viernes, 20 de septiembre de 2013

ENTREVISTAS EN DEFENSA DE LA FILOSOFÍA





Como seguramente ya sabéis, la filosofía en el sistema educativo español está malita. Y ello debido a un virus en forma de ley orgánica inoculado por un remedo de Fétido Adams pero en grotesco (ya sabes quién te digo, ¿no?). Un señor que parece estar convencido, como todos los suyos, de que todo lo que no sea el pensamiento único (que viene a ser lo mismo que decir su pensamiento, que viene a ser lo mismo que decir la ausencia de pensamiento) resulta una tara en esta sociedad liberal pero poco dada a la libertad en que nos ha tocado (en que nos han hecho) vivir. La Red española de Filosofía se ha constituido con la intención de hacer algo que sirva para intentar arreglar este desaguisado. Entre sus numerosas iniciativas se encuentra la realización y difusión (a la que aquí no podíamos dejar de contribuir) de una serie de vídeos, cuyo responsable directo es el compañero Ángel Vallejo, en los que dispares personajes de la cultura española plasman su opinión al respecto. Desde un ex ministro, como Federico Mayor Zaragoza, hasta un ex alumno de Deleuze en las aulas de la Sorbona, como Santiago Auserón, desfilan para reflexionar sobre el valor que posee, para el individuo y la sociedad, el aprendizaje de la filosofía. Y se promete continuidad con más personajes todos los cuales, a buen seguro, tendrán cosas interesantes que decir sobre este triste asunto.

Te ponemos a mano lo que podríamos considerar el tráiler. Si te pica el gusanillo y quieres ver las entrevistas completas, cosa que recomendamos, las tienes todas aquí.


viernes, 13 de septiembre de 2013

OLAFO Y LA FELICIDAD


Comparto aquí una de las mejores tiras filosóficas que he visto nunca. La fotocopié de un periódico (recuerdo cual pero no lo digo porque no me da la gana) hace ya unos cuantos años, e inmediatamente la enmarqué para colgarla en mi estudio. Permaneció durante un par de mudanzas (pero si es que estoy hecho todo un nómada, rediez) enterrada en una caja hasta que recientemente la he reencontrado, la he escaneado (ahora que ya sé lo que es ese aparatejo) y está esperando para volver a ocupar su lugar de honor en la pared frente a mi mesa de trabajo. Ah, es del entrañable Olafo, que por si no lo conoces ya te he puesto el enlace correspondiente a esa salvadora Wikipedia que siempre nos permite ahorrarnos explicaciones.




LA FILOSOFÍA NO ES UNA COSA DE PERSONAS "NORMALES"



Bueno, de alguna manera tenemos que celebrar el comienzo del nuevo año escolar. Así que aquí van las palabras con que he decidido arrancar, dentro de ya muy pocos días, mi curso de Filosofía de 1º de Bachillerato:


Para empezar, posiblemente la palabra "filosofía", aunque no sepas definirla con exactitud, sí te sugiera algunas cosas. Quizás te suene a algo aburrido, quizás te suene a algo difícil, y quizás, y esto pasa muy a menudo, te suene a algo raro, a algo a lo que se dedican individuos extraños que se ocupan de asuntos que no interesan a la mayoría de las personas, esas personas (como tú mismo/a, por ejemplo) que consideramos "normales" y que prefieren dedicar su tiempo a cosas "normales" 
     Bien, pues déjame que te diga, para empezar, que para un ser humano no hay nada tan natural como la filosofía. ¿Por qué digo esto? La filosofía, en definitiva, no consiste más que en intentar responderse preguntas que nos intrigan, que nos inquietan, que nos provocan curiosidad. Y eso es una de las cosas más humanas que existen. De hecho, si no fuera porque nuestra especie posee esa curiosidad natural, no hubiera conseguido sobrevivir y llegar hasta el momento actual. La curiosidad, en realidad, es una herramienta para la supervivencia que compartimos con otros animales. Si has observado alguna vez a un perro cuando llega a un lugar que no conoce, habrás comprobado que lo primero que hace es "curiosear", sobre todo olisqueando (porque el ólfato es el sentido predominante en esa especie), todos los objetos, rincones y personas nuevos. En realidad, en el caso de un perro, se trata de algo más que simple curiosidad. El perro necesita conocer lo que hay a su alrededor (si es peligroso, si es comestible, etc.) para adaptarse a la situación, para comportarse de la manera más apropiada, lo cual es lo que más le conviene para su bienestar, su seguridad y, en definitiva, su supervivencia. El sentimiento de curiosidad también existe inicialmente en los humanos por ese motivo: como el impulso de conocer lo que hay a su alrededor por un beneficio práctico. Y, aunque seguimos buscando conocer el mundo con un objetivo práctico (piensa, por ejemplo, en los conocimientos en medicina o en los conocimientos en ingeniería), en el ser humano ha sucedido una cosa muy peculiar que nos diferencia de otras especies: también sentimos la curiosidad por sí misma. Es decir, somos capaces de sentir el deseo de saber cosas aunque eso no nos sirva para ningún objetivo práctico, sino por la mera satisfacción de saber. Hemos llegado a desligar ese impulso del objetivo práctico por el que apareció en un principio en nosotros (es algo similar a lo que sucede con la actividad sexual que, aunque sirva para la reproducción, la practicamos también sin ese objetivo, por el mero placer que produce). ¿Nunca has intentado averiguar (buscando en Google, por ejemplo), el nombre de un actor que has visto en una película que te ha gustado, o qué películas ha hecho antes? Y eso no lo quieres saber porque te sirva para nada en particular, excepto simplemente para satisfacer tu curiosidad.

Bueno, pues en definitiva la filosofía consiste, fundamentalmente, en plantearse ciertas preguntas e intentar responderlas para satisfacer ese deseo de saber que es tan natural en el ser humano. Fijémonos en el mismo significado de la palabra "filosofía". Se trata de una palabra griega compuesta por otras dos palabras que son philia (amor, querencia, atracción) y sophia (conocimiento, sabiduría). Así que "filosofía" significa "amor por el conocimiento".
     Y ahora veamos cómo Aristóteles, uno de los primeros grandes filósofos de la historia, en la Antigüedad griega, describía en una de sus obras el modo en que aparece la actitud filosófica en una persona. Según este pensador, tal cosa se produce a través de un proceso que comienza cuando nos encontramos ante algo que desconocemos o no comprendemos. Al ser conscientes de nuestra ignorancia sobre esa cosa, dice Aristóteles, nuestra reacción natural es la de sentir "admiración" (en el sentido de "asombro", o de esa curiosidad de la que hablábamos). Y al sentir esa curiosidad, no podemos evitar sentir el impulso de satisfacerla, lo que nos lleva a hacernos preguntas a las que deseamos encontrar respuesta (como tú cuándo buscas en Google el nombre de ese actor).

Ahora bien, con lo dicho hasta ahora todavía no podemos entender del todo qué es o qué hace la filosofía. Porque si decimos solamente que consiste en intentar responder a preguntas que nos provocan curiosidad, podríamos pensar que cualquiera que se pregunta algo está haciendo filosofía, está filosofando (por ejemplo, el que se pregunta cómo se llamaba aquel actor). No es así. La filosofía no sólo se ocupa de hacerse preguntas, sino de hacerse cierto tipo de preguntas. Y esta es quizás la parte más complicada de explicar, porque es muy difícil decidir qué características ha de tener una pregunta para ser una pregunta de tipo filosófico. Incluso los mismos filósofos no están de acuerdo, en ocasiones, en cuanto a qué preguntas son o no son filosóficas. En otros momentos aclararemos un poco más sobre esto. También, conforme avance el curso, irás estudiando algunas de las cuestiones que son propias de la filosofía. De momento, vamos a dejarlo en que se trata de ese tipo de preguntas que normalmente consideramos como "profundas" (¿por qué existimos?, ¿podemos conocer la verdad sobre las cosas?, ¿qué es lo justo?,... por mencionar sólo unos pocos ejemplos). Es una manera coloquial de decirlo, pero eso no significa que sea una palabra poco acertada, porque lo profundo, en definitiva, es lo que "está en el fondo". Y eso es lo que hace la filosofía: intentar llegar hasta el fondo de las cosas, hasta (y esta ya es una manera más correcta de expresarlo) las explicaciones últimas. Para entender a qué nos estamos refiriendo, piensa en cómo preguntan los niños pequeños a los adultos: "mamá, ¿por qué llueve?, "porque cae agua del cielo", ¿y por qué cae agua del cielo?", "porque se deshacen las nubes", "¿y por qué se deshacen las nubes?", y por qué y por qué y por qué... Cada respuesta les provoca una nueva pregunta, siempre yendo más allá, buscando una explicación última, la respuesta final. 

Claro, ahora podrías pensar: bueno, al principio del texto intentaban convencerme de que la filosofía no es una cosa "rara" porque todos tenemos curiosidad y nos hacemos preguntas. Pero en realidad no es así, porque aunque sea verdad eso de que todos nos hacemos preguntas, lo que no es verdad es que sea habitual hacerse preguntas filosóficas. Uno puede ir por ahí preguntándose cómo se llama ese actor, o si mi novio/a me quiere de verdad, o de qué voy a trabajar en el futuro. Esas son preguntas "normales" de gente "normal", pero no esas preguntas "profundas" que ahora nos dicen que se hacen los filósofos.
     Pero eso no es del todo cierto. Es verdad que la mayor parte de la gente no se dedica habitualmente a hacerse preguntas filosóficas, pero eso no significa que no les puedan interesar ese tipo de cuestiones. Puede significar, por ejemplo, que tienen otras cosas más urgentes en qué pensar, más preocupantes para su vida diaria (por ejemplo, si he de resolver el problema de cómo dar de comer a mis hijos porque no tengo dinero, posiblemente no pueda pensar en otra cosa mientras no consiga resolver ese problema). Si ese es el motivo de que algunas personas no se planteen cuestiones filosóficas, es un motivo realmente triste, pero muy comprensible, justificable y respetable. Lo que para algunos no es tan comprensible, justificable y respetable es otro motivo mucho más habitual: el de haber perdido la curiosidad. ¿Por qué los niños siempre están preguntando, como antes decíamos? Porque llevan tan poco tiempo en el mundo que para ellos todo es nuevo, todo les produce ese asombro del que hablaba Aristóteles. ¿Y por qué no sólo preguntan sino que además lo hacen de la manera que hemos dicho, buscando las explicaciones últimas? Porque no desean las respuestas con el fin de conseguir un objetivo práctico, sino simplemente para satisfacer su curiosidad. Si fuera por lo primero, les bastaría con llegar hasta la respuesta que les sirve para resolver ese problema práctico (por ejemplo, cómo protegerse de la lluvia), sin necesidad de ir más allá. A menudo se ha comparado al filósofo con el niño en ese sentido. El filósofo sería alguien que conserva esa capacidad de asombro ante el mundo que todos hemos tenido alguna vez y que muchos adultos han perdido. Entonces, podríamos decir que las personas "normales", sencillamente, han perdido su curiosidad natural, y les basta con preguntarse cómo se llama el actor que les gusta, qué equipo va a ganar la liga o en qué van a trabajar. La curiosidad de un filósofo, como la de un niño, es mucho más amplia y va mucho más allá. El filósofo es, simplemente, una persona que decide dedicar más tiempo y esfuerzo que otras personas a reflexionar sobre cierto tipo de cuestiones, y ello simplemente por la satisfacción que encuentra en esa actividad. Una satisfacción que, en realidad, cualquier persona, si estuviera dispuesta a ello, podría encontrar.

Y uno podría pensar: bueno, ¿y qué hay de malo en ser poco curioso?, ¿qué hay de malo en que a uno no le interesen esa cuestiones "profundas" de la filosofía?, ¿me tengo que sentir culpable por eso?, ¿acaso no tengo derecho a no ser curioso?
     La verdad es que se trata de una cuestión difícil de responder, y que depende mucho de cómo cada uno entienda la vida, su propia existencia o la misma condición humana. Aquí podemos decir que, desde el punto de vista de los propios filósofos, a menudo se considera que sí es algo malo. ¿Por qué? El que la persona "normal" haya perdido su curiosidad de niño no se debe a que cuando era niño lo ignorase todo y ahora sin embargo ya lo sepa todo, pero muy a menudo esa persona sí cree que es así. Sencillamente, lo que ocurre es que la persona "normal" no es consciente de su propia ignorancia: se cree que conoce las respuestas a ciertas cosas cuando en realidad no las conoce. Sin embargo, el filósofo, igual que el niño, es muy consciente de su ignorancia, y es eso lo que le impulsa a hacerse preguntas y a intentar responderlas (recuerda lo que decía Aristóteles). Alguna vez habrás oído esa famosa frase de Sócrates, otro de los más destacados filósofos de la Antigüedad: "Sólo sé que no sé nada". Como muchas frases célebres, nos hemos acostumbrado a oírla sin plantearnos o estar seguros de su significado o, peor aún, atribuyéndole un significado falso. ¿Qué quería decir Sócrates exactamente? Con esa frase expresaba el primer paso necesario para llegar a la sabiduría: sólo siendo consciente de la propia ignorancia sobre las cosas puede uno estar dispuesto a reflexionar con la intención de eliminar esa ignorancia. Si uno no se da cuenta de que le falta algo (en este caso, el conocimiento), nunca va a ponerse a buscar ese algo.
    Bueno, y volvemos a la cuestión de antes: ¿tiene algo de malo que no intente encontrar mis propias respuestas a ciertas preguntas? Tal vez podamos llegar a pensar que sí si nos damos cuenta de que cuando no intentamos responder las cosas por nosotros mismos, siempre aparecerá alguien que intentará responderlas por nosotros. En realidad, las respuestas (o las explicaciones sobre las cosas) que maneja la persona "normal", esa que renuncia a la filosofía, normalmente no son sus propias respuestas, ya que no las ha pensado por sí mismo, sino que son respuestas que vienen de la tradición, de los prejuicios, de las ideas que transmiten los medios de comunicación o del poder político y social. Podríamos decir que muchas personas, en lugar de pensar por sí mismas, dejan que sean otros quienes piensen por ellas. Y cuando alguien permite que eso suceda, el resultado es que se convierte en una persona manipulada, sin libertad, pues el permitir que sean otros quienes le digan qué tiene que pensar significa, ni más ni menos, permitir que sean otros quienes le digan cómo tiene que vivir, qué tiene que desear, a quién debe odiar, temer o amar,... 
     Aquí podemos hacer otra comparación con los niños pequeños, aunque en este caso negativa, porque quien se encuentra en esa situación que hemos descrito sería como el niño que se deja llevar por sus padres dejando que sean ellos quienes le digan qué está bien y qué está mal, cómo ha de comportarse, etc. El problema es que, aunque eso está justificado en el caso del niño, porque aún no ha desarrollado la capacidad de razonar, de pensar por sí mismo, quizás no debería ser así en un adulto. Por eso, Kant, otro gran filósofo de la historia, esta vez del siglo XVIII, hablaba de "sacar al ser humano de su minoría de edad". Aquí utilizaba una metáfora: quería decir que el ser humano que no piensa por sí mismo es como un menor de edad, alguien que no es libre y autónomo sino que depende de los adultos que, en esta metáfora, serían una representación de quienes tienen el poder en la sociedad. Kant fue uno de los principales representantes de un movimiento intelectual y social de su época llamado "Ilustración" o "Iluminismo", porque lo que buscaban sus partidarios era precisamente que las personas saliesen de la oscuridad de su ignorancia (se "iluminasen", se  "ilustrasen"), usando su razón (la "luz" de la razón), pensando por sí mismos. Por ello, Kant convirtió en lema las palabras sapere aude ("atrévete a saber"). ¿Por qué pensar puede ser una cosa que suponga un atrevimiento? Porque no pensar por uno mismo (que es lo mismo que dejar que sean otros quienes piensen por uno) es lo más fácil, lo más cómodo. Pensar es difícil, supone un esfuerzo. Pero no pensar por uno mismo sería también, desde cierto punto de vista, lo más cobarde, lo más irresponsable. Porque (siguiendo con la metáfora de Kant) es como cuando nos convertimos en adultos: al no depender de otros ganamos en libertad, pero eso supone al mismo tiempo ser responsable de uno mismo y tener la valentía de dirigir la propia vida. Parece que no todo el mundo es capaz de eso.
     Aunque, en realidad, todavía puedes preguntarte (esa manía de los filósofos de llevar sus preguntas siempre un poco más allá, ya sabes): bueno, ¿y qué tiene de malo permitir que sean otros quienes piensen por mí, qué tiene de malo renunciar a ese "atreverme a saber" de Kant, qué tiene de malo no tener la valentía de ser libre y responsable de mí mismo? Bueno, esto ya tienes que decidirlo tú. Desde luego, aquí no vamos a decirte qué es lo que tienes que pensar. Eso supondría una contradicción con todo lo que hemos dicho antes. 

Para terminar, te desvelaremos una pequeña trampa. En este apartado no sólo hemos estado intentando explicarte en qué consiste la filosofía, sino que también hemos intentado (no sabemos si lo hemos conseguido) impulsarte a filosofar, incluso aunque no te dieras cuenta. Vuelve unos párrafos atrás y recuerda cuando dijimos "Y uno podría pensar: bueno, ¿y qué hay de malo en ser poco curioso?, ¿qué hay de malo en que a uno no le interesen esa cuestiones "profundas" de la filosofía?, ¿me tengo que sentir culpable por eso?, ¿acaso no tengo derecho a no ser curioso? ". Si cuando leíste esas frases pensaste algo así como "sí, es verdad, eso es lo que me podría preguntar en este momento", que sepas que te has hecho preguntas filosóficas. También recordarás que inmediatamente después dijimos "Bueno, esta es una cuestión difícil de responder, y que depende mucho de cómo cada uno entienda la vida, su propia existencia o la misma condición humana". Estos son exactamente los temas típicamente filosóficos sobre los que habría que reflexionar para intentar responder a esas preguntas anteriores. Si te has planteado si estás de acuerdo o no con todo lo que se ha venido diciendo después, has estado haciendo filosofía. Quizás no seas tan "normal" como te pensabas. Si es así, puedes estar seguro/a de que Kant diría que eres una persona valiente, que no está dispuesta a permitir que nadie, y aún menos su profesor de filosofía, piense en su lugar.





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