miércoles, 29 de mayo de 2013

SAGAN ACERCA DE RANDI





Dos personajes admirados en este ágora, dos escépticos de pro. Ambos luchadores, cada uno mediante sus respectivas y diferentes herramientas, contra la irracionalidad y la pseudociencia: Carl Sagan y James Randi. No necesitan presentación, al menos para quienes compartan los intereses de este blog. Pero ¿qué nos puede decir el primero de ellos acerca del segundo? La curiosidad que nos suscita semejante opinión la satisfacemos echándole un vistazo a El mundo y sus demonios, la obra de Sagan que constituye una de las referencias fundamentales en cualquier biblioteca escéptica que se precie y a la que algún día, ineludiblemente, tendremos que dedicar un artículo. Allá va, con moraleja final incluida:

Los magos, por otro lado, están en el negocio del engaño. (...) Algunos usan sus cono­cimientos para poner en evidencia a los charlatanes que hay entre sus filas y fuera de ellas. Un ladrón se dispone a cazar a otro ladrón.
       Pocos reaccionan a este desafío con tanta energía como Ja­mes Randi, «el asombroso», que se describe a sí mismo con preci­sión como un hombre enfadado. La supervivencia hasta nuestros días del misticismo antediluviano y la superstición no le enoja tan­to como la aceptación acrítica de las obras de misticismo y supers­tición que pueden defraudar, humillar y a veces incluso matar. Como todos nosotros, Randi es imperfecto: a veces es intolerante y condescendiente y no siente ninguna simpatía por las fragilidades humanas que fundamentan la credulidad. Le suelen pagar por sus conferencias y actuaciones, pero nada comparable a lo que recibiría si declarase que sus trucos derivan de poderes psíquicos o divinos, o de influencias extraterrestres (la mayoría de prestidigitadores profesionales de todo el mundo parece creer en la realidad de los fe­nómenos psíquicos... según los sondeos de sus opiniones). Como prestidigitador, Randi ha trabajado mucho para desenmascarar a videntes remotos, «telépatas» y curanderos que han estafado al público. Hizo una demostración de los sencillos engaños y apreciaciones erróneas mediante los cuales los psíquicos que doblan cucharas (1) habían conseguido que físicos teóricos prominentes recono­cieran la existencia de nuevos fenómenos físicos. Ha recibido un amplio reconocimiento entre los científicos y es poseedor de una beca de la Fundación MacArthur (llamada «de genio»). Un crítico le acusó de estar «obsesionado con la realidad». Ojalá pudiera de­cirse lo mismo de nuestra nación y nuestra especie.
        Randi ha hecho más que nadie en épocas recientes para poner al descubierto la simulación y el fraude en el lucrativo negocio de la curación mediante la fe. Examina las pruebas. Comenta los cotilleos. Escucha la corriente de información «milagrosa» que llega al curandero itinerante... no por inspiración divina, sino por radio, a 39'17 megaherzios de frecuencia, transmitida por su espo­sa entre bastidores (2). Randi descubre que los que se levantan de las sillas de ruedas y, según se afirma, han sido curados, nunca habían estado confinados a sillas de ruedas: un acomodador los invitó a sentarse en ellas. Desafía a los curanderos a proporcionar pruebas médicas serias para dar validez a sus reclamaciones. Invita a las agencias locales y federales del gobierno a aplicar la ley contra el fraude y la mala práctica médica. Critica a los medios de informa­ción por su estudiado alejamiento del tema. Revela el desprecio profundo de esos curanderos hacia sus pacientes y parroquianos. (...) Creo que es una suerte que James Randi descorra la cortina. Pero sería tan peligroso confiarle a él el desenmascaramiento de to­dos los matasanos, farsantes y tonterías del mundo como creer a esos mismos charlatanes. Si no queremos que nos engañen, debe­mos ocuparnos de ello nosotros mismos.  


Notas de servidor de ustedes:

(1) Se hace referencia a Uri Geller, otrora célebre estafador al que Randi se empeñó en perseguir de modo inmisericorde hasta el punto de que aquél debió de llegar a tener pesadillas con el barbudo. Para los españolitos que vivimos cierta época siempre quedará asociado a su aparición televisiva de la mano del ínclito José María Íñigo (que se tragó hasta el fondo la patraña) y a la imagen de algún miembro de la familia saliendo a toda prisa del salón en busca de un reloj estropeado (quienes lo vivisteis sabéis perfectamente de qué hablo, no os hagáis ahora los longuis). 
(2) El caso de Peter Popoff, que pretendidamente adivinaba información personal de miembros del público (datos personales, las enfermedades que padecían...). Para hacerlo, tal como se explica en el texto, recurría a algo tan escasamente paranormal como la tecnología: su cómplice le transmitía esa información a un pinganillo que ocultaba en su oído. Ella la había conseguido previamente gracias a que, al entrar al espectáculo, a los asistentes se les pedía que rellenaran unas tarjetas con esa misma información. Asombroso que nadie atase cabos... tal sería el deseo de creer de sus seguidores.

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