viernes, 11 de octubre de 2013

HEMEROTECA POR LA FILOSOFÍA (8): DIANA PEINADO SERRANO, "PIENSO, LUEGO ESTORBO"



"Pienso, luego estorbo"
DIANA PEINADO SERRANO (alumna de Bachillerato)
Publicado en la sección de Opinión de "El País" el 9 de octubre de 2013 




Realmente no sé qué me inquieta más, que vayan a quitar la asignatura de Filosofía en la nueva ley o que la respuesta de algunos de mis compañeros de segundo de bachillerato sea “menos mal”.

¿Menos mal? Puede que sea la única asignatura que tenga que ir más allá de la memorización. Puede que sea la única asignatura que nos ayude a comprender los “por qué” que tanto nos martirizan. Puede que sea la única asignatura que nos ayude a pensar por nosotros mismos y reflexionar más allá de lo convencional, de lo que nuestros padres y profesores nos han enseñado. Aunque viéndolo así, tiene sentido que la quieran quitar de nuestras clases, ¿no crees?

Filosofía no puede ser de ninguna manera una asignatura más, de la cual no quiero volver a oír hablar cuando termine selectividad, no. Filosofía tiene que ser esa asignatura que me ayude a comprender qué es lo que realmente pienso y defiendo.
 
Si quitan esta asignatura y si realmente nosotros lo permitimos, estamos acabando con una de las pocas vías que tendrán en un futuro nuestros hijos para poder pensar por sí mismos.
 
 

HEMEROTECA POR LA FILOSOFÍA (7): JOSÉ SÁNCHEZ TORTOSA, "LA DERROTA DE LA FILOSOFÍA"



"La derrota de la filosofía"
JOSÉ SÁNCHEZ TORTOSA (profesor de Filosofía y autor de El profesor en la trinchera)
Publicado en "El Mundo" el 10 de octubre de 2013 





Los trámites parlamentarios para la reforma de la ley educativa están focalizándose en la figura del ministro Wert. Sin embargo, escasea el diagnóstico riguroso de lo que aquí se está jugando. Entretenerse con vaguedades y trivialidades parece ser el destino de esta decrepitud institucional e intelectual que se esconde bajo el solemne y respetable nombre de democracia, y que, en base a la ley de Murphy, aún puede empeorar bajo los que dicen encarnar como en un sacramento la verdadera democracia.

Lo que aquí se juega no depende sólo de un par de asignaturas, sino de la estructura objetiva del sistema de enseñanza, devastada por la ley del 90, que impuso una tendencia irreversible bajo la cual han sido sacrificadas varias generaciones y la salud técnica, económica, política e intelectual de España.

En el caso de la Filosofía, se da la paradoja de que hay que defenderla de los que salen en su defensa. El tópico de que es un modo de estar en el mundo es una vaguedad que la asimila al senderismo, a cualquier tribu urbana o a la afición por un equipo deportivo. El carácter específico de la Filosofía consiste en que es una labor crítica cuyo campo de estudio abarca los demás saberes, actividades y relatos de los homínidos parlantes, que, como sujetos, son producto de un entramado de relaciones objetivadas en las instituciones: económicas, tecnológicas, simbólicas. Por ello, es indispensable, no para ser mejor persona, más demócrata o cualquier otro tópico bienintencionado y políticamente correcto que ninguna asignatura garantiza, sino para poder discriminar, definir y entender las diferencias y las relaciones entre esos saberes y actividades, para distinguir lo que tiene una base lógica o racional y lo que es un mito, por muy innovador que parezca. Por ello, se pregunta qué significa "estar en el mundo" y qué se quiere decir con "mundo": para defenderse de la ignorancia que siempre vence.

Además, parece que se puede hacer Filosofía sin necesidad de saber Filosofía, como si fuera posible hacer carpintería sin saber carpintería, por no sé qué misterioso atributo taumatúrgico que permite a cualquiera filosofar ("pensar") sin estudiar los rudimentos de esa disciplina que pone en pie Platón. La Filosofía se levanta en defensa propia contra los mitos heredados y contra los que generan las nuevas tecnologías y ciencias. Por eso, no irrumpe de la nada, ni de la meditación con uno mismo, ni de la inspiración divina, ni de la comunión con la naturaleza, ni de la superioridad del genio. Es un trabajo de destrucción dialéctica contra toda la distorsión de la realidad, que moldea la mentalidad de los sujetos según los códigos de esas mitologías. Es un trabajo solitario que no se puede hacer más que en discusión con otros, contra los demás y contra uno mismo, contra el peso de la pereza intelectual que dicta lemas apresurados, consignas simplistas, dogmas que no se discuten. La Filosofía es una peculiar aristocracia contra las masas al alcance de cualquiera. Por eso no está reservado de antemano a élites de sabios o profetas, de líderes o iluminados. Necesita rigor, precisión, paciencia. El trabajo que cualquiera puede realizar, pero que muy pocos realizan. Justo lo que la escuela pública postmoderna ha barrido de los centros de enseñanza, convertidos en guarderías para sujetos infantilizados hasta la ciudadanía.
 
La nueva ley no corrige la catástrofe porque no ataca los principios objetivos en los que se basa la destrucción de la enseñanza perpetrada por la LOGSE: infantilización por medio de la reducción del bachillerato a dos cursos, de la igualación de los niveles, de la promoción automática. Los mitos pedagógicos (el constructivismo, aprender a aprender) son el vacío adecuado para propagar la ignorancia y forman la retórica que envuelve el delirio en el cual los profesores son esclavos de los pedagogos y de los alumnos, y, de ese modo, los alumnos son esclavos de sí mismos y, salvo heroicidades, están condenados a la incompetencia y el analfabetismo camuflados por las inercias mecánicas de leer y escribir sin saber leer ni escribir. Y ni siquiera en español.
 
Convertir la Religión en evaluable, aunque optativa, y hacer de la Historia de la Filosofía de 2º de Bachillerato una asignatura optativa, son torpezas que insisten en la destrucción del rigor y el estudio y dejan vía libre al adoctrinamiento por debilidad y falta de exigencia académica. Entre sacerdotes católicos, reverendos progresistas y obispos nacionalistas, el alumno queda asfixiado y con nulo margen para aquello que un sistema público de enseñanza ha de proporcionarle a él y, por extensión, a la sociedad de la que forma parte: conocimientos.

viernes, 4 de octubre de 2013

SAMPEDRO (UN REGALO PARA MIS ALUMNOS)



Como dije reiteradamente en aquel momento a quien quisiera escucharme, el 8 de abril de 2013 la cantidad de lucidez contenida en nuestro universo disminuyó de manera sustancial. Lo que acaeció en esa fecha fue la muerte de José Luis Sampedro, el hombre con la admirable mente que muchos quisiéramos poseer a los 90 años. Uno siempre intenta dar a conocer a sus alumnos un poquito de lo que merece la pena (una idea, un libro,... un personaje, como en este caso), incluso sabiendo que la mayoría de ellos hará caso omiso de lo que les muestro, pero aún así con la esperanza de haber dejado, quizás, aunque sea tan solo en uno de cada cien de ellos, un poso que pueda suponerle un enriquecimiento personal. Por ello, en mi curso de Filosofía de bachillerato de este año, les ofrezco lo que, desde mi punto de vista, es un auténtico regalo: les presento a Sampedro. Lo hago a propósito de una determinada reflexión sobre la función crítica del pensamiento y sobre la conveniencia de pensar por uno mismo en lugar de permitir que sean otros quienes lo hagan en tu lugar. A mi parecer algo que en realidad, más que conveniente, como he dicho, es un auténtico imperativo moral (pero con ellos sólo puedes llevar las cosas hasta cierto punto). De modo que aprovecho para ilustrar semejantes ideas con el siguiente vídeo:





viernes, 20 de septiembre de 2013

ENTREVISTAS EN DEFENSA DE LA FILOSOFÍA





Como seguramente ya sabéis, la filosofía en el sistema educativo español está malita. Y ello debido a un virus en forma de ley orgánica inoculado por un remedo de Fétido Adams pero en grotesco (ya sabes quién te digo, ¿no?). Un señor que parece estar convencido, como todos los suyos, de que todo lo que no sea el pensamiento único (que viene a ser lo mismo que decir su pensamiento, que viene a ser lo mismo que decir la ausencia de pensamiento) resulta una tara en esta sociedad liberal pero poco dada a la libertad en que nos ha tocado (en que nos han hecho) vivir. La Red española de Filosofía se ha constituido con la intención de hacer algo que sirva para intentar arreglar este desaguisado. Entre sus numerosas iniciativas se encuentra la realización y difusión (a la que aquí no podíamos dejar de contribuir) de una serie de vídeos, cuyo responsable directo es el compañero Ángel Vallejo, en los que dispares personajes de la cultura española plasman su opinión al respecto. Desde un ex ministro, como Federico Mayor Zaragoza, hasta un ex alumno de Deleuze en las aulas de la Sorbona, como Santiago Auserón, desfilan para reflexionar sobre el valor que posee, para el individuo y la sociedad, el aprendizaje de la filosofía. Y se promete continuidad con más personajes todos los cuales, a buen seguro, tendrán cosas interesantes que decir sobre este triste asunto.

Te ponemos a mano lo que podríamos considerar el tráiler. Si te pica el gusanillo y quieres ver las entrevistas completas, cosa que recomendamos, las tienes todas aquí.


viernes, 13 de septiembre de 2013

OLAFO Y LA FELICIDAD


Comparto aquí una de las mejores tiras filosóficas que he visto nunca. La fotocopié de un periódico (recuerdo cual pero no lo digo porque no me da la gana) hace ya unos cuantos años, e inmediatamente la enmarqué para colgarla en mi estudio. Permaneció durante un par de mudanzas (pero si es que estoy hecho todo un nómada, rediez) enterrada en una caja hasta que recientemente la he reencontrado, la he escaneado (ahora que ya sé lo que es ese aparatejo) y está esperando para volver a ocupar su lugar de honor en la pared frente a mi mesa de trabajo. Ah, es del entrañable Olafo, que por si no lo conoces ya te he puesto el enlace correspondiente a esa salvadora Wikipedia que siempre nos permite ahorrarnos explicaciones.




LA FILOSOFÍA NO ES UNA COSA DE PERSONAS "NORMALES"



Bueno, de alguna manera tenemos que celebrar el comienzo del nuevo año escolar. Así que aquí van las palabras con que he decidido arrancar, dentro de ya muy pocos días, mi curso de Filosofía de 1º de Bachillerato:


Para empezar, posiblemente la palabra "filosofía", aunque no sepas definirla con exactitud, sí te sugiera algunas cosas. Quizás te suene a algo aburrido, quizás te suene a algo difícil, y quizás, y esto pasa muy a menudo, te suene a algo raro, a algo a lo que se dedican individuos extraños que se ocupan de asuntos que no interesan a la mayoría de las personas, esas personas (como tú mismo/a, por ejemplo) que consideramos "normales" y que prefieren dedicar su tiempo a cosas "normales" 
     Bien, pues déjame que te diga, para empezar, que para un ser humano no hay nada tan natural como la filosofía. ¿Por qué digo esto? La filosofía, en definitiva, no consiste más que en intentar responderse preguntas que nos intrigan, que nos inquietan, que nos provocan curiosidad. Y eso es una de las cosas más humanas que existen. De hecho, si no fuera porque nuestra especie posee esa curiosidad natural, no hubiera conseguido sobrevivir y llegar hasta el momento actual. La curiosidad, en realidad, es una herramienta para la supervivencia que compartimos con otros animales. Si has observado alguna vez a un perro cuando llega a un lugar que no conoce, habrás comprobado que lo primero que hace es "curiosear", sobre todo olisqueando (porque el ólfato es el sentido predominante en esa especie), todos los objetos, rincones y personas nuevos. En realidad, en el caso de un perro, se trata de algo más que simple curiosidad. El perro necesita conocer lo que hay a su alrededor (si es peligroso, si es comestible, etc.) para adaptarse a la situación, para comportarse de la manera más apropiada, lo cual es lo que más le conviene para su bienestar, su seguridad y, en definitiva, su supervivencia. El sentimiento de curiosidad también existe inicialmente en los humanos por ese motivo: como el impulso de conocer lo que hay a su alrededor por un beneficio práctico. Y, aunque seguimos buscando conocer el mundo con un objetivo práctico (piensa, por ejemplo, en los conocimientos en medicina o en los conocimientos en ingeniería), en el ser humano ha sucedido una cosa muy peculiar que nos diferencia de otras especies: también sentimos la curiosidad por sí misma. Es decir, somos capaces de sentir el deseo de saber cosas aunque eso no nos sirva para ningún objetivo práctico, sino por la mera satisfacción de saber. Hemos llegado a desligar ese impulso del objetivo práctico por el que apareció en un principio en nosotros (es algo similar a lo que sucede con la actividad sexual que, aunque sirva para la reproducción, la practicamos también sin ese objetivo, por el mero placer que produce). ¿Nunca has intentado averiguar (buscando en Google, por ejemplo), el nombre de un actor que has visto en una película que te ha gustado, o qué películas ha hecho antes? Y eso no lo quieres saber porque te sirva para nada en particular, excepto simplemente para satisfacer tu curiosidad.

Bueno, pues en definitiva la filosofía consiste, fundamentalmente, en plantearse ciertas preguntas e intentar responderlas para satisfacer ese deseo de saber que es tan natural en el ser humano. Fijémonos en el mismo significado de la palabra "filosofía". Se trata de una palabra griega compuesta por otras dos palabras que son philia (amor, querencia, atracción) y sophia (conocimiento, sabiduría). Así que "filosofía" significa "amor por el conocimiento".
     Y ahora veamos cómo Aristóteles, uno de los primeros grandes filósofos de la historia, en la Antigüedad griega, describía en una de sus obras el modo en que aparece la actitud filosófica en una persona. Según este pensador, tal cosa se produce a través de un proceso que comienza cuando nos encontramos ante algo que desconocemos o no comprendemos. Al ser conscientes de nuestra ignorancia sobre esa cosa, dice Aristóteles, nuestra reacción natural es la de sentir "admiración" (en el sentido de "asombro", o de esa curiosidad de la que hablábamos). Y al sentir esa curiosidad, no podemos evitar sentir el impulso de satisfacerla, lo que nos lleva a hacernos preguntas a las que deseamos encontrar respuesta (como tú cuándo buscas en Google el nombre de ese actor).

Ahora bien, con lo dicho hasta ahora todavía no podemos entender del todo qué es o qué hace la filosofía. Porque si decimos solamente que consiste en intentar responder a preguntas que nos provocan curiosidad, podríamos pensar que cualquiera que se pregunta algo está haciendo filosofía, está filosofando (por ejemplo, el que se pregunta cómo se llamaba aquel actor). No es así. La filosofía no sólo se ocupa de hacerse preguntas, sino de hacerse cierto tipo de preguntas. Y esta es quizás la parte más complicada de explicar, porque es muy difícil decidir qué características ha de tener una pregunta para ser una pregunta de tipo filosófico. Incluso los mismos filósofos no están de acuerdo, en ocasiones, en cuanto a qué preguntas son o no son filosóficas. En otros momentos aclararemos un poco más sobre esto. También, conforme avance el curso, irás estudiando algunas de las cuestiones que son propias de la filosofía. De momento, vamos a dejarlo en que se trata de ese tipo de preguntas que normalmente consideramos como "profundas" (¿por qué existimos?, ¿podemos conocer la verdad sobre las cosas?, ¿qué es lo justo?,... por mencionar sólo unos pocos ejemplos). Es una manera coloquial de decirlo, pero eso no significa que sea una palabra poco acertada, porque lo profundo, en definitiva, es lo que "está en el fondo". Y eso es lo que hace la filosofía: intentar llegar hasta el fondo de las cosas, hasta (y esta ya es una manera más correcta de expresarlo) las explicaciones últimas. Para entender a qué nos estamos refiriendo, piensa en cómo preguntan los niños pequeños a los adultos: "mamá, ¿por qué llueve?, "porque cae agua del cielo", ¿y por qué cae agua del cielo?", "porque se deshacen las nubes", "¿y por qué se deshacen las nubes?", y por qué y por qué y por qué... Cada respuesta les provoca una nueva pregunta, siempre yendo más allá, buscando una explicación última, la respuesta final. 

Claro, ahora podrías pensar: bueno, al principio del texto intentaban convencerme de que la filosofía no es una cosa "rara" porque todos tenemos curiosidad y nos hacemos preguntas. Pero en realidad no es así, porque aunque sea verdad eso de que todos nos hacemos preguntas, lo que no es verdad es que sea habitual hacerse preguntas filosóficas. Uno puede ir por ahí preguntándose cómo se llama ese actor, o si mi novio/a me quiere de verdad, o de qué voy a trabajar en el futuro. Esas son preguntas "normales" de gente "normal", pero no esas preguntas "profundas" que ahora nos dicen que se hacen los filósofos.
     Pero eso no es del todo cierto. Es verdad que la mayor parte de la gente no se dedica habitualmente a hacerse preguntas filosóficas, pero eso no significa que no les puedan interesar ese tipo de cuestiones. Puede significar, por ejemplo, que tienen otras cosas más urgentes en qué pensar, más preocupantes para su vida diaria (por ejemplo, si he de resolver el problema de cómo dar de comer a mis hijos porque no tengo dinero, posiblemente no pueda pensar en otra cosa mientras no consiga resolver ese problema). Si ese es el motivo de que algunas personas no se planteen cuestiones filosóficas, es un motivo realmente triste, pero muy comprensible, justificable y respetable. Lo que para algunos no es tan comprensible, justificable y respetable es otro motivo mucho más habitual: el de haber perdido la curiosidad. ¿Por qué los niños siempre están preguntando, como antes decíamos? Porque llevan tan poco tiempo en el mundo que para ellos todo es nuevo, todo les produce ese asombro del que hablaba Aristóteles. ¿Y por qué no sólo preguntan sino que además lo hacen de la manera que hemos dicho, buscando las explicaciones últimas? Porque no desean las respuestas con el fin de conseguir un objetivo práctico, sino simplemente para satisfacer su curiosidad. Si fuera por lo primero, les bastaría con llegar hasta la respuesta que les sirve para resolver ese problema práctico (por ejemplo, cómo protegerse de la lluvia), sin necesidad de ir más allá. A menudo se ha comparado al filósofo con el niño en ese sentido. El filósofo sería alguien que conserva esa capacidad de asombro ante el mundo que todos hemos tenido alguna vez y que muchos adultos han perdido. Entonces, podríamos decir que las personas "normales", sencillamente, han perdido su curiosidad natural, y les basta con preguntarse cómo se llama el actor que les gusta, qué equipo va a ganar la liga o en qué van a trabajar. La curiosidad de un filósofo, como la de un niño, es mucho más amplia y va mucho más allá. El filósofo es, simplemente, una persona que decide dedicar más tiempo y esfuerzo que otras personas a reflexionar sobre cierto tipo de cuestiones, y ello simplemente por la satisfacción que encuentra en esa actividad. Una satisfacción que, en realidad, cualquier persona, si estuviera dispuesta a ello, podría encontrar.

Y uno podría pensar: bueno, ¿y qué hay de malo en ser poco curioso?, ¿qué hay de malo en que a uno no le interesen esa cuestiones "profundas" de la filosofía?, ¿me tengo que sentir culpable por eso?, ¿acaso no tengo derecho a no ser curioso?
     La verdad es que se trata de una cuestión difícil de responder, y que depende mucho de cómo cada uno entienda la vida, su propia existencia o la misma condición humana. Aquí podemos decir que, desde el punto de vista de los propios filósofos, a menudo se considera que sí es algo malo. ¿Por qué? El que la persona "normal" haya perdido su curiosidad de niño no se debe a que cuando era niño lo ignorase todo y ahora sin embargo ya lo sepa todo, pero muy a menudo esa persona sí cree que es así. Sencillamente, lo que ocurre es que la persona "normal" no es consciente de su propia ignorancia: se cree que conoce las respuestas a ciertas cosas cuando en realidad no las conoce. Sin embargo, el filósofo, igual que el niño, es muy consciente de su ignorancia, y es eso lo que le impulsa a hacerse preguntas y a intentar responderlas (recuerda lo que decía Aristóteles). Alguna vez habrás oído esa famosa frase de Sócrates, otro de los más destacados filósofos de la Antigüedad: "Sólo sé que no sé nada". Como muchas frases célebres, nos hemos acostumbrado a oírla sin plantearnos o estar seguros de su significado o, peor aún, atribuyéndole un significado falso. ¿Qué quería decir Sócrates exactamente? Con esa frase expresaba el primer paso necesario para llegar a la sabiduría: sólo siendo consciente de la propia ignorancia sobre las cosas puede uno estar dispuesto a reflexionar con la intención de eliminar esa ignorancia. Si uno no se da cuenta de que le falta algo (en este caso, el conocimiento), nunca va a ponerse a buscar ese algo.
    Bueno, y volvemos a la cuestión de antes: ¿tiene algo de malo que no intente encontrar mis propias respuestas a ciertas preguntas? Tal vez podamos llegar a pensar que sí si nos damos cuenta de que cuando no intentamos responder las cosas por nosotros mismos, siempre aparecerá alguien que intentará responderlas por nosotros. En realidad, las respuestas (o las explicaciones sobre las cosas) que maneja la persona "normal", esa que renuncia a la filosofía, normalmente no son sus propias respuestas, ya que no las ha pensado por sí mismo, sino que son respuestas que vienen de la tradición, de los prejuicios, de las ideas que transmiten los medios de comunicación o del poder político y social. Podríamos decir que muchas personas, en lugar de pensar por sí mismas, dejan que sean otros quienes piensen por ellas. Y cuando alguien permite que eso suceda, el resultado es que se convierte en una persona manipulada, sin libertad, pues el permitir que sean otros quienes le digan qué tiene que pensar significa, ni más ni menos, permitir que sean otros quienes le digan cómo tiene que vivir, qué tiene que desear, a quién debe odiar, temer o amar,... 
     Aquí podemos hacer otra comparación con los niños pequeños, aunque en este caso negativa, porque quien se encuentra en esa situación que hemos descrito sería como el niño que se deja llevar por sus padres dejando que sean ellos quienes le digan qué está bien y qué está mal, cómo ha de comportarse, etc. El problema es que, aunque eso está justificado en el caso del niño, porque aún no ha desarrollado la capacidad de razonar, de pensar por sí mismo, quizás no debería ser así en un adulto. Por eso, Kant, otro gran filósofo de la historia, esta vez del siglo XVIII, hablaba de "sacar al ser humano de su minoría de edad". Aquí utilizaba una metáfora: quería decir que el ser humano que no piensa por sí mismo es como un menor de edad, alguien que no es libre y autónomo sino que depende de los adultos que, en esta metáfora, serían una representación de quienes tienen el poder en la sociedad. Kant fue uno de los principales representantes de un movimiento intelectual y social de su época llamado "Ilustración" o "Iluminismo", porque lo que buscaban sus partidarios era precisamente que las personas saliesen de la oscuridad de su ignorancia (se "iluminasen", se  "ilustrasen"), usando su razón (la "luz" de la razón), pensando por sí mismos. Por ello, Kant convirtió en lema las palabras sapere aude ("atrévete a saber"). ¿Por qué pensar puede ser una cosa que suponga un atrevimiento? Porque no pensar por uno mismo (que es lo mismo que dejar que sean otros quienes piensen por uno) es lo más fácil, lo más cómodo. Pensar es difícil, supone un esfuerzo. Pero no pensar por uno mismo sería también, desde cierto punto de vista, lo más cobarde, lo más irresponsable. Porque (siguiendo con la metáfora de Kant) es como cuando nos convertimos en adultos: al no depender de otros ganamos en libertad, pero eso supone al mismo tiempo ser responsable de uno mismo y tener la valentía de dirigir la propia vida. Parece que no todo el mundo es capaz de eso.
     Aunque, en realidad, todavía puedes preguntarte (esa manía de los filósofos de llevar sus preguntas siempre un poco más allá, ya sabes): bueno, ¿y qué tiene de malo permitir que sean otros quienes piensen por mí, qué tiene de malo renunciar a ese "atreverme a saber" de Kant, qué tiene de malo no tener la valentía de ser libre y responsable de mí mismo? Bueno, esto ya tienes que decidirlo tú. Desde luego, aquí no vamos a decirte qué es lo que tienes que pensar. Eso supondría una contradicción con todo lo que hemos dicho antes. 

Para terminar, te desvelaremos una pequeña trampa. En este apartado no sólo hemos estado intentando explicarte en qué consiste la filosofía, sino que también hemos intentado (no sabemos si lo hemos conseguido) impulsarte a filosofar, incluso aunque no te dieras cuenta. Vuelve unos párrafos atrás y recuerda cuando dijimos "Y uno podría pensar: bueno, ¿y qué hay de malo en ser poco curioso?, ¿qué hay de malo en que a uno no le interesen esa cuestiones "profundas" de la filosofía?, ¿me tengo que sentir culpable por eso?, ¿acaso no tengo derecho a no ser curioso? ". Si cuando leíste esas frases pensaste algo así como "sí, es verdad, eso es lo que me podría preguntar en este momento", que sepas que te has hecho preguntas filosóficas. También recordarás que inmediatamente después dijimos "Bueno, esta es una cuestión difícil de responder, y que depende mucho de cómo cada uno entienda la vida, su propia existencia o la misma condición humana". Estos son exactamente los temas típicamente filosóficos sobre los que habría que reflexionar para intentar responder a esas preguntas anteriores. Si te has planteado si estás de acuerdo o no con todo lo que se ha venido diciendo después, has estado haciendo filosofía. Quizás no seas tan "normal" como te pensabas. Si es así, puedes estar seguro/a de que Kant diría que eres una persona valiente, que no está dispuesta a permitir que nadie, y aún menos su profesor de filosofía, piense en su lugar.





martes, 2 de julio de 2013

LOS CONSEJOS DE DENNETT



Daniel Dennett, ese señor con aspecto de David el Gnomo o Santa Claus (eso ya depende del equipaje mitómano de cada cual), es uno de los más relevantes filósofos contemporáneos en general y, más en particular, un ineludible referente dentro de las áreas de la filosofía de la mente y de las ciencias cognitivas; tampoco te voy a explicar más porque para algo está la wikipedia. Es además uno de los nombres punteros del escepticismo científico y el pensamiento crítico. Precisamente su más reciente libro, Intuition Pumps And Other Tools for Thinking (2013, sin edición en español), trata sobre estas cuestiones. El día que lo leamos te daremos más detalles (me está saliendo una entrada de escaqueo informativo que no veas). En realidad, esto va de que simultáneamente a la publicación de esa obra, Dennett publicó en el diario británico The Guardian un breve extracto de lo expuesto en ella. Queríamos irnos al artículo original, hacer nosotros la traducción y todo eso (para que veas que intención de trabajar había), pero nos hemos encontrado con que lo han borrado ya (hala, eso que nos ahorramos), así que extraemos el texto de la web faena.com, a través de la que hemos tenido inicialmente conocimiento del mismo. Constituye una serie de recomendaciones para el debate y la argumentación desde la adopción de un pensamiento crítico. Mira, te voy a decir la verdad: a mí no me parece la gran cosa, pero como es acorde con nuestras inquietudes y además, como dicen en mi tierra, "tota pedra fa paret" (ya estás averiguando la traducción y el sentido de la frase), pues te lo ofrecemos. Juzga tú mismo, saca en limpio lo que puedas o quieras y, si no, pues a otra cosa. Además, hacía tiempo que no publicaba nada aquí y esto me ha venido a huevo como excusa... y en pleno comienzo de la canícula tampoco estamos para que nos exijan brillanteces, ¿sabes? (madre mía, este blog cada día está peor; yo, desde luego, no se lo recomendaría a mis amigos).

Bueno, pues lo de Dennett es esto. Que te aproveche... o no, o yo qué sé: 

1. Usa tus errores: ejerce una rigurosa honestidad intelectual. Cuando cometas un error toma un gran respiro y examina tus equivocaciones desapasionadamente y sin compasión. Aprende de ellos y úsalos. 
2. Respeta a tu oponente: la persuasión provoca la escucha de los otros. Muestra que entiendes las posiciones de tu oponente tanto como ellos, demuestra buen juicio. 
3. El claxon seguro: cuando usas la palabra “seguramente”, provocas en los otros una postura de alerta. Es necesario que argumentes lo necesario para validar esa afirmación.
4. Siempre responde las preguntas retóricas: este tipo de recurso está basado en la idea de que las respuestas son tan obvias que sería tonto contestarlas. Hazlo, así no parecerás pretencioso, ambiguo o cómodo. 
5. Simplifica tus teorías: no seas extravagante o complicado, la simpleza y claridad es valiosa para el interlocutor. 
6. Ve al punto: si sabes que la argumentación que aplicarás no es muy buena, no la uses, ejerce solo aquella que sea clara. 
7. No seas ambiguo: aunque existiera un argumento que pareciera ser importante y verdadero pero que resulta ambiguo, lo mejor será suprimirlo.


viernes, 7 de junio de 2013

HEMEROTECA POR LA FILOSOFÍA (6): AMELIA VALCÁRCEL, "DESCARTES: PONER EL MUNDO EN PIE"



"Descartes: poner el mundo en pie"
AMELIA VALCÁRCEL
Publicado en "El País" el 7 de junio de 2013 





Los proemios son declaraciones de intenciones y tenemos por cierto que siempre son buenas. El de la ley de Educación también. Cuenta que el aprendizaje “va dirigido a formar personas autónomas, críticas con pensamiento propio”. No añade “que no sepan quién es Platón, Descartes ni Kant”, pongamos por caso. Eso que no dice, sin embargo es lo que sucedería si el asunto no se arregla. Y bien, pudiera bien ocurrir que alguien se preguntara por qué hay que saberse esos nombres. La razón es elemental: sucede que son nuestros primeros maestros en eso de ser personas autónomas, etc, etc. Escribimos con sus palabras y pensamos con los esquemas de que nos proveyeron.

El pensamiento es la energía más sutil y necesaria de cuantas existen. Una cosa hay que decir además, es una energía cara. Para producir personas capaces de generarla necesitamos todo el completo sistema educativo, que cuesta mucho, y una sociedad que, con confianza, lo pague. En esos largos años en que nos educamos aprendemos una larga cantidad de cosas que tienen de suyo el ser inútiles. Las ciencias no son inmediatamente útiles, aunque puedan tener muy buenos resultados. Quienes las cultivan lo hacen porque les gusta. Aristóteles fue el primero que sepamos que se paró a pensar qué hacia diferente a las habilidades de los saberes. Había gente habilidosa que sabía hacer cosas, edificios, muebles... y otra que sabía quedarse con la idea. Los primeros solían ser buenos albañiles y los segundos eran algo más. Aquellos griegos, como que estaban edificando mucho y bien, tenían afición a ejemplificar con los arquitectos.


Volvamos a los que sabían ese “algo más”. Estaba claro que no era útil el “algo más”. La utilidad quedaba para hacer las cosas, pero pensarlas exigía un cierto talento y entrenamiento en dejar vagar el pensamiento en libertad. Sigo con Aristóteles porque lo tenía muy claro. Las teorías, las ciencias, son hijas del ocio, de la falta de presión, del haber superado el diario buscarse la vida. Así lo cuenta en la Metafísica. “Las teorías se desarrollaron allí donde primero pudieron los hombres tener ocio, vagar; por eso las matemáticas aparecieron en Egipto donde tenía ocio la gente sacerdotal”. El verbo que emplea para decir “vagar o no trabajar con las manos” es esjolaso, una palabra interesante porque de ella sacaron los romanos schola y nosotros “escuela”. Si no hay tiempo de libertad no hay matemáticas, ni teoría alguna.

Es cosa sabida que el mundo antiguo, que nos enseñó a vivir, porque seguimos siendo un remedo y herencia del Imperio Romano, no tenía universidades. Había Maestros afamados que abrieron escuelas donde se recibían las gentes de condición aristocrática y futuros gobernantes. La de Posidonio en Rodas llegó a ser la mejor. Pero no había enseñanzas regladas, exámenes ni títulos. Simplemente un alguien que fuera a tener un gran papel en el mundo debía, imperiosamente, haber pasado una parte de su vida practicando ese verbo que Aristóteles escribe, vagando, haciendo un acúmulo de teoría, lo que significa de conocimientos y por ende debates no inmediatamente útiles. Ya sabría esa persona sacarles utilidad cuando, madura, tuviera ocasión para ello.

Bien pensado, aquí seguimos esa estela: durante nuestra primera y media formación aprendemos una larga serie de cosas que probablemente usemos muy pocas veces. Nociones de casi todo, de las dichas matemáticas, de gramática, de geografía, de física, de historia, de cristalografía o de prehistoria... que no usaremos probablemente nunca. Pero nos gusta saber que se quedan ahí, porque son además como escalones que nos permitirán acceder después a otros saberes más complejos. Nos vamos entrenando, por así decir.


De entre esas cosas algunas son extrañas y la filosofía la más extraña. Porque es un saber del que muchas sociedades han prescindido. Para hacernos clara cuenta de su profundidad debemos estudiar detenidamente su historia, que es fascinante. Nace con Grecia y nos acompaña desde entonces, cambiando y modulándose sin descanso, con unas teorías subiendo sobre otras hasta componer un edificio asombroso al que conocemos por el nombre de pensamiento. Porque no es cierto que la filosofía enseñe a pensar. A pensar nos entrena, pero nos enseña sobre todo, lo pensado, lo que ha sido pensado y su porqué. En un enorme flujo de ideas y argumentaciones que, en volandas, nos ha traído hasta nuestro presente. En realidad navegamos sobre él. En la cabeza de cualquier persona culta bullen pensamientos que alguna vez se sumaron a ese río enorme. Los tomamos por nuestros, y lo son, pero nos los proporcionaron quienes nos precedieron. Todos estos pensamientos están, además, vivos, y mantienen entre ellos los amores y aversiones con que salieron de sus primeras fábricas. Disputan.


A veces lo peculiar de nuestra tradición nos sorprende: parece un enorme e insensato derroche de inteligencia. Pero luego nos damos cuenta de que, con toda esa masa, hemos hecho cosas. No son solamente ideas, sino instituciones, comportamientos, reglas y costumbres. Parte de nuestra política se la debemos a Locke, de nuestro sentido del humor a Voltaire, de nuestra manera de tratar a los demás a Kant, de lo que entendemos por vivir bien a Epicuro. Eso nos sucede porque ese saber está intrínsecamente vinculado a lo que somos, nos ha moldeado en realidad. Para confesarlo todo, hay que decir que somos la primera humanidad producto de un diseño del cual las ideas filosóficas fueron las principales autoras. Somos una “humanidad pensada”, el resultado de la imaginación ética y política de quienes dieron el gran salto que nos separó del mero sucederse natural. Nuestra concepción se realizó en las poderosas mentes que dieron camino a la Modernidad. Y sabemos lo que es la Modernidad porque nos hemos hecho cargo de ese enorme monto reflexivo en que consistimos.

La historia de las ideas, la historia de la filosofía, es la historia de lo que somos y de por qué lo somos. Está todo ahí. De Spinoza a Darwin; de Hegel a Freud. De Tocqueville a Beauvoir. En el pensamiento casi ningún camino es imposible. La filosofía no sólo forma parte del núcleo duro de las Humanidades, sino que es la raízmisma de aquello en que nuestra civilización consiste. Su historia es nuestra historia. Cuando nos narramos, cuando queremos saber y decir quiénes somos, debemos invocarnos como progenie de Sócrates, de Platón, de Hume, de Montesquieu, en fin, de cuantas innovaciones conceptuales, institucionales y morales nos han traído al momento presente.

Por esa persistente peculiaridad, la filosofía y su historia forman parte del saber de una persona que haya recibido un cierto monto de educación, como lo vemos aquí y en nuestro entorno. No siempre las entendemos al completo, pero sabemos que nos hablan de asuntos profundos que debemos guardar y transmitir. Venimos de ahí; somos lo que somos por ese origen. No somos súbditos ni adoradores, aunque obedezcamos y quizás oremos, sino gentes de las ideas. Ellas son nuestros muros firmes. Descartes nos puso de pie. Y así, como nos puso, debe ser contemplado el mundo. Eso lo tenemos que seguir sabiendo y transmitiendo. Que Descartes no es lo que sobra cuando queremos prescindir utilitariamente de algo, sino el filósofo que, fiado solo en la razón, nos puso en el mundo de pie.

Y no puede llega a ocurrir que ante la mención de su nombre, u otro cualquiera de los grandes nombres de esa espléndida historia, alguien rezongue o responda “¿Quién?... ¿mande?”.



miércoles, 29 de mayo de 2013

SAGAN ACERCA DE RANDI





Dos personajes admirados en este ágora, dos escépticos de pro. Ambos luchadores, cada uno mediante sus respectivas y diferentes herramientas, contra la irracionalidad y la pseudociencia: Carl Sagan y James Randi. No necesitan presentación, al menos para quienes compartan los intereses de este blog. Pero ¿qué nos puede decir el primero de ellos acerca del segundo? La curiosidad que nos suscita semejante opinión la satisfacemos echándole un vistazo a El mundo y sus demonios, la obra de Sagan que constituye una de las referencias fundamentales en cualquier biblioteca escéptica que se precie y a la que algún día, ineludiblemente, tendremos que dedicar un artículo. Allá va, con moraleja final incluida:

Los magos, por otro lado, están en el negocio del engaño. (...) Algunos usan sus cono­cimientos para poner en evidencia a los charlatanes que hay entre sus filas y fuera de ellas. Un ladrón se dispone a cazar a otro ladrón.
       Pocos reaccionan a este desafío con tanta energía como Ja­mes Randi, «el asombroso», que se describe a sí mismo con preci­sión como un hombre enfadado. La supervivencia hasta nuestros días del misticismo antediluviano y la superstición no le enoja tan­to como la aceptación acrítica de las obras de misticismo y supers­tición que pueden defraudar, humillar y a veces incluso matar. Como todos nosotros, Randi es imperfecto: a veces es intolerante y condescendiente y no siente ninguna simpatía por las fragilidades humanas que fundamentan la credulidad. Le suelen pagar por sus conferencias y actuaciones, pero nada comparable a lo que recibiría si declarase que sus trucos derivan de poderes psíquicos o divinos, o de influencias extraterrestres (la mayoría de prestidigitadores profesionales de todo el mundo parece creer en la realidad de los fe­nómenos psíquicos... según los sondeos de sus opiniones). Como prestidigitador, Randi ha trabajado mucho para desenmascarar a videntes remotos, «telépatas» y curanderos que han estafado al público. Hizo una demostración de los sencillos engaños y apreciaciones erróneas mediante los cuales los psíquicos que doblan cucharas (1) habían conseguido que físicos teóricos prominentes recono­cieran la existencia de nuevos fenómenos físicos. Ha recibido un amplio reconocimiento entre los científicos y es poseedor de una beca de la Fundación MacArthur (llamada «de genio»). Un crítico le acusó de estar «obsesionado con la realidad». Ojalá pudiera de­cirse lo mismo de nuestra nación y nuestra especie.
        Randi ha hecho más que nadie en épocas recientes para poner al descubierto la simulación y el fraude en el lucrativo negocio de la curación mediante la fe. Examina las pruebas. Comenta los cotilleos. Escucha la corriente de información «milagrosa» que llega al curandero itinerante... no por inspiración divina, sino por radio, a 39'17 megaherzios de frecuencia, transmitida por su espo­sa entre bastidores (2). Randi descubre que los que se levantan de las sillas de ruedas y, según se afirma, han sido curados, nunca habían estado confinados a sillas de ruedas: un acomodador los invitó a sentarse en ellas. Desafía a los curanderos a proporcionar pruebas médicas serias para dar validez a sus reclamaciones. Invita a las agencias locales y federales del gobierno a aplicar la ley contra el fraude y la mala práctica médica. Critica a los medios de informa­ción por su estudiado alejamiento del tema. Revela el desprecio profundo de esos curanderos hacia sus pacientes y parroquianos. (...) Creo que es una suerte que James Randi descorra la cortina. Pero sería tan peligroso confiarle a él el desenmascaramiento de to­dos los matasanos, farsantes y tonterías del mundo como creer a esos mismos charlatanes. Si no queremos que nos engañen, debe­mos ocuparnos de ello nosotros mismos.  


Notas de servidor de ustedes:

(1) Se hace referencia a Uri Geller, otrora célebre estafador al que Randi se empeñó en perseguir de modo inmisericorde hasta el punto de que aquél debió de llegar a tener pesadillas con el barbudo. Para los españolitos que vivimos cierta época siempre quedará asociado a su aparición televisiva de la mano del ínclito José María Íñigo (que se tragó hasta el fondo la patraña) y a la imagen de algún miembro de la familia saliendo a toda prisa del salón en busca de un reloj estropeado (quienes lo vivisteis sabéis perfectamente de qué hablo, no os hagáis ahora los longuis). 
(2) El caso de Peter Popoff, que pretendidamente adivinaba información personal de miembros del público (datos personales, las enfermedades que padecían...). Para hacerlo, tal como se explica en el texto, recurría a algo tan escasamente paranormal como la tecnología: su cómplice le transmitía esa información a un pinganillo que ocultaba en su oído. Ella la había conseguido previamente gracias a que, al entrar al espectáculo, a los asistentes se les pedía que rellenaran unas tarjetas con esa misma información. Asombroso que nadie atase cabos... tal sería el deseo de creer de sus seguidores.

domingo, 19 de mayo de 2013

MITOLOGÍA Y CONSUELO





Ráfaga de conversación ajena captada al vuelo en plena calle: "...las personas buenas se mueren porque Dios también necesita ángeles". Poesía espontánea, no lo vamos a negar; la mitología exhibe su belleza. Pero también un perfecto ejemplo de consuelo hallado en el delirio (y de acomodación personal de los principios de la teología, todo sea dicho).


jueves, 25 de abril de 2013

EN DEFENSA DEL OBISPO REIG



La conjura de los necios no cesa. A lo largo de la historia de la humanidad, en cada ocasión en que algún individuo, haciendo alarde de una especial clarividencia, ha elevado su mirada sobre la del común de los mortales para apreciar aspectos del mundo que a los demás nos resultan vetados, afloran las reacciones en contra del más variado cariz, desde la burla a la persecución. Sin embargo, han sido esos sabios tenidos por locos quienes han impulsado la Historia, beneficiando al resto de los mortales incluso a pesar de éstos.
    La última víctima de este indignante fenómeno la encontramos en Juan Antonio Reig Plà, obispo de Alcalá. No es la primera vez que nuestro protagonista nos admira con su sobresaliente lucidez; recordemos su acertado análisis de esa tara que es la homosexualidad: "Piensan desde niños que tienen atracción hacia personas de su mismo sexo y, a veces, para comprobarlo se corrompen y se prostituyen o van a clubes de hombres nocturnos. Os aseguro que encuentran el infierno". Así que alejaos de los clubes de "hombres nocturnos", niños, que donde esté un hombre diurno como Dios manda... No haremos suposiciones acerca del procedimiento seguido por monseñor para estar tan seguro de lo que en tales clubes uno se puede encontrar, por guardar discreción sobre su metodología de trabajo de campo.

Pero en esta ocasión el obispo se ha superado, pues él ha sido el primero en descubrir una perfectamente orquestada conspiración a nivel mundial para la reducción de la población humana, de la que es herramienta principal la ignominiosa práctica del aborto. Extraordinariamente capacitado para detectar ciertas señales que la esquiva realidad nos envía pero a las que la mayoría de nosotros somos ciegos, Reig nos ha desvelado la existencia de este contubernio protagonizado por partidos políticos, sindicatos, universidades, ONG's, el Parlamento Europeo y la mismísima ONU, todos los cuales erigen, en palabras del propio obispo, "un gran aparato" (ejem, ahórrense el chiste fácil, por favor) para la defensa de la criminal práctica con un único objetivo: que no lleguen al mundo más niñitos y así haya menos entre los que repartir el pastel (o las chuches, que sería un símil más apropiado en este caso).
    Hoy os reís de él, mañana os daréis cuenta de que le debéis una disculpa y el más fervosoro agradecimiento. Por lo tanto, le animamos a que no ceje en su lucha por mostrar la verdad ante quienes hacen oídos sordos y no permita que su ánimo resulte erosionado por las pullas de sus opositores. Máxime teniendo en cuenta que, aun cuando muchas de éstas procederán de un escepticismo basado en el prejuicio y la ignorancia (tan atrevida ella), en otros y no pocos casos vienen precisamente de quienes respaldan la conspiración denunciada, los cuales fomentan de ese modo una campaña de desprestigio de quien acertadamente y a buen seguro de manera tan inesperada para ellos les ha señalado con el dedo.

No obstante, hemos de hacer notar que en la ecuación formulada por el obispo se encuentra ausente un elemento esencial. Y es ni más ni menos que quien encabeza esa guerra contra el aumento de la población es (agárrense los machos)... ¡la Iglesia Católica, Apostólica y Romana! Aunque no podía ser de otra manera, en tanto que esta institución, desde su nacimiento, se ha encontrado tras la urdimbre de buena parte de las tramas que han conmocionado la marcha de nuestro mundo (en otra ocasión hablaré, no es ahora el momento, sobre mi hipótesis acerca del asesinato de Kennedy, porque esas fotografías aéreas del desierto de Arizona donde se aprecia claramente lo que sería un campo de entrenamiento de tiro por el que deambulan unas monjas con el emblema de la CIA en sus hábitos dan mucho que pensar). Y se preguntarán ustedes en qué nos basamos para afirmar tal cosa. ¡Ah, ingenuos! ¿Qué mejor estrategia para frenar el crecimiento demográfico que la imposición del celibato a todos los miembros de la institución, los cuales suman millones desde la creación de esta norma? Piénselo el lector: cuántos óvulos desperdiciados entre los muros de los conventos, cuántos espermatozoides arrojados por el sumidero de una vicaría envueltos en un kleenex. Por no hablar de esas prácticas sodomitas reproductivamente infructuosas que, como sabemos, han constituido asignatura obligatoria (y posiblemente evaluable; cuánto te queda por aprender, Wert) en numerosos colegios católicos.
    Quizás ahora comprendan por qué nos posicionamos a favor de nuestro bienamado obispo, manifestación que a todas luces les sorprendería al comienzo de la lectura de estas líneas dado nuestro conocido afán anticlerical: porque él es uno de los nuestros, queridos amigos. Y si se encuentra dentro de la Iglesia no es sino como un temerario quintacolumnista que tarde o temprano hallará las necesarias pruebas incriminatorias (algún documento oculto en un recóndito archivo del Vaticano tiene que haber, no me jodas). Palabrita del Niño Jesús.

A Reig le hacen palmas las orejas, como se suele decir, por su alegría tras desenmascarar la nefanda conspiración.



























Y esta es una foto que también aparece cuando introduces las palabras "reig pla" en Google (compruébalo tú mismo si no me crees, hombre de poca fe). El porqué es para nosotros un misterio, pero hemos optado por incluirla aquí como un documento de indiscutible interés.

domingo, 27 de enero de 2013

HEMEROTECA POR LA FILOSOFÍA (5): DANIEL ARJONA, "DESOLACIÓN DE LA FILOSOFÍA"


"Desolación de la filosofía"
DANIEL ARJONA
Publicado en "El Cultural" el 25 de enero de 2013 
 

Adela Cortina, José Sánchez Tortosa, Javier Gomá, Manuel Cruz, Jacobo Muñoz, Manuel Barrios, José Antonio Marina, Fernando Savater, Rafael Argullol y Victoria Camps


Dejada a un lado por las polémicas lingüísticas, las discusiones a cuenta de si la Religión entra y la Educación para la Ciudadanía sale y otros mediáticos vaivenes, la Filosofía corre el riesgo de erigirse, en silencio, en la gran damnificada de la reforma educativa que prepara el ministro Wert. En el Anteproyecto de la nueva ley se relega la asignatura a una posición optativa y vicaria, en el rincón más reducido del saber tras el progresivo arrinconamiento al que le han reducido las sucesivas reformas de los dos partidos. Las Humanidades han sufrido legislatura tras legislatura los zarpazos de una enseñanza que cada vez privilegia más los saberes “prácticos”, pero su hermana mayor, la Filosofía, se ha dejado la piel en la aventura. ¿Por qué debe quedarse y reforzarse la Filosofía en las aulas? Responden Rafael Argullol, Manuel Barrios, Victoria Camps, Adela Cortina, Manuel Cruz, Javier Gomá, José Antonio Marina, Jacobo Muñoz, José Sánchez Tortosa y Fernando Savater.

El oráculo afirmó que era el más sabio de los hombres y él, asombrado y molesto, ideó un eficaz método de enmienda: interpelar a los verdaderos sabios para así demostrar que, a su lado, sólo era un pobre ignorante. Y anduvo a ver a los hombres del Derecho que discutían si “la ley esto” o “la ley lo otro” y sólo al final les preguntó: “¿pero qué es la ley?”. No supieron responderle. Lo mismo ocurrió con artistas, retóricos, políticos... A todos escuchó y a todos avergonzó al mostrarles que no sabían de qué demonios hablaban. Poca gracia. Lo condenaron a muerte.

¿Está hoy la filosofía tan condenada como aquel Sócrates que hace 2.400 años aceptaba, mientras la cicuta destemplaba sus pies, que tal vez sí era el más sabio de los hombres porque, al menos, él sabía lo que todos los demás preferían ignorar: que no sabía nada? La enésima reforma de los planes de estudio promete laminar aún más el ya frágil estatus de la asignatura . Según el Anteproyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa del pasado 3 de diciembre, Historia de la Filosofía deja de ser la materia troncal y obligatoria de segundo de bachillerato para tornarse optativa en ardua competencia con Artes Escénicas o Educación Plástica. Al tiempo, la asignatura de Ética se esfuma de cuarto de la ESO. Pero es que además las defensas están caídas. Aparentemente, nunca tuvo menos valedores una disciplina que la ciencia triunfante desecha como innecesaria, como aseguraba Stephen Hawking en su último libro.

Ciencia y Filosofía fueron uña y carne desde los orígenes, de hecho, la primera brotó de la segunda cual de adánica costilla. Y sin embargo, a medida que los progresos científicos oscurecían los de la disciplina humanística, esta se aislaba cada vez más en su autosuficiencia. Por ello, Rafael Argullol (Barcelona, 1949), cuya primera formación fue científica advierte que “en nuestra época las Humanidades no tienen ningún porvenir si no es en íntimo diálogo con las ciencias, especialmente la biología y la física”. Pero no por ello las referidas propuestas educativas le dejan de parecer “disparatadas. El ministro debería saber que la Filosofía no es un asignatura sino un espacio para la iniciación mental y espiritual completamente imprescindible para el conjunto de la educación”. Argullol aclara también, frente al tópico, que “en España la formación de los ciudadanos con respecto a la ciencia aún es más deficiente, si cabe, que la formación humanística”.


El derecho a la Filosofía

Derrida defendió la inclusión del derecho a la filosofía en la Declaración de Derechos Humanos. No en vano, todo el sistema de derechos está basado en ella, recuerda José Antonio Marina (Toledo, 1939). Ahora bien, el autor de La inteligencia ejecutiva (Ariel, 2012) exige a la filosofía que sea también capaz de responder: “Hay una idea melancólica de la filosofía, que es una abuelita que mira su álbum de recuerdos y dice: qué guapo era el bisabuelo Platon, y qué piadoso mi tío Tomas de Aquino, y qué miedoso el abuelo Hobbes, y qué alocado Heidegger. Eso no es Filosofía. Es, como mucho, Historia de la Filosofía. La verdadera filosofía es un saber intrépido, enérgico y de vanguardia. Nada de pensamiento débil. Para pensamiento débil ya tenemos el “Hola”. Reducir la filosofía a una mera ristra de preguntas tampoco es muy animoso. ¡Algo tendrá que responder! La filosofía y la ciencia que contamos a nuestros alumnos es la momificación de una actividad magnífica. Hay que enseñarles la acción y no el cadáver”. ¿Y cómo lograr que los chavales se acerquen a Platón o a Nietzsche? No es tan complicado, responde Adela Cortina (Valencia, 1947): “Leyendo juntos sus textos y dialogando sobre ellos para degustarlos y para descubrir qué aportan a nuestro mundo”.

Degustemos la Filosofía pero también la Ética, que no vive mejores momentos. Desaparecerá en 4° de la Eso, al igual que Educación para la Ciudadanía, y la propuesta de una asignatura de Valores éticos alternativa a la Religión no convence: “La Ética de 4° de la ESO debería permanecer”, afirma Adela Cortina, “está situada en un momento clave para reflexionar sobre problemas morales, conocer las propuestas de las tradiciones éticas y argumentar sobre ellas para acostumbrarse a adoptar puntos de vista críticos y responsables. Por otra parte, la ética cívica no puede ser alternativa a la religión. Ni la ética es una moral para ateos, ni la religión es una moral para creyentes. La ética cívica es el conjunto de valores que todos han de compartir en una sociedad pluralista, por tanto, todos han de cursarla, y la religión es una propuesta de vida en plenitud, ofrecida a quienes la elijan”.

Marina, por su parte, no ahorra calificativos al conjunto de la reforma: “absolutamente peligrosa en lo social, empobrecedora en lo personal y miope en lo laboral. Peligrosa en lo social: la filosofía es la encargada de educar y fomentar el espíritu crítico. Prescindir de ella es crear propensos al dogmatismo. Empobrecedora en lo personal: la filosofía es la que da una visión amplia de la inteligencia, de sus capacidades, de sus limitaciones, y del significado de las creaciones humanas”. Y Adela Cortina apuntilla: “La Historia de la Filosofía, tiene envergadura para ser obligatoria. Aprender a razonar en el espacio público elimina dogmatismos y fundamentalismos: ahí radica la fuerza crítica del saber filosófico, esencial para la vida cotidiana”.


En vilo por una asignatura

Es sabido que la escuela epicúrea propugnaba una moral del placer y la felicidad sosegada que consignó en esa bella palabra: ataraxia. Javier Gomá (Bilbao, 1965), que más que epicúreo prefiere presentarse como “filósofo mundano”, se apresura a desdramatizar el debate. “No creo que la educación de la juventud o el futuro de la sociedad estén en vilo por unas horas más o menos de una asignatura. La educación obligatoria, más que conocimientos, debería transmitir a los alumnos amor al conocimiento. No podemos pretender que en un curso de Historia de la Filosofía occidental el alumno aprenda los detalles de toda esa larga historia pero sí quizá amor a la filosofía, con el sobreentendido de que luego él o ella complementen por su cuenta, si ha nacido ese amor. No digo que el número de horas no tenga un valor simbólico y desde luego sé que afecta al gremio en cuestión, pero sobrevaloramos la importancia de las materias obligatorias”.

Y sin embargo, a Manuel Cruz (Barcelona, 1951) el delicado estatus académico de la Filosofía le parece “coherente con el signo neoliberal de los tiempos”. Pero previene a quien busque exabruptos en sus palabras. “No, porque creo que es esa mentalidad la que justifica la consideración de obsoleta que subyace a la propuesta de marginación de la Filosofía. El esquema según el cual el proceso educativo por entero ha de estar colocado al servicio de lo económico, en el sentido de que no tiene más finalidad que la de preparar profesionales insertables de manera competitiva en el mercado laboral, termina de forma casi inevitable en este tipo de iniciativas”.

Las opulentas sociedades modernas, recuerda Gomá, no necesitan tomarse las cosas con prisa. “La esperanza de vida aumenta sin cesar. La generación de mis hijos disfrutará al menos de noventa años de vida como media. Eso posiblemente está retrasando la madurez sentimental e intelectual de la juventud y no lo veo necesariamente negativo. Lamentaría que los jóvenes se integraran en la economía productiva con tan sólo 20 o 21 años. Si se lo pueden permitir, deben prolongar su formación.Tienen mucho tiempo por delante -toda una larga vida- para ir introduciendo en su panteón a esos grandes especialistas en ideas generales que ha producido la humanidad”.


Invitación a aprender

Porque los réditos que brinda la Filosofía a la formación integral de unos adolescentes por desbravar son, para Manuel Cruz, evidentes: “La capacidad para cuestionarse lo obvio, lo que todo el mundo da por descontado. Es precisamente a través de todos esos elementos incuestionados por invisibles (actitudes, valores, ideas...) como se vehiculan todo tipo de manipulaciones. Frente a ello, lo que hace la Filosofía es invitarnos a un aprendizaje, preguntarse no sólo ¿por qué? sino, tal vez especialmente, ¿estás seguro? o su variante ¿y si no...?. Ahora bien, hay que intentar resultar, no solo atractivos, sino, tal vez sobre todo, adecuados a su mundo. Combatir el doble supuesto de que a) la filosofía no habla del mundo real y b) cuando lo hace, la realidad a la que se refiere ya no es la actual”.

Cuentan que la filosofía cifra en su ADN las grandes y universales preguntas del género húmano. Preguntas que la actual situación merece recuperar pero, esta vez, incluyendo a la sofía en el sintagma. “¿Es posible un pueblo culto sin filosofía?”, inquiere Manuel Barrios (Sevilla, 1960), decano de la Facultad de Filosofía de Sevilla, para disparar a continuación: “Sin conocer los grandes sistemas de pensamiento que configuran la identidad cultural de Occidente, sin el adiestramiento debido en capacidades de argumentación lógica y comprensión de razonamientos complejos, sin la perspectiva integradora y transversal que es específica de la mirada filosófica, se compromete seriamente el logro de esa formación de personas autónomas, críticas, con pensamiento propio que propone el preámbulo de la LOMCE”.


Jibarización


Pero entonces, ¿están en juego las Humanidades? “Por supuesto. La jibarización de la filosofía -teórica y práctica- forma parte de un arrinconamiento general de las humanidades en el nuevo bachillerato”. Responde Fernando Savater, el filósofo con minúscula, como gusta llamarse, que sin embargo libra desde hace mucho tiempo una batalla mayúscula por la revalorización de las Letras en nuestras aulas. “Bueno, he hecho lo que he podido, escribiendo y enseñando filosofía a quienes en principio se asustan de ella”. Fernando Savater (San Sebastián, 1947), autor de Ética para Amador, nuestro primer gran bestseller filosófico, asegura que, sin la Filosofía, el resto de las Humanidades queda “colgando sobre un vacío. Se refuerza lo instrumental, lo que está bien, pero se pierde aquello que se pregunta por los fines para los que queremos esas herramientas intelectuales”. El asunto clave es, para Savater, entender para qué queremos saber lo que sabemos y saber hacer lo que hacemos. Porque “la ciencia nos da conocimientos -imprescindibles, desde luego- pero la filosofía busca el marco mental que los encuadra y lo que un pensamiento que nunca se detiene puede pensar a partir de ellos. El ciudadano no debe ser solamente un empleado de la sociedad, sino alguien capaz de plantearse su sentido: un aventurero de la libertad”.


La herencia cultural

Y Manuel Barrios apostilla: “El estudio de la filosofía hace inteligible nuestra herencia cultural y nos posibilita apropiárnosla reflexivamente de un modo único, nos ayuda a integrar conocimiento, moral y sensibilidad de una manera que los saberes tecno-científicos, en su compartimentación, no permiten. La asignatura de Ética se ha visto envuelta en un estéril debate ideológico, que confunde su cometido: éste no es dictar nuestro comportamiento, sino hacer madurar la conciencia de nuestra responsabilidad con los demás y con nosotros mismos en tanto seres humanos; enseñarnos a elegir aprendiendo a dar razones de nuestra decisión. Suprimir la asignatura sería aberrante”.

Habrá algún lector que barrunte que, a fin de cuentas, los aquí interpelados son filósofos y quizá su visión de la problemática exceda un tanto los criterios de objetividad. Se adelanta el sabio Jacobo Muñoz (Valencia, 1942), catedrático de la Complutense: “Las reformas no me parecen erradas por razones gremiales, sino sustantivas. No puede hablarse de una formación integral de la que se sustrae lo que da la filosofía: una imagen abierta del mundo en la que insertar críticamente los conocimientos positivos, que son parciales por definición. Lo que está en juego es el sentido de nuestra cultura y la naturaleza de nuestra relación con ella. Sólo la filosofía enseña a razonar lógicamente, a ejercer responsa blemente la crítica, a valorar, a debatir y a actualizar nuestro gran legado intelectual. Sin todo ello, la educación de los jóvenes quedaría amputada”. ¿Y que hay de lo práctico, lo cuantificable, el mantra de lo rentable? “Sólo desde un utilitarismo extremo puede cifrarse la calidad de vida de un país exclusivamente en el incremento de su PIB”.


Reflexión y rentabilidad

Prescindir de herramientas educativas no parece la mejor idea en los más bajos momentos de la Gran Depresión. Tal es la impresión de Victoria Camps (Barcelona, 1941), Premio Nacional de Ensayo 2012 por El Gobierno de las emociones (Herder, 2011): “Es muy sintomático no querer ver que el pensamiento y la reflexión nos hacen mucha falta, precisamente en tiempos de crisis, más que otras materias económicamente más rentables. Iniciar a todos los alumnos en lo que ha significado el pensamiento era una excepción educativa que España conservaba. Ahora ha dejado de serlo. La filosofía nos da la capacidad de hacerse preguntas sin respuestas sencillas, de razonar y de analizar conceptos que parece que todo el mundo entiende pero que encierran una gran complejidad, como justicia, libertad, razón, etc.”.

Sobrevuela la discusión la idea común de que las sociedades de consumo no pierden el tiempo con los saberes poco prácticos. Pero José Sánchez Tortosa (Madrid, 1970), autor de El profesor en la trinchera (La Esfera, 2008), no traga: “Es falso. Las sociedades de consumo estatalizadas giran en torno a realidades basura. Existen dos riesgos: una sociedad restringida a los fundamentos de la tecnología y la ciencia, es decir, a lo que podríamos denominar ‘valores prácticos', o una sociedad limitada a lo inútil u ocioso, cuyo máximo exponente podría ser la telebasura. Lo que se tiende a despreciar no son los saberes no prácticos, sino, sencillamente, los saberes, a no ser en planos exigidos por el fin pragmático o utilitario más inmediato”.

Victoria Camps se apunta además a denunciar la “injustificable” rebajación de la Ética al oponerse como alternativa a la Religión, una manera de no comprender nada pues, a fin de cuentas, “muchos de los valores tuvieron su origen en el cristianismo, y se mantienen como valores laicos. No entender esto es situarse en la pre-modernidad”.


Un lugar en el mundo

Y Sánchez Tortosa, a quién las últimas propuestas educativas se le antojan “catastróficas”, cierra con una apasionada defensa de lo que la filosofía regala al estudiante. “Platón o Spinoza no pueden ser más fascinantes para un adolescente, que suele andar en busca de su lugar en el mundo, si se consigue que vea su potencia combativa, esa sacudida que hace tambalear los prejuicios, si se consigue que vean en qué sentido profundo, estrictamente filosófico o discursivo, Platón les está hablando de ellos y a ellos, y que es imposible entender una sola palabra de los mundos en que viven y que son, del hábitat extraño al que han sido arrojados, sin esa tradición forjada en defensa propia que es la filosofía”.

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