Schrödinger (citado por L. Bertalanffy en “Problems of life”): La tarea, pues, no es tanto ver lo que aún nadie ha visto, como pensar lo que todavía nadie ha pensado sobre aquello que todos ven.

Leo Szilard: Me han preguntado si el drama del científico es su capacidad de producir grandes avances en el conocimiento que la humanidad puede usar para destruir. Mi contestación es que no se trata de la tragedia del científico: es la tragedia de la humanidad.

Iván S. Turguénev: Las investigaciones de los múltiples comentaristas han arrojado ya tanta oscuridad en este tema que, si continúan, es probable que pronto lo ignoremos todo sobre el asunto.

Miguel de Unamuno: Si un hombre nunca se contradice, será porque nunca dice nada.

Aleixander Vucinich (“Science in Russian Culture: A History to 1860”): Tratándose de un auténtico profesional, el científico es inexorablemente un agente del cambio. Los suyos son instrumentos de la innovación: escepticismo, desafío de la autoridad establecida, crítica, racionalidad e individualismo.

Wei Cheng: Si escuchas a ambas partes, se hará en ti la luz; si escuchas a una sola, permanecerás en tinieblas.

H. G. Wells: La historia se está convirtiendo cada vez más en una carrera entre educación y catástrofe.

A. N. Whitehead (“An Introduction to Mathematics”): Una regla segura: cuando un matemático o un filósofo escribe con profundidad misteriosa, dice tonterías.

Wittgenstein (“Tractatus Logico-philosophicus”): No podemos, por consiguiente, decir en lógica: en el mundo hay esto y esto, aquello no (…); porque, de otro modo, la lógica tendría que rebasar los límites del mundo: si es que, efectivamente, pudiera contemplar tales límites desde el otro lado.


Mackay: "Diccionario de citas científicas"







Alan L. Mackay
Diccionario de citas científicas. La cosecha de una mirada serena
(A Dictionary of Scientific Quotations)
Madrid, CSIC / Ediciones de la Torre, 1992


La primera pista acerca de este libro nos la ofrece el subtítulo de la edición en español. El cual se corresponde en realidad con el título de su primera edición en inglés, que no era el de A Dictionary of Scientific Quotations, quizás excesivamente obvio y sobre todo mucho más frío e impersonal en comparación con el otro. Porque lo que sucede es que dicho subtítulo, recogiendo las palabras del primer verso de la cita de Wordsworth con que se abre el volumen, "la cosecha de una mirada serena", desvela a la perfección tanto el origen como el espíritu del libro.

Porque se trata del resultado de la actividad recolectora paciente y entregada llevada a cabo a lo largo de toda una vida por Alan Mackay, científico escocés al que acertadamente, visto lo visto, se le describe en la introducción a esta edición española (firmada por el miembro del CSIC Manuel Torres) como "humanista, interdisciplinar, enciclopédico". Y decimos que la descripción aparenta acertada porque encaja a la perfección con el perfil intelectual que podemos intuir tras esa actividad de constante y meticuloso coleccionista de pequeños fragmentos de sabiduría, que no siempre se refieren estrictamente a la ciencia como tal (aunque ello sea lo que predomine), sino que se extiende a la capacidad humana de conocer, en general, a nuestro modo de atesorar y transmitir esos conocimientos o a la misma posición del ser humano, como sujeto cognoscente, ante la realidad. Podríamos decir, entonces, que sí se trata de ciencia, pero no en el sentido restringido que semejante término ha acabado adoptando, como equivalente a ciencia natural o, en todo caso, a ciencia positiva, sino en el sentido clásico de scientia, es decir, de conocimiento verdadero (en la medida en que ello sea posible, se sobreentiende de manera obvia) sobre las cosas.

La edición que tenemos entre las manos se encuentra auspiciada por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas con la intención, según el ya mentado Torres, de contribuir a solventar ciertas carencias en un terreno cultural y social, como el español, que constituye un auténtico "secano" para la ciencia dada la existencia de una tradición pobre y limitada. Torres aprovecha para evidenciar semejante situación en tono de denuncia, realizando un somero recorrido por la tradición cultural reciente. En el mismo, nos recuerda tanto los factores históricos que impidieron que España se subiese al tren del desarrollo científico al mismo tiempo que otros países, como algunos de los hitos en el laborioso intento de evitar tal fenómeno, como serían las actividades de entidades como la Institución Libre de Enseñanza o la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas encabezada por Ramón y Cajal. Y merece su particular recordatorio, por supuesto, esa guerra civil en el siglo XX y su secuela (oficialmente extendida durante 40 años; nos atreveríamos a decir que en ciertos aspectos hasta la actualidad) que sumirían a España en la más triste de las mediocridades, también en el terreno cultural.

Más aclaraciones acerca del contenido del libro encontramos en el prefacio del importante científico y divulgador Peter Medawar (muy británicamente pedante, por cierto) o en el prólogo del propio autor (aunque más bien deberíamos decir compilador). Éste último se centra, sobre todo, en rechazar esa descabellada, ridícula y enormemente dañina idea de "las dos culturas", contra la cual un libro como éste y la actitud de quien lo firma resultan un auténtico antídoto.

Yendo al texto propiamente dicho, el libro se presenta como una recopilación de citas de diversa extensión (entre las de una línea y las que ocupan media página) ordenadas alfabéticamente por el nombre de sus autores, entre los que se encuentran todo género de pensadores, no sólo científicos, sino también filósofos, literatos, políticos,.... Un final índice analítico constituye una estupenda ayuda para cuando requiramos localizar alguna cita acerca de un determinado asunto o concepto.

Obviamente, se trata de ese tipo de texto (tal como las series de aforismos o los poemarios) para ir leyendo en pequeñas dosis, de manera pausada y deteniéndose todo lo que sea necesario para paladear cada uno de los fragmentos que lo componen. Y que incita en gran medida a la reflexión personal, es decir, a nuestro diálogo con el mismo texto, lo cual resulta un elemento esencialmente enriquecedor para toda lectura. En definitiva, altamente disfrutable, siempre y cuando, claro está, nos resulten estimulantes los asuntos que en él se tocan, lo cual es nuestro caso y, suponemos, el de la mayoría de los potenciales lectores de este blog.

En otra entrada complementaria a la presente recopilamos una muestra (mínima en relación con la ingente cantidad que se sucede a lo largo de sus 300 páginas) con algunos de los fragmentos que más nos han llamado la atención; en general, hemos de confesarlo, muy centrados en nuestros particulares intereses.

Por todo lo dicho, y volviendo a palabras extraídas de la introducción de Manuel Torres, este libro, que "atesora el espíritu, el latido y la atmósfera de la tradición científica de todos los tiempos", es para aquellos que "contemplan la ciencia neutral, ecuménica, multidisciplinariamente, como método, como instrumento, como archivo, como consenso, como vocación" o, más sencillamente, "para todo el que se sienta inquieto ante el hecho cultural".


miércoles, 28 de junio de 2017

GALFARD: "EL UNIVERSO EN TU MANO"








Christophe Galfard
El universo en tu mano
(The Universe in Your Hand)
Traducción de Pablo Álvarez Ellacuria
Barcelona, Blackie Books, 2016


El autor, Christophe Galfard, físico francés nacido en 1976, se doctora en Cambridge bajo la dirección de Stephen Hawking, con quien colabora en sus investigaciones acerca de los agujeros negros. Sin embargo, finalmente decide abandonar el mundo académico para dedicarse a la actividad divulgadora, plasmada en charlas, apariciones televisivas, la curiosa y muy interesante iniciativa de un consultorio (“Ask me about the universe”) en su sitio web, o, sobre todo, la publicación de una serie de libros en los que demuestra su particular talento para hacer accesibles las enormemente complejas ideas que busca transmitir al gran público.

Sus obras anteriores (una de ellas escrita en colaboración con su mentor y la hija de éste, Lucy Hawking) consistieron en una serie de novelas dirigidas al público infantil, con las que pretendía aproximar a éste al mundo de la ciencia. Hasta donde hemos conseguido averiguar, ninguna de ellas tiene en estos momentos edición en español, lo cual es una auténtica lástima si hemos de juzgar en base a lo que nos hemos encontrado en El universo en tu mano, primer libro de Galfard dirigido al lector adulto. En él, nos propone “un viaje por el universo tal como lo entiende la ciencia actual” (“Prefacio”, p. 7), con un recorrido temático por todos los conceptos y teorías fundamentales de la física teórica, tanto en el terreno de la astrofísica como en el de la física cuántica. Así, a lo largo de las páginas desfilan nuestro sistema solar y la Vía Láctea, la teoría de la relatividad, la expansión del universo, las ondas gravitacionales, el Big Bang, las partículas elementales, los campos cuánticos, el principio de incertidumbre, los agujeros negros, los universos múltiples, la materia oscura,… y mucho más hasta culminar en la teoría de cuerdas como mejor candidata actual (según el autor) a teoría del todo.

Existen abundantes obras que, a nivel divulgativo, tratan las mismas cuestiones que la que comentamos, con responsables tan destacados como Brian Greene, Peter Atkins o el mismo Hawking (su más que célebre Historia del tiempo). ¿Por qué otra más? ¿Qué de particular puede aportar Galfard? En primer lugar, y tratándose además de lo que todas las críticas han venido destacando como su principal virtud, la claridad expositiva del autor es proverbial. Hemos de partir de la constatación de que el objetivo es explicar una serie de cuestiones de elevada complejidad, muchas de las cuales se caracterizan por desafiar nuestro sentido común y contradecir nuestra percepción habitual del mundo. De hecho, y para evitar la posibilidad de que algún lector pueda sentirse acomplejado al tener la impresión de no terminar de comprender algunos de los fenómenos descritos, Galfard exhibe en numerosos momentos la cortesía de aclarar que, sencillamente, no hay más que comprender, dado que se trata de cosas que, efectivamente, se encuentran más allá de la capacidad de comprensión del ser humano (que no de su conocimiento, pues si no, obviamente, ni siquiera podríamos estar hablando de ello). En la tan citada afirmación de Richard Feynman, referida en este caso a la mecánica cuántica en particular, “si crees que la entiendes es que no la entiendes”. El principal propósito de Galfard, manifestado en un breve prefacio que constituye toda una declaración de intenciones, es que “ningún lector se quede rezagado”, y tal propósito se basa a su vez en la convicción de que la información que aparece en el texto es accesible para cualquiera. Y Galfard consigue salirse con la suya: eludiendo hasta el más mínimo tecnicismo (presume de utilizar una única ecuación en todo el libro; te dejamos adivinar cuál es) y sin requerir del lector absolutamente ningún conocimiento previo, logra poner en nuestra mano (tal como promete el título) cuestiones que, habitualmente, nos parece que sólo pueden encontrarse al alcance de Sheldon Cooper y otras mentes privilegiadas.

Para ello aplica determinadas estrategias expositivas de manera muy acertada. Empleando la segunda persona y un estilo seminarrativo, convierte al lector en protagonista de un “viaje” que le coloca en aquellas situaciones (flotando en el espacio exterior, en el interior de un átomo, en las proximidades de un agujero negro o al borde del límite del universo visible) que le permitirán “experimentar” de manera directa los fenómenos descritos. A que tal “vivencia” se produzca contribuyen unas imágenes vivísimas, con descripciones magistrales (que nos llevan a concluir que, independientemente de cualquier otra cosa, Galfard es indudablemente un buen escritor, talento que no tiene por qué darse necesariamente en cualquier científico, por brillante que sea como tal), y el empleo de una serie de símiles muy clarificadores (y algún que otro sutil toque de humor, lo cual no podía faltar en alguien que aprendió de su maestro). Y también algo que nos ha llamado especialmente la atención, por lo difícil que resulta (y por experiencia propia lo sabemos, pues a tal desempeño nos dedicamos profesionalmente): la capacidad de saber hasta dónde hay que contar. Es decir, qué grado de profundización hay que alcanzar para explicar lo necesario, sin pretender abarcar más de lo debido pero sin por ello caer tampoco en una simplificación que llegue a distorsionar los contenidos.

Como otros valores destacables del libro hemos de mencionar, en primer lugar, su actualidad. En él se recogen, por ejemplo, acontecimientos tan recientes como el descubrimiento del bosón de Higgs (del cual, por cierto, también nosotros hablamos aquí en su momento, siempre desde nuestra perspectiva particular) o la detección de las ondas gravitacionales. Un mérito un tanto obvio (es el último título destacado de su género que se ha publicado) pero que no deja de estar ahí. De hecho, en esta edición se destaca en una nota final que el libro recoge todo lo que sabemos del universo hasta, exactamente, las 12:30 (hora española) del martes 5 de julio de 2016. En un área de conocimiento que se amplía de manera tan veloz e imprevisible, no está de más que se nos facilite semejante precisión.

En segundo lugar, resulta muy interesante su carácter de compendio, ya que en él se contiene todo lo fundamental de las áreas de que se ocupa. De tal modo que, como sugiere humorísticamente el propio autor, nos prepara perfectamente para epatar a nuestros amigos en una cena o, sencillamente, como herramienta para refrescar determinados conceptos en cualquier momento en que así lo requiramos. A esta utilidad contribuye de manera eficacísima el índice onomástico con que se cierra el volumen, por el que hemos paseado con el suficiente detenimiento como para poder garantizar que resulta muy difícil achacarle ninguna deficiencia en cuanto a grado de detalle y apropiada estructura. Ello convierte al libro en muy manejable como obra de consulta a la que volver siempre que se necesite o, sencillamente, apetezca (que, dado el buen sabor de boca que deja su lectura, puede ser en más de una ocasión).

miércoles, 10 de mayo de 2017

SHERMER: "POR QUÉ CREEMOS EN COSAS RARAS"







Michael Shermer
Por qué creemos en cosas raras
(Why People Believe Weird Things)
Prólogo de Stephen J. Gould 
Traducción de Amado Diéguez
Barcelona, Alba Editorial, 2008



Nos encontramos aquí con uno de esos títulos que ha de formar parte de cualquier biblioteca escéptica que se precie. Una de las garantías de su valía reside en la entidad de su autor, Michael Shermer, uno de los nombres más destacados actualmente entre las filas de quienes luchan contra las creencias irracionales desde la postura del escepticismo científico, fundador de la Skeptics Society y editor de la revista Skeptic (más información sobre el personaje y su currículo donde siempre). Con el fin de que puedas ver en acción a Shermer, aprovechamos para recomendar un par de sus ponencias inscritas en las actividades de TED, disponibles aquí y aquí, y las cuales suelo emplear en mis propias clases. Obviamente, una sencilla búsqueda en YouTube te permitirá encontrar mucho más material audiovisual protagonizado por Shermer. Y por si el nombre del autor no fuese ya suficiente garantía, disponemos del aval aportado por el firmante del prólogo, nada menos que Stephen Jay Gould, de quien no debería ser necesario decir nada más (aunque, por si acaso, podemos remitirnos de nuevo a... eso es, lo adivinaste: donde siempre).

Una vez hechas las oportunas presentaciones, procedamos a desglosar los contenidos del libro.

Nos encontramos en primer lugar con el ya mentado prólogo a cargo de Gould, el cual contextualiza el libro a través de una breve disertación centrada en una defensa de la necesidad intelectual y moral del escepticismo científico ante el calado social de las creencias irracionales. Y presentando el texto que nos ocupa como una aportación más a semejante lucha.

A continuación, en un segundo prólogo ya del propio Shermer, se responde a algunos comentarios críticos que siguieron a la primera edición del libro. Entre tales respuestas, destacan las que permiten al autor abundar en algunos temas ya tratados en otros lugares del libro, como la raciología (que se verá en el cap. 14) o el creacionismo (que se verá en los caps. 8 a 10). En este apartado se expone también una teoría explicativa de la tendencia humana hacia las creencias irracionales, la cual no resulta en absoluto novedosa pero sí conveniente de recordar con el fin de aportar un fundamento teórico a la postura crítica que se exhibirá a lo largo del libro, especialmente de cara al lector no excesivamente introducido en estos temas. Dicha explicación, que tampoco procede exponer aquí en profundidad, adopta una perspectiva evolutiva, y se refiere a la tendencia implantada en nuestra mente a buscar patrones, orden y relaciones causales en los fenómenos, tendencia que posee una utilidad adaptativa. Lo que sucede es que en ocasiones nos excedemos en la identificación de tales patrones, encontrándolos también donde no está suficientemente justificado considerar que existen. El objetivo principal del libro, tal como aquí se explicita, será pues "comprender la psicología de los sistemas de creencias", y ello mediante el análisis de los factores que conducen a las creencias irracionales a partir del estudio de ejemplos concretos de las mismas.

El sentido e intenciones del libro continúan desgranándose en un siguiente apartado titulado ''Introducción. En el programa de Oprah'', donde Shermer narra su experiencia en el programa televisivo de la célebre presentadora estadounidense. Allí, se vio enfrentado a la actuación de una médium, encontrando que su actitud crítica provocaba un intenso rechazo por parte del público asistente. Al hilo de esta anécdota, que muestra lo "antipática" que resulta para mucha gente la postura escéptica, se alude a la habitual necesidad emocional de determinadas creencias irracionales. Y, al mismo tiempo, al hecho de que la ciencia puede resultar una perfecta alternativa. El libro es presentado aquí como "una celebración del espíritu científico".

Una primera parte del texto (con el título “Ciencia y escepticismo”) engloba tres capítulos iniciales en los que se tratan diversas cuestiones generales alrededor de la oposición entre escepticismo/ciencia y creencias irracionales/pseudociencia.

Tras comenzar revelando la experiencia personal que le condujo a esa posición teórica, el autor lleva a cabo una caracterización del escepticismo moderno, enumerando algunos de sus principales representantes (Gardner, Randi, Kurtz), y explicitando su identificación con el pensamiento científico. A propósito de esto último, se nos habla acerca del método científico, de la actitud escéptica como componente de la ciencia y de la curiosidad natural del ser humano en su relación con la actitud escéptica.

Acto seguido se nos va a hablar del polo opuesto del dilema: la gran extensión y calado social de las creencias irracionales, en llamativo contraste con el gran crecimiento del conocimiento científico en nuestra época. Se expone el debate externalismo (relativismo) - internalismo (objetivismo) en lo referido al conocimiento científico, en cuanto su relevancia para jerarquizar el conocimiento científico por encima del pseudocientífico, junto con una propuesta de solución al mismo. Y se llega finalmente a la enunciación de una definición de "pseudociencia".

Resulta un elemento especialmente llamativo en esta primera sección el tratamiento de la cuestión de la diferencia entre ciencia y pseudociencia en las ciencias humanas, centrado en la disciplina de la historia. Y ello nos resulta interesante debido a que se trata de algo poco habitual, ya que la gran mayoría de obras de este género suele enfocar su atención en el terreno de las ciencias naturales, quizás como reflejo de la idea errónea de que éstas constituyen la única ciencia o la ciencia por excelencia. Como ejemplo de planteamiento pseudocientífico en las ciencias humanas, se presenta la teoría del afrocentrismo, al cual se le dedicará posteriormente el capítulo 14, así como también sepresentará otro caso paradigmático de pseudociencia en el terreno de las ciencias sociales, el del negacionismo del Holocausto, el cual será desarrollado in extenso también más adelante (caps. 11 a 13).

Las consideraciones acerca de la naturaleza de la ciencia (y de lo que no lo es) concluyen con una reflexión acerca de su carácter acumulativo y progresivo como rasgo diferencial con respecto a la pseudociencia, con una referencia a la teoría de los paradigmas de Kuhn.

El tercer y último de los capítulos que conforman esta primera sección del libro (“Cuando el pensamiento se equivoca. Veinticinco falacias que nos impulsan a creer en cosas raras”) se centra en los factores psicológicos que nos llevan a la creencia irracional. De tal manera, se exponen algunos de los mecanismos que inducen a la creencia irracional (sesgos cognitivos, errores de razonamiento, falacias,...), agrupados en varias categorías: "problemas del pensamiento científico", "problemas del pensamiento pseudocientífico", "problemas lógicos del pensamiento" y "problemas psicológicos del pensamiento". Ello se complementa con un argumento de Hume (la "máxima de Hume") que el autor presenta como el lema que resumiría la actitud escéptica, cuya esencia es la exigencia permanente de evidencia sobre las cosas, y como el contrapunto de todos aquellos factores, como los enumerados en el capítulo, que pueden llevarnos a admitir determinadas creencias que no se encuentran respaldadas por semejante evidencia: "ningún testimonio basta para confirmar un milagro a menos que el testimonio sea de tales características que su falsedad sería más milagrosa que el hecho que pretende confirmar".

Por otra parte, y a partir de algunas anécdotas personales, el autor presenta una de las aportaciones más interesantes del libro: su tesis de que la creencia irracional es algo en lo que puede caer cualquier persona (no necesariamente chalados, ignorantes, etc.) siempre que sea víctima de determinados errores de razonamiento. Es una idea en la que el autor abundará mucho en esta obra la de que, por ser víctima de la irracionalidad, no se le ha de presuponer ninguna tara particular al sujeto. Por ello, veremos cómo dedicará más adelante un capítulo íntegro (el 17) a mostrar que no existe una necesaria correlación entre la tendencia a manejar creencias irracionales y otra serie de rasgos personales, incluida la inteligencia, de modo que, como dice el autor, también "la gente lista cree en cosas raras". Este planteamiento queda asociado con otra idea referida a la actitud que desde el escepticismo se ha de adoptar con respecto a los casos de creencia irracional, y que se resume en lo que el autor presenta como el "aforismo de Spinoza" (p. 121): es una tentación habitual del escéptico mirar con menosprecio, soberbia y superioridad al que cree en "tonterías", lo cual suele llevarle incluso a la burla sarcástica, pero tal cosa supone a su vez la irracionalidad de dejarse llevar por determinadas emociones. En realidad, su actitud debería ser la de una búsqueda de comprensión de esos casos:

"Los escépticos tenemos la muy humana tendencia a deleitarnos con el descrédito de lo que nos parecen tonterías. Resulta divertido percatarse del razonamiento falaz de los demás, pero no es ésa la cuestión. Como pensadores críticos y escépticos, tenemos que ir más allá de nuestras respuestas emocionales, porque, comprendiendo por qué otros se equivocaron o se equivocan (...) podemos mejorar nuestra comprensión del funcionamiento del mundo. (...) En el siglo XVII, el filósofo holandés Baruch Spinoza lo dijo mejor: «Me he esforzado siempre en no ridiculizar, no lamentar, no burlarme de las acciones humanas, sino en comprenderlas»."

Tras la anterior primera parte del libro, de carácter más bien teórico, comienza la exposición de una serie de casos particulares de creencias irracionales. Esto abarcará las partes del libro segunda ("Pseudociencia y superstición"), tercera ("Evolución y creacionismo"), cuarta ("Historia y pseudohistoria") y primer capítulo de la quinta ("De la esperanza nace lo eterno"), o caps. 4 a 15. Para cada uno de tales casos, el autor analiza cómo se presenta y aporta argumentaciones para su refutación.

Son los siguientes:

-La percepción extrasensorial, centrándose en la asociación norteamericana ARE, dedicada a la memoria del "psíquico" Edgar Cayce (cap. 4: "Desviaciones. Lo normal, lo paranormal y Edgar Cayce").


-Las experiencias cercanas a la muerte. La búsqueda científica de la inmortalidad, centrándose en la criogénica y la clonación (cap. 5: "A través de lo invisible. Las experiencias cercanas a la muerte y la búsqueda de la inmortalidad").


-Las abducciones alienígenas (cap. 6: "¡Abducidos! Encuentros con alienígenas").

-El fenómeno de "caza de brujas" (o, como lo etiqueta el autor, "epidemia de acusaciones"). Casos contemporáneos como el "pánico satánico" de la década de los 80 del siglo XX o el "movimiento de recuperación de recuerdos" (cap. 7: "Epidemia de acusaciones. La caza de brujas en la Edad Media y en la actualidad").

-El creacionismo (se le dedica la tercera parte del libro íntegra; caps. 8: "Al principio. Una tarde con Duane T. Gish", 9: "Contra el creacionismo. Veinticinco argumentos de los creacionistas y veinticinco respuestas de los evolucionistas" y 10: "Ciencia defendida, ciencia definida. La evolución y el creacionismo ante el Tribunal Supremo").

-El negacionismo del Holocausto, como ejemplo de pseudociencia en el terreno de las ciencias sociales (cuarta parte del libro excepto su último capítulo, dedicado, como veremos, a otro caso encuadrado en las ciencias sociales; caps. 11: "Tertulias televisivas. Historia, censura y libertad de expresión", 12: "Quién dice que el Holocausto nunca ocurrió y por qué. Visión general de un movimiento" y 13: "Cómo sabemos que el Holocausto ocurrió. El descrédito de los revisionistas").

-La raciología, segundo ejemplo, tras el negacionismo del Holocausto, de pseudociencia en el terreno de las ciencias sociales (completando así la parte del libro, la 4ª, dedicada a la "pseudohistoria"; cap. 14: "Encasillar lo inencasillable. Una visión afro-greco-germano-americana de la raza").

-Frank Tipler y sus teorías del principio antrópico y de la resurrección de los muertos (primer capítulo y único dedicado a un caso particular de la 5ª parte: "De la esperanza nace lo eterno"; cap. 15: "El doctor Pangloss de nuestro tiempo. ¿Puede la ciencia hallar el mejor de los mundos posibles?").

Los dos últimos y restantes capítulos, que completan la 5ª parte del libro, abandonan la exposición de casos para volver a cuestiones generales de tipo teórico, referidas a los factores explicativos de la creencia irracional.

Así, en el cap. 16 (“Por qué creemos en cosas raras”) se enumeran algunas motivaciones para la aceptación de creencias irracionales: búsqueda de consuelo (falacia del deseo), gratificación inmediata, búsqueda de explicaciones simples, búsqueda de sentido, anhelo de eternidad...

Pero es en el último capítulo, el 17 (“Por qué cree la gente lista en cosas raras'') donde se expone la que quizás sea la idea que hace a este libro más valioso, ya que por lo demás tampoco aporta mucho más ni nada diferente de lo plasmado ya tantas veces en otras obras de la misma temática. Esa idea ya se había anticipado al presentar lo que el autor denomina "aforismo de Spinoza", de lo cual hemos hablado más arriba, y sirve de apropiada respuesta a un prejuicio enormemente extendido: el que lleva a los escépticos a arrogarse cierta superioridad. Esta actitud constituye un problema en más de un sentido. En primer lugar, porque suele hacer aparecer a estos individuos como antipáticamente arrogantes, lo cual resulta totalmente contraproducente para su declarada intención de difundir su postura. Pero además, porque, de manera paradójica, esa actitud de alardear de ser más racional que el común de las personas responde a una creencia totalmente infundada racionalmente. Y tal paradoja da la razón a Shermer en lo que va a intentar mostrar aquí: que nadie, independientemente de cualesquiera de sus otros rasgos personales, se encuentra libre del riesgo de caer en la irracionalidad de sus creencias.

Shermer va a mostrar lo que el título del capítulo anuncia: que la gente "lista" no se encuentra libre de creer en cosas raras, añadiendo a ello una explicación del por qué es así:

"Dentro del movimiento escéptico se da por supuesto -y, en realidad, se eleva a la categoría de máxima- que la inteligencia y la educación sirven de profiláctico impenetrable frente a las pamplinas que, según presumimos, las masas poco inteligentes y todavía menos cultivadas se tragan con la mayor credulidad. [...] pero ¿está la élite cognitiva protegida contra las sandeces que, en nuestra cultura, algunos se toman tan en serio? ¿Son las chorradas alimento de los tontos exclusivamente? La respuesta es: no. Y la pregunta es: por qué."

Como ejemplo de lo sos
tenido por el autor, se enumera una serie de casos de individuos de demostrada cualificación intelectual que, sin embargo, incurren en sostener creencias irracionales. Por ejemplo, el matemático Frank Tipler, al que ya se le ha dedicado el cap. 15 (pp. 421-422), o personajes del mundo académico especialistas en diversas disciplinas que se han manifestado como creyentes en los ovnis y las abducciones extraterrestres (pp. 454- 471).

Así, se nos presentan (pp. 427-430) determinados estudios que muestran que no existe correlación entre la inteligencia, la formación académica, el nivel cultural, etc., y el sostenimiento de creencias irracionales.

En cuanto al "por qué" ya mencionado, la explicación (pp. 425-426
y 444-453) se refiere al hecho de que la creencia en "cosas raras"no depende de factores como la menor inteligencia o formación cultural, sino de otros muy diferentes (sesgos cognitivos, influencias del entorno social o familiar, experiencias personales,...) cuyo efecto es totalmente independiente de tales variables. Es más, el autor llega a afirmar que la gente inteligente, precisamente por serlo, está incluso más capacitada para defender sus creencias irracionales ("está entrenada para defender creencias y afirmaciones a las que ha llegado por razones poco inteligentes"). Es decir, que no sólo tiene creencias irracionales, sino que incluso su modo de sostenerlas es mejor que el de las personas con menor formación. Y, como ilustración particular de lo dicho, se exponen dos prejuicios cognitivos que "la gente lista” maneja con especial habilidad: el de atribución intelectual y el sesgo de confirmación.

Así, nos dice Shermer:
"[...] a las personas inteligentes se les da mejor racionalizar sus creencias con argumentos razonados, pero, como consecuencia de ello, están menos abiertas a considerar las opiniones ajenas. Así pues, aunque la inteligencia no afecta a lo que creemos, sí influye en la forma en que las creencias se justifican, racionalizan y defienden, después de que las hayamos adquirido por razones que nada tienen que ver con la inteligencia".

Especialmente interesante resulta el primero en lo que se refiere al caso del ateísmo. El autor muestra que existe la tendencia
a pensar que, si bien los demás suelen sostener sus creencias religiosas por motivos irracionales de muy diversa índole, uno mismo, sin embargo, posee esas creencias por fundadas razones. Pues bien, lo mismo se puede aplicar a la ausencia de creencia religiosa. Resulta muy dudoso que uno mismo pueda "decidir", de manera intencionada, consciente y como resultado de la reflexión racional, ser ateo; sin embargo, muchos ateos se encuentran convencidos de que han llegado a tal condición de esa manera. Posiblemente más bien, y como dice Shermer, lo que hacen es "justificar sus creencias con razones intelectuales, aunque las hayan adquirido por razones no intelectuales". Este mismo asunto ya lo tratamos nosotros mismos, con idénticas conclusiones a las de Shermer, en otro de nuestros artículos publicados en este mismo blog.

Existe además el problema de la inteligencia "de dominio especial" (pp. 431-432): se puede ser muy inteligente en un determinado terreno, pero ello no garantiza encontrarse libre de la irracionalidad en otros terrenos diferentes. Lo cual, a nuestro personal parecer, serviría muy bien como respuesta a la cuestión, tan debatida en ciertos círculos, acerca de cómo puede haber científicos que son al mismo tiempo creyentes religiosos; pensar que tal cosa es un contrasentido es como pensar, por ejemplo, que una mente científica no debería caer nunca en la idealización de la persona amada; lo cual, en definitiva, es conocer bien poco al ser humano.

Pero el autor no se limita a analizar si existe relación entre la inteligencia y el sostenimiento de creencias irracionales, sino que también se ocupa (pp. 433-443) en el mismo sentido de otras variables (género, edad, educación, personalidad, locus de control), siempre para llegar a la conclusión final de que no existe en ningún caso una correlación. Es decir, que la tendencia a la irracionalidad de las creencias es totalmente independiente de cualquier otra característica del individuo; por lo tanto, que cualquiera, sea quien sea y como sea, puede ser susceptible de incurrir en ese tipo de creencias.

Concluyendo con una valoración general de la obra, podemos decir que el libro sirve como una excelente introducción a la temática de que se ocupa, al tratar una cantidad de casos suficientemente variada, así como por las consideraciones teóricas que se incluyen. Como ya hemos manifestado, las cuestiones que más nos han interesado particularmente han sido las que ocupan los capítulos finales.

No obstante, también podemos identificar algunos puntos negativos. Así, nos parece que las reflexiones epistemológicas de Shermer pecan en general de bastante superficiales y simplistas, resistiendo difícilmente un análisis en profundidad (como signo de esto, podemos mencionar el uso no del todo acertado que se hace de los conceptos kuhnianos en la primera parte del libro). Por otra parte, el libro resulta fallido en determinados aspectos formales, adoleciendo de una estructura algo deslavazada e inconexa. De hecho, valdría mejor (y no pasaría nada si se hubiese presentado así) como un compendio de artículos variados alrededor del tema principal. O también mostrando excesivas lagunas y cierta falta de equilibrio en los casos tratados: se dejan a un lado creencias irracionales relevantes (no hay ni una mención a las pseudomedicinas) mientras se extiende excesivamente de modo injustificado en otros ciertos temas (como el negacionismo del Holocausto). El motivo parece ser que son esos los temas investigados personalmente por el autor, con lo cual es comprensible que abunde en ellos. Sin embargo, sin semejante aclaración explícita, el lector neófito puede fácilmente llevarse una impresión equivocada acerca de qué temas poseen mayor relevancia objetiva (por su impacto social, por ejemplo) en el terreno de las creencias irracionales.

Sin embargo, ninguno de los anteriores defectos es óbice para que, como ya indicamos al comienzo de nuestro comentario, podamos considerar este título como no sólo recomendable sino incluso necesario para cualquier persona interesada en el tema de que se ocupa.


Y NUESTRAS MÁS RECIENTES OCURRENCIAS...



ESTE BLOG ESTÁ DEDICADO A QUIENES NUNCA "MIRAN POR LA VENTANA" (PORQUE ABANDONEN SU CONFORMISMO Y SU DESIDIA)