miércoles, 24 de junio de 2015

BAUDET: "ERRORES CIENTÍFICOS IMPERDONABLES"






Jean C. Baudet
Errores científicos imperdonables
(Curieuses histoires de la Science)
Traducción de Eva Jiménez Juliá
Barcelona, Ediciones Robinbook, 2013


La ciencia no es un modelo de conocimiento perfecto. ¿Cómo podría si los mismos mecanismos cognoscitivos de quienes la producen, los seres humanos, son enormemente imperfectos? Ahora bien, tampoco presume de serlo, y es en ese autorreconocimiento de su imperfección donde juega su gran baza, pues gracias a semejante conciencia de sus límites se convierte en el mejor modo de conocimiento de que disponemos. Y ello porque tal cosa hace posibles los mecanismos de permanente revisabilidad que constituyen uno de sus rasgos característicos. Por ello, el atender a los numerosos errores (o, si existe intencionalidad, simplemente fraudes) que se producen en su seno resulta, aunque pueda parecer paradójico, una de las mejores maneras de destacar las bondades de la ciencia. Porque lo que con ello se consigue es demostrar que el pensamiento científico nos ofrece la garantía de que, tarde o temprano, lo erróneo acaba siendo descubierto y depurado, posibilitando así el avance, por muy lleno de tropiezos que resulte, hacia una cada vez mejor explicación del mundo.

Precisamente por lo anterior, Baudet construye este libro como un recorrido por las pifias más destacadas de la historia de la ciencia, algunas escandalosas y espectaculares, otras más discretas. Lo hace en orden cronológico, partiendo de los albores del pensamiento racional en la cultura occidental y llegando hasta las últimas décadas del siglo XX, aprovechando también para registrar, al hilo de los errores a los que se otorga el protagonismo, algunos de los principales “aciertos” e hitos en el desarrollo del pensamiento científico (la aparición de los primeros intentos de explicación natural con los presocráticos, la revolución científica del Renacimiento, el nacimiento de la química, grandes descubrimientos como los rayos X o la fisión nuclear,...). En algunos momentos salpica su relato, al hilo de los acontecimientos que se exponen, con algunas observaciones de orden epistemológico, metodológico, histórico-sociológico,... si bien lo hace en muy contadas ocasiones y siempre de manera breve, de manera que el 90% de las páginas se encuentra ocupado por la mera narración de los casos presentados. Donde más se concentra ese aspecto del texto es en una introducción y un epílogo (aún muy someros) en los que la idea fundamental que se pretende transmitir es la que hemos recogido en las primeras líneas de esta reseña.
Con ello, nos encontramos no tanto ante un libro que quepa en el género de la filosofía de la ciencia como ante un interesante, ameno y abundante anecdotario que recorrer con curiosidad y, en ocasiones, asombro. Lo cual no obsta para que nos sirva  perfectamente para darnos pie a algunas reflexiones teóricas o nos pueda ser útil como fuente para añadir a nuestro repertorio esos casos particulares con los que ilustrar dichas reflexiones. 

Así pues, a lo largo de sus páginas aparecen algunas ideas de aquellos meritorios pensadores de la antigüedad o el medievo que, en ausencia de posibilidades en cuanto a trabajo experimental, no tenían más remedio que confiar de manera exclusiva en sus procesos de razonamiento, lo que daría lugar a teorías que hoy nos pueden sonar tan descabelladas como ingenuas pero que, sin embargo, lastrarían el pensamiento científico durante siglos. Hablamos de cosas como la teoría humoral de la medicina hipocrática o la de los cuatro elementos (agua, aire, tierra y fuego) como componentes de todo el mundo material. O pre-ciencias como la alquimia o las investigaciones de Paracelso, ambas gérmenes de la posterior química auténticamente científica y posiblemente peaje histórico que hubo que pasar necesariamente para llegar a ésta.

Encontramos también casos más espectaculares y llamativos, en algunos ocasiones desde la truculencia, como ciertas experiencias en el siglo XVII con transfusiones sanguíneas a partir de la convicción de que cualquier enfermedad podía curarse sustituyendo por completo la sangre del sujeto, los trágicos usos y abusos de la terapia de la lobotomía, o el surgimiento a partir de observaciones erróneas, en el XIX, de la falsa idea sobre la existencia de canales artificiales en la superficie de Marte, auténtico origen del mito moderno de los marcianos (antes de ello se especulaba, sobre todo, con los selenitas). Y no han faltado los intentos de resucitar cadáveres "científicamente", en este caso mediante descargas eléctricas basándose en el galvanismo, una de tantas de esas modas pseudocientíficas que abundaron en un siglo XIX fascinado por los avances de la ciencia y la tecnología y que encontraban su hogar natural en igual medida en laboratorios y ferias de atracciones.

Por supuesto, también existen casos que, más que entrar en la categoría del error, parecen bordear sospechosamente la frontera del fraude o caen directamente en él (nos abstendremos de airear nuestra opinión acerca de cuál es cuál), como las investigaciones de Blondlot sobre los inexistentes rayos N, el célebre hombre de Piltdown que despistó a los paleontólogos durante décadas, los experimentos de Benveniste sobre la memoria del agua, gran baza de la teoría homeopática, o el fenómeno de la fusión fría, defendido desde finales del siglo XX por algunos científicos pero que nunca ha conseguido confirmación experimental definitiva.

En el polo opuesto a lo anterior situaríamos algunos errores que han surgido a lo largo de investigaciones perfectamente apropiadas tanto en objetivos como en procedimientos pero que resultan inevitables como pequeños baches a superar en el camino hecho de tanteos que es el proceso del descubrimiento científico, por lo que difícilmente admitiríamos en este caso la etiqueta de "imperdonables" que los editores españoles han escogido para el título del libro. Aunque se trate de momentos a considerar, sin duda, si se quiere obtener una visión completa de la historia de la ciencia y especialmente de sus caminos equivocados pero enmendados. Nos referimos a cosas que pueden resultar tan banales y cotidianas en el devenir del trabajo científico como falsos positivos en el descubrimiento de nuevos elementos químicos, hipótesis refutadas sobre la estructura molecular de un hidrocarburo, la formulación de leyes equivocadas sobre supuestas relaciones numéricas regulares entre las distancias planetarias o los errores en las primeras elaboraciones de la tabla periódica de elementos.

Y qué decir de los casos de interferencia de intereses ideológicos y políticos, como el de los trabajos de Michurin y Lysenko, que darían lugar a una biología soviética alternativa a las "desviaciones burguesas" de las teorías de Mendel y Darwin. O los estudios contemporáneos sobre el CI y su utilización tendenciosa desde diferentes posiciones políticas.

Y no pueden faltar las meteduras de pata de las grandes mentes científicas de la historia, perfecta ilustración del tópico "nadie es perfecto": Kepler y su inspiración en la doctrina platónica de los poliedros regulares para afirmar que las órbitas de los cuerpos del sistema solar han de seguir la forma perfecta del círculo, Descartes y su idea de que los movimientos planetarios son motivados por torbellinos que se producen en el seno del éter que llena el espacio celeste o Einstein sacándose de la manga y encajando a la fuerza en sus ecuaciones la conocida como "constante cosmológica" para así "arreglar" los huecos explicativos de su teoría de la relatividad.

Para cerrar nuestro comentario, no podemos dejar de hacer notar que el presente es un libro claramente emparentado con uno de nuestros favoritos y tiempo ha ya reseñado aquí: Las mentiras de la ciencia de Di Trocchio. Aunque indudablemente éste último goza de mucha mayor calidad en general y de mayor profundidad e inteligencia en el tratamiento teórico del tema, en particular.

lunes, 22 de junio de 2015

ONFRAY: "FILOSOFAR COMO UN PERRO"





Michel Onfray
Filosofar como un perro
Traducción de Iair Kon y Mateo Schapire
1ª edición, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2013



El volumen que reseñamos recoge textos procedentes de una serie de libros originalmente editados como una trilogía bajo el título común de La philosophie féroce: Exercices anarchistes (2004), Traces de feux furieux (2006) y Philosopher comme un chien (2010). A pesar de una voluntariosa indagación en Internet y a falta de la posibilidad de tener en nuestras propias manos las ediciones originales francesas para poder cotejarlas con esta edición en español, no hemos conseguido averiguar con certeza los detalles de la traslación. ¿Hay textos de los tres libros o sólo de los dos últimos, como nos indicaría el hecho de que en el copyright no se acredite ningún texto del 2004? Pero, si es así, ¿por qué este libro se encuentra organizado no en dos sino en tres partes, una de ellas con el título general de la trilogía, y qué criterio se ha seguido entonces para semejante agrupación de los textos? ¿Aparece la totalidad de los textos de cada uno de los libros o sólo una selección? En fin, sabemos que después de todo es más importante el contenido en sí que detalles técnicos de ese cariz, pero aún así enviamos un tirón de orejas a la editorial argentina, cuya  manera de escamotear información de interés ofrece una evidente impresión de desidia, falta de seriedad y, a fin de cuentas, desagradable amateurismo.

Una vez confesado lo que no sabemos, veamos lo que sí sabemos. Este libro recoge al menos, con (casi) toda seguridad, los textos recopilados originalmente en Philosopher comme un chien, cuyo título es además el adoptado por esta edición. Dichos textos fueron publicados inicialmente como colaboración semanal de Onfray (desde septiembre de 2008 a agosto de 2009) en la revista satírica Siné Hebdó, a modo de columnas de opinión sobre asuntos de actualidad. El resto de los textos, pertenecientes a los otros libros enumerados, aunque no compartan ese origen sí poseen las mismas características formales y de contenido, lo que explica sobradamente que formen conjunto con aquéllos tanto en la trilogía original como en la presente edición.

En el prólogo, subtitulado Bajo el signo del perro (y que aunque en ningún lugar se especifica, tiene todas las trazas de corresponder originalmente a Philosopher comme un chien), el autor habla sobre el sentido, intención y procedencia de los artículos para Siné Hebdó.

Nos recuerda que la labor de redacción de columna de opinión en prensa supone necesariamente una dependencia de los asuntos de la actualidad, pero, por otra parte, éstos pueden servir como punto de partida o coartada para reflexiones más generales y que escapan de lo puramente coyuntural (“[...] sigue habiendo algo universal para meditar en la anatomía de una noticia en particular, porque en la superficie encontramos la sustancia de una época, de un tiempo [...]”). Efectivamente, y tal como dice Onfray, es esa una cualidad que, en nuestra opinión, idealmente siempre debería poseer semejante género literario. Y que, además, es previsible que se potencie cuando el autor es un filósofo, dados los hábitos mentales idiosincráticos de quienes se dedican a esta disciplina. De ahí que hoy podamos seguir leyendo con interés las colaboraciones para prensa de Ortega, del mismo modo que esperamos que dentro de cien años estos artículos de Onfray conserven su interés, a pesar de que muchos de los personajes y acontecimientos a que hacen referencia ya serán desconocidos para el lector del momento.

Onfray también confiesa que en la gran mayoría de los asuntos que trata, aunque desearía encontrar motivos para exhibir actitudes positivas, tan sólo los halla para la crítica y la protesta, de modo que “la ira, al indignación, el enojo, la exasperación, la irritación, dirigen mi pluma”. Y ello enlaza con el espíritu con que el autor pretende teñir estos textos, que es el del cinismo (de ahí el título del libro). Onfray aprovecha para hablar sobre el significado que para su formación personal ha poseído la filosofía helenística en general (esa filosofía para la vida que anima todo su pensamiento) y el cinismo en particular, rememorando la figura de Diógenes y el auténtico sentido que para él existe tras las conocidas anécdotas atribuídas a este personaje: la libertad absoluta ante todo convencionalismo y prejuicio, lo cual Onfray emparenta con el anarquismo moderno, y que se manifiesta en la crítica irreverente contra toda idea establecida, las mismas actitudes y espíritu con que el autor desea teñir estos textos.

En cuanto a los contenidos de los textos, resulta de especial interés la oportunidad de contemplar a Onfray tratando asuntos actuales y en ocasiones cotidianos, juzgando a determinados personajes públicos del momento y manifestando su opinión y posicionamiento personal acerca de cuestiones diversas de orden político y social.

Es recurrente la temática sobre la actualidad política francesa, con alusiones a hechos y personajes que desconocemos. Aunque no por este detalle se pierde el interés al respecto, pues tales asuntos dan pie a Onfray para ilustrar su propio posicionamiento político. Destaca fundamentalmente su crítica hacia el bipartidismo dominante repartido entre una derecha y una socialdemocracia que no se puede identificar con una verdadera izquierda, ambas defendiendo el liberalismo económico. Aunque tampoco se salva de los dardos del autor el comunismo, lo que le da ocasión para arremeter contra todos los intelectuales que lo han defendido, con Sartre a la cabeza, a los que acusa de faltos de pensamiento crítico. Frente a todo ello, Onfray se identifica con el socialismo libertario, posicionamiento ideológico a través del que filtra todas las opiniones expuestas en el libro acerca de asuntos sociales y politicos.

Inevitable en el caso de Onfray, en tanto que es uno de los temas que vertebran su pensamiento y en los que más ha destacado (su obra más célebre con diferencia, que no necesariamente la mejor ni la más representativa de su pensamiento, es su Tratado de ateología), también se repiten en varios de los artículos las referencias a la religión, el ateísmo y la Iglesia, en reflexiones donde nos recuerda su postura e ideas al respecto al hilo de noticias de actualidad sobre el Papa, el mundo islámico o el Dalai Lama, entre otras cuestiones.

Y también abundan los perfiles de otros pensadores contemporáneos, generalmente en tono crítico, como en el caso de Bernard-Henri Lévy (el nombre propio más repetido a lo largo del libro, permitiendo intuir cierta animadversión hacia él por parte del autor), Simone de Beauvoir, el ya mencionado Sartre, Guy Debord, André Glucksmann, Freud (con la narración de los primeros pasos de la investigación que daría como fruto Freud, el crepúsculo de un ídolo, el iconoclasta libro de Onfray sobre el padre-gurú-Papa-chamán del psicoanálisis), Lacan, Alain Badiou. Pero también en algunos casos (pocos, todo hay que decirlo) en tono positivo y ensalzador, como en el caso de Proudhon o Stirner, los cuales el autor presenta como referentes ideológicos. Por enumerar muy rápidamente otros temas, Onfray también nos habla del sistema carcelario, las votaciones democráticas y el abstencionismo, la extensión planetaria de la cultura estadounidense, la eutanasia, el derecho al matrimonio de los homosexuales, la cinegética, Córcega (lugar amado por Onfray), los nacionalismos regionalistas (el equivalente francés a nuestros nacionalismos autonómicos), el sistema público de salud, Calvino, el antiespecismo, el mundillo literario francés, los medios de comunicación, el europeísmo, su trato epistolar con el público, la amistad, la actualización del anarquismo,... y más, resultando imposible enumerarlo todo de manera exhaustiva, ya que es mucho (hablamos de más de un centenar de artículos) y variado.



SELECCIÓN DE CITAS:

Acerca del epitafio de la tumba de Diógenes: “En el mármol, entonces, el transeúnte podía leer: 'Desnudó nuestras quimeras'. No puedo imaginar una mejor definición de la filosofía”.

“Sobre Platón, el filósofo emblemático de los hombres de poder, la referencia de la gente importante, la recomendación de los cómplices del Príncipe, el gurú de los que le venden humo al pueblo, Diógenes decía: «¿De qué sirve un hombre que ha pasado todo su tiempo filosofando sin jamás inquietar a nadie?». Adhiero a esta definición de la filosofía: inquietar, inquietar al fulano lleno de certezas, inquietar al clon que cree que piensa cuando se contenta con duplicar la panoplia de su tribu (tanto de izquierda como de derecha, incluyendo a los anarquistas), inquietar al charlatán que actúa como espejo de su tiempo y de su época, inquietar al lorito del momento que vocaliza las órdenes lanzadas por una sarta de cretinos formadores de opinión. En resumen, inquietar”.

Acerca de la diferencia entre derecha e izquierda: “En pocas palabras, podemos decir que la derecha es fuerte con los débiles y débil con los fuertes, mientras que la izquierda, vía el reparto de bienes, la redistribución del ingreso, el reparto igualitario de las riquezas, la generosidad social, busca alcanzar lo contrario de esta jungla: a saber, la solidaridad con los débiles y el freno con los fuertes, para que no ejerzan su fuerza en perjuicio de los más desprotegidos. Una definición simple de la fraternidad...”.

“El terrorismo, salvo en casos probados, es con frecuencia la palabra que usamos para fustigar al enemigo cuando se lo quiere condenar sin pruebas o antes de constituir su expediente. Fascista, estalinista o pedófilo responden a la misma lógica”.

“Aunque ya no se trate de llevar a cabo la revolución para tomar el poder, la acción política sigue siendo urgente y no se debe renunciar a cambiar el mundo, está claro, pero esta vez debe hacerse multiplicando los actos de resistencia cotidianos -una idea que yo defiendo desde mis lecturas adolescentes de Foucault, Deleuze y Guattari en la Universidad de Caen-”.

A propósito del libro El sabotaje de Émile Pouget: “(...) un principio ético muy simple: se trata de invitar al sabotaje, siempre y cuando resulte perjudicial para el patrón y nunca para los empleados, los usuarios o los consumidores. (…) ¿Lá ética del sabotaje? «Busca mejorar las condiciones sociales de las masas obreras y liberarlas de la explotación que las oprime y las aplasta». Llamo sabotaje negativo a todo lo que termina siendo perjudicial para los usuarios y consumidores, y no para la patronal. Sabotaje positivo es el que, a la inversa, «apunta a la caja de la patronal», según la expresión de Pouget, y beneficia a los usuarios”.

“¡Qué idea más disparatada imaginar que la inteligencia previene de la barbarie, que la cultura impide la maldad, que el refinamiento le prohíbe a uno ser una bestia! (…) Y todas las contorsiones intelectuales no significan nada: se puede ser culto y bárbaro, sólo que éstos no hacen más que llevar la barbarie a grados de refinamiento intelectual insospechados; eso es todo”.

Citando a La Boétie: “(...) frase que constituye el epicentro libertario del Discurso de la servidumbre voluntaria: «Tomad la resolución de no servir y seréis libres»”.

“Así es como se reconoce al devoto: es incapaz de familiarizarse con los argumentos de quienes no comparten su fe sin insultarlos”.

“¿A qué se parece una vida filosófica? Presupone un motor existencial ideal y no sólo un motor biológico. Antes de cualquier acción, se necesitan una serie de proposiciones teóricas en función de las cuales uno puede luego organizar su vida cotidiana en detalle. Claro que se puede alegar que hay una gran cantidad de escuelas de sabiduría, numerosas vías en dirección al bien supremo, incluso que existen varias definiciones de este famoso bien supremo... Sin embargo, en más de veinticinco siglos de filosofía occidental, aunque hayan aparecido muchísimas maneras diferentes de acceder a él, el objetivo sigue siendo el mismo: relacionarse con uno, con los otros y con el mundo de una manera suficientemente controlada como para poder ser dueño de sí mismo en cualquier circunstancia. De ahí el trabajo sobre los propios deseos: no desear más de lo que puede ser satisfecho; no querer lo imposible y contentarse con lo realizable; no confundir los deseos con la realidad”.

martes, 9 de junio de 2015

LA CIENCIA... (LÉASE CON TONILLO DE PUNSET)


Tengo la constante impresión de que estamos demasiado acostumbrados a emplear el término "ciencia" como sinónimo de "ciencias naturales"; es un error que resulta perdonable cuando lo comete el público en general (si se menciona la figura del científico, cualquier ciudadano imaginará a un señor con bata blanca en un laboratorio de física, de química o de biología más bien que a un matemático frente a una pizarra u ordenador o mucho menos a un lingüista, un sociólogo o un arqueólogo), pero no tanto cuando quienes incurrimos en él somos aquellos que estamos interesados o nos dedicamos o estamos más próximos a estos asuntos que el común de las personas. Por supuesto, entre "los nuestros" siempre estará aquel cuya respuesta es negar la mayor aduciendo que no se trata de un error, sino que efectivamente la única ciencia "de verdad" la encontramos en las ciencias naturales, y que jamás deberíamos aplicar (¡sacrilegio!) semejante calificativo a las llamadas "ciencias humanas y/o sociales" (quienes sostienen esta postura, al mismo tiempo y sin pretenderlo, parecen olvidarse siempre también de las ciencias formales). A mí esto siempre me parece un poco como la falacia del auténtico escocés. Una vía habitual para responder es la de afirmar que científica sería la disciplina que emplea el método científico. Pero esto acaba resultando tautológico, como aquella evasiva (ante esa temible pregunta que nunca sabemos cómo responder) de "filosofía es lo que hacen los filósofos". Porque el problema es que en ese caso se da por supuesto que cuando hablamos de "método científico" hablamos del método experimental. Y esto no resuelve la dificultad sino que abunda en ella, pues supone sumar una segunda petición de principio a la primera que ya teníamos: aquella de que "ciencia" es "ciencia natural"; vamos, la que emplea el método experimental, con lo que no nos hemos desplazado ni un milímetro de donde estábamos. Y encima ni siquiera es cierto que todas las ciencias naturales recurran de manera única o ni siquiera preponderante al método experimental. Con lo que, a mi parecer, quienes dan por supuesto que "ciencia" es igual y sólo igual a "ciencia natural" no hacen más que encadenar una serie de errores conceptuales. Y creo que ni mucho menos por ignorancia o falta de capacidad de reflexión sobre el asunto, sino más bien por cierto hábito mental que, sin darnos ni siquiera cuenta, nos dirige a ese tópico (quizás condicionado históricamente a partir de la revolución científica de comienzos de la modernidad, aunque no entraremos en ello para no extendernos ni divagar en exceso).

Frente a todo lo anterior, personalmente prefiero tirar por el camino de la etimología y considerar que la "ciencia", es decir, la latina scientia (equivalente a la episteme griega) no es más que conocimiento. Todo aquel conocimiento que podamos considerar verdadero (en la limitada medida en que podemos calificar algo como "verdad", nunca en un sentido dogmáticamente absoluto; pero no entremos por ahí que nos llevaría por otro camino de discusión también muy complejo), pues nunca decimos que "conocemos" algo sin un cierto grado de pretensión de verdad (y tampoco entremos en el asunto de cómo podemos justificar semejante pretensión). De tal manera, la física sería una ciencia, porque nos aporta el conocimiento, por ejemplo, de que la materia se compone de partículas atómicas, o la zoología, porque nos aporta el conocimiento de en qué zonas geográficas habitan pingüinos. Pero también lo sería la historia, porque nos aporta el conocimiento de que Napoleón gobernó Francia. Aunque al mismo tiempo resulte evidente que los respectivos conocimientos aportados por cada una de ellas no se descubren ni se justifican (por hacer alusión a los dos célebres contextos) de la misma manera, y que, por lo tanto, aun siendo todas ellas ciencias, no lo serían de igual modo.

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