domingo, 8 de julio de 2012

RUSSELL: "POR QUÉ NO SOY CRISTIANO"








Bertrand Russell.
Por qué no soy cristiano
(Why i am not a christian).
Traducción de Josefina Martínez Alinari.
Año de publicación: 1957.
Edición: Edhasa, Barcelona, 1999.



En la mejor tradición de la filosofía anglosajona y en oposición a lo que suele darse en la europea continental, el estilo expositivo de Russell es de una claridad meridiana, rehuyendo siempre los tecnicismos y los desarrollos enrevesados. Si tenía razón Ortega, como así creemos, al afirmar aquello de "la claridad es la cortesía del filósofo", hemos de concluir que Russell es uno de los pensadores más corteses con que el lector puede toparse. Sin perder en absoluto ni un ápice de rigor, sin sacrificar en lo más mínimo sistematicidad y orden expositivo (al contrario, haciendo gala de ello sobradamente), Russell es un autor cuyas palabras pueden ser comprendidas por cualquiera sin el menor esfuerzo. Considero personalmente que ese es uno de los mayores halagos que se le pueden hacer a un filósofo, en contra de quienes parecen apreciar un estilo expresivo oscurantista y al alcance tan sólo de unos pocos "selectos" como pretendida prueba de una supuesta profundidad de pensamiento, cuando sin embargo no es en muchas ocasiones sino una burda cortina de humo para ocultar mera vacuidad. Por lo dicho anteriormente, siempre resulta un placer encarar la lectura de este pensador; placer que también se deriva, más allá de los aspectos puramente formales apuntados antes, del hecho de poder comprobar que Russell fue una mente tremendamente lúcida cuyas afirmaciones se encontraban casi siempre cargadas de razón.

En esta ocasión nos encontramos ante una compilación realizada por Paul Edwards en 1956 que recoge textos diversos (artículos, conferencias, prefacios a obras ajenas,...) no publicados previamente en libro. El más antiguo de 1899 (¿Parece, señora? No, es); el más reciente de 1954 (¿Puede la religión curar nuestros males?). Como indica el propio Edwards en la Introducción, Russell fue un autor prolífico que en muchas ocasiones vertió sus ideas en ese tipo de formatos, con lo que de no ser por la recuperación de esos textos breves a través de volúmenes como éste, nos perderíamos buena parte de sus interesantes palabras.

La mayor parte de los textos se ocupan de forma central o tangencial de la crítica de la religión. Edwards justifica su publicación aduciendo que se está viviendo un momento (se sitúa, recordemos, en 1956) de resurgimiento de lo religioso y de intensos y numerosos intentos de su intromisión en la vida civil, cuestión a la que dedica la totalidad del texto introductorio del volumen, presentando numerosos ejemplos que certifican semejante diagnóstico. Lamentablemente, podemos afirmar que mucho de lo que Edwards dice al respecto sigue sonando enormemente actual. Esos textos se encuentran acompañados por una minoría de otros relativos a diferentes asuntos, principalmente de temática social y moral, en los cuales Russell expone un punto de vista progresista y muy ajeno a lo convencionalmente establecido en su época (e incluso hoy, en más de un caso).
       La presencia de este segundo tipo de textos guarda coherencia con la de los anteriores en cuanto que las ideas de Russell tanto sobre la cuestión religiosa como sobre las otras que toca son, según él mismo afirma en diversos momentos a lo largo del libro, resultado de la adopción de una actitud "racional" frente a una asunción acrítica de las ideas generalizadas y propias del pensamiento tradicional. Por otra parte, como el propio Russell indica, las ideas a las que se enfrenta en ese segundo grupo de textos se encuentran asentadas en la tradición occidental de raíz judeocristiana, de manera que las nociones alternativas que presenta el autor no son a su vez sino una consecuencia del rechazo de esa tradición que se formula en el grupo de textos dedicados a la crítica de la religión. Gravita por lo tanto sobre todos los textos del volumen idéntico espíritu crítico. Con lo anterior, el asunto religioso deja de ser el tema central del libro, como podría sugerir su título, para acabar resultando en una defensa del librepensamiento. Con ello es acorde también la presencia de un artículo dedicado a Thomas Paine.

En el grupo de ensayos que se ocupan de modo explícito de una crítica de la religión, encontramos Por qué no soy cristiano, ¿Ha hecho la religión contribuciones útiles a la civilización?, Lo que creo, ¿Sobrevivimos a la muerte?, ¿Puede la religión curar nuestros males? y Religión y moral. También en este conjunto temático entraría La existencia de Dios, transcripcion del conocido debate sostenido entre Russell y Copleston en 1944 para su emisión radiofónica, y en el que ambos pensadores, desde posiciones polarizadas, hablan sobre la existencia de Dios discutiendo diversos argumentos presentados para su demostración, sobre la experiencia religiosa, sobre moralidad y sobre otras cuestiones.

Las ideas principales que va a transmitir Russell en estos textos, repetidas más de una vez a lo largo de ellos y que se apuntan ya en el prefacio del libro, escrito expresamente para la edición de estos ensayos realizada por Edwards, se refieren a su rechazo del fenómeno religioso, no sólo por considerar falso el contenido de su creencia sino también por considerarlo dañino: "La cuestión de la veracidad de una religión es una cosa, pero la cuestión de su utilidad es otra. Yo estoy tan firmemente convencido de que las religiones hacen daño, como lo estoy de que son falsas". Evidentemente, con tal afirmación ya bastaría para explicar el porqué de la declaración de principios que titula tanto el volumen como el primero de los ensayos que incluye: Por qué no soy cristiano. Ese carácter perjudicial se da en dos diferentes aspectos: "El daño que hace una religión es de dos clases, una dependiente de la clase de creencia que se debe profesar, y otra dependiente de los dogmas particulares en que se cree". Por lo tanto, es perjudicial en primer lugar en el plano intelectual, debido al dogmatismo que es intrínseco a la creencia religiosa y que impide un pensar libre y crítico ("[...] se considera virtuoso el tener fe, es decir, tener una convicción que no puede ser debilitada por la evidencia contraria. Ahora bien, si esa evidencia induce a la duda, se sostiene que debe ser suprimida", o "Querría ver un mundo en el que la educación tendiese a la libertad mental en lugar de encerrar la mente de la juventud en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerlo durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial. El mundo necesita mentes y corazones abiertos, y éstos no pueden derivarse de rígidos sistemas, ya sean viejos o nuevos."). Pero afecta negativamente también en el ámbito de la práctica dado el contenido moral de la doctrina religiosa ("Los anteriores males son independientes del credo particular en cuestión y existen igualmente en todos los credos que se ostentan dogmáticamente. Pero también hay, en la mayoría de las religiones, dogmas éticos específicos que causan daño definido").

Russell se detiene en algunos momentos en la refutación teórica de la ideología cristiana, como cuando discute los diversos argumentos que se han ofrecido históricamente a favor de la existencia de Dios, rebate la doctrina del libre albedrío, expone su concepción materialista a partir de la cual niega el dogma de la inmortalidad personal a través del alma o rechaza la idea de un sentido trascendente de la existencia humana.
     También analiza los factores emocionales como auténticos motivos de la creencia en Dios más allá de los argumentos racionales. Es en el miedo donde encontramos la base de la religión, en cuanto ésta garantiza cierto control sobre la realidad y otorga al ser humano una posición protagonista en la naturaleza.
     Sin embargo, el autor dirige la mayor parte de sus embates contra el carácter perjudicial de la religión en el doble aspecto que antes hemos mencionado. Así, se referirá al modo en que la religión ha frenado el progreso intelectual y moral de la humanidad, debido al dogmatismo que le es consustancial, frente a los auténticos motores de aquél: ciencia y racionalidad. La religión evidencia su inferioridad moral desde el momento en que encierra un código de valores que perjudica la felicidad humana, lo cual se muestra claramente en elementos como el sadismo implícito en la idea de pecado o la intolerancia que le es intrínseca al cristianismo. La visión de Russell al respecto se refleja perfectamente en fragmentos como los siguientes:
"Mi punto de vista ante la religión es el de Lucrecio. La considero como una enfermedad nacida del miedo, y como una fuente de indecible miseria para la raza humana."
"[...] los preceptos religiosos datan de una época en que los hombres eran más crueles de lo que son ahora y, por lo tanto, tienden a perpetuar conductas inhumanas que la conciencia moral de la época habría superado de no ser por la religión."
"Parecería, por lo tanto, que los tres impulsos humanos que representa la religión son el miedo, la vanidad y el odio. El propósito de la religión, podría decirse, es dar una cierta respetabilidad a estas pasiones, con tal que vayan por ciertos canales. Como estas tres pasiones constituyen en general la miseria humana, la religión es una fuerza del mal, ya que permite a los hombres entregarse a estas pasiones sin restricciones, mientras que, de no ser por la sanción de la Iglesia, podría tratar de dominarlas en cierto grado."
"Pero el cristianismo, en realidad, ¿ha luchado por una moral superior a la de sus rivales y enemigos? No veo cómo ningún honrado estudioso de historia podrá mantener esto. El cristianismo se ha distinguido de las otras religiones por una mayor disposición a la persecución."
"La afirmación de que el cristianismo ha tenido una influencia moral positiva sólo se puede mantener ignorando o falsificando la prueba histórica."
Si el cristianismo actual se muestra como menos agresivo que el de tiempos pasados no es por su propio mérito, sino algo sucedido a su pesar, lo cual no es de extrañar, pues un rasgo propio de la Iglesia desde antaño, según Russell, ha sido su menosprecio hacia la inteligencia y el conocimiento:
"Es cierto que el cristianismo moderno es menos tajante, pero no se debe al cristianismo; se debe a las generaciones de librepensadores que, desde el Renacimiento hasta el día de hoy, han conseguido avergonzar a los cristianos de muchas de sus creencias tradicionales. Es divertido oír al moderno cristiano comentar lo moderado y racionalista que es realmente el cristianismo, mientras ignora el hecho de que toda su moderación y racionalismo se debe a las enseñanzas de los hombres que en su tiempo fueron perseguidos por los cristianos ortodoxos. [...] La mutilación gradual de la doctrina cristiana ha sido realizada a pesar de su tremenda resistencia, y sólo como resultado de los ataques de los librepensadores."
"El cristianismo, lo reconoceré, hace menos daño del que solía hacer; pero eso se debe a que se cree con menos fervor en él."
"[...] que la Iglesia cristiana se ha apoyado en la persecución y que la presión exterior es la que la ha llevado al abandono relativo de esa práctica."
En su crítica de la moral religiosa va a poner en cuestión incluso las supuestas virtudes del personaje de Jesucristo, a menudo defendido como modelo moral incluso desde posiciones no creyentes.

Una moral laica no es tan sólo posible sino que incluso resulta superior a una moral de base religiosa. Russell propone una concepción ética que opone una moral "racional" y de "criterio científico" a la "moralidad tradicional" y "supersticiosa", exponiendo su concepción de la "vida buena" y cuál es para él el fundamento de la normatividad moral. A partir de esa moralidad racional, se derivan consideraciones muy diferentes a las tradicionales enraizadas en la mentalidad religiosa sobre diversas cuestiones, como la educación, la sexualidad o el tratamiento social del crimen. Como ya dijimos, algunas de estas visiones alternativas las veremos plasmadas, de hecho, en los ensayos incluidos en este mismo volumen.

También se toca el tema de la religión en otros textos en los que ello se hace sin incurrir en un ataque tan directo y enfático como el que hallamos en los ensayos hasta ahora mencionados.
       En ¿Parece, señora? No, es se critica el dualismo ontológico y la pretensión de encontrar en el mismo un consuelo. Y en Sobre los escépticos católicos y protestantes se comparan las posturas de los escépticos y librepensadores de origen católico y de origen protestante (mencionando casos como los de James Mill, Montaigne, Voltaire o George Eliot), desvelando unas diferencias que son consecuencia de sus respectivas tradiciones religiosas, lo cual sirve para discernir a su vez determinados rasgos diferenciadores entre esas tradiciones en sí mismas.

Otros ensayos incluidos en el libro incluyen una interpretación del espíritu de la época medieval con la que se intenta ofrecer una alternativa a ciertas concepciones estereotipadas muy extendidas pero que el autor considera falsas (La vida en la Edad Media), una semblanza de Thomas Paine en la que a través de un esbozo biográfico y el comentario de alguna de sus obras queda retratado como un librepensador crítico con lo establecido y progresista en lo social y lo político (El destino de Thomas Paine) y, finalmente, las ideas de Russell sobre determinadas cuestiones de orden moral y social. Nos detendremos ahora en esto último.

Como ya explicamos más arriba, el propio Russell afirma que muchas de las ideas morales aceptadas en su momento son herencia de la tradición judeocristiana. Sin embargo, si desarrollamos una moral basada no en la tradición sino en la racionalidad, llegamos a valoraciones muy diferentes de las de aquélla, las cuales chocarían frontalmente con lo sostenido por quienes Russell califica como "gente bien" en el artículo de tono satírico del mismo título: "La esencia de la gente bien es que odian la vida tal como se manifiesta en las tendencias de cooperación, en el bullicio infantil y sobre todo en el sexo, cuya sola idea los obsesiona. En una palabra, la gente bien es la gente de mente sucia".
       Un terreno en el que Russell se detiene, efectivamente, es el de la sexualidad y la familia, desde siempre un caballo de batalla para la mentalidad religiosa. Insistiendo de nuevo en que lo que la razón nos dice al respecto de estas cuestiones no coincide con lo que establece una visión basada en la tradición ("el sexo, más que ningún otro elemento de la vida humana, es aún mirado por muchos, quizás por la mayoría, de un modo irracional"), Russell expone opiniones tremendamente heterodoxas y progresistas al respecto, algunas de las cuales resultarían radicales a algunas mentalidades incluso en nuestros días, y tanto más en la primera mitad del siglo XX. En La nueva generación y Nuestra ética sexual expone una posible desaparición de la institución familiar que cedería sus funciones al Estado, reflexiona sobre el control de la natalidad, cuestiona la monogamia, aboga por las relaciones sexuales prematrimoniales, defiende el divorcio e incluso llega a cuestionar la misma necesidad del matrimonio, y propone como necesaria una educación sexual sin tapujos para los niños en cuanto medio para una sexualidad adulta sana, identificando la ignorancia en estos temas como una fuente de angustia y represiones.

El volumen se completa con un capítulo a modo de apéndice con autoría de Paul Edwards en el que éste narra el suceso de la prohibición que se impuso a Russell de impartir enseñanzas en la Universidad de Nueva York tras ser invitado para ello en 1940. La oposición de ciertos cargos eclesiásticos y de algunos ciudadanos consiguió que el asunto llegara a los tribunales, siendo el resultado que Russell fuera vetado para la actividad docente en la susodicha universidad (ya hicimos referencia a tal asunto en esta otra entrada de nuestro blog). Esa "gente bien" (por emplear el mismo calificativo que, como dijimos más arriba, reserva Russell a esta categoría de individuos) temía que nuestro filósofo fuese una influencia dañina para los jóvenes estudiantes, pudiéndoles contagiar sus ideas poco ortodoxas (no fue óbice el que los cursos que había de impartir nada tuvieran que ver con temas "conflictivos", ya que trataban de algo tan alejado de ello y también tan moralmente neutro como la lógica y las matemáticas). Edwards pone de manifiesto cómo las acusaciones contra Russell eran infundadas por basarse en tergiversaciones de lo que él realmente sustentaba ("Yo espero que el relatar nuevamente la historia aquí, unida a la reproducción de algunos de los estudios reales de Russell sobre los temas supuestamente ofensivos, ayudará a poner las cosas en su sitio", dice Edwards en la Introducción).
      En este mismo volumen encontramos también un artículo (La libertad y las universidades) que Russell redactó como respuesta a lo acontecido, a modo de autodefensa y crítica de la intervención en lo académico de instancias ajenas a ese ámbito. En él discute sobre la libertad académica presentando una defensa del pluralismo, la tolerancia hacia las opiniones minoritarias y el derecho a ejercer la crítica en el contexto de una sociedad democrática: "La diferencia fundamental entre el criterio liberal y el que no lo es consiste en que el primero considera todas las cuestiones abiertas a la discusión y todas las opiniones sujetas a la duda en mayor o menor medida, mientras que el último sostiene por adelantado que ciertas opiniones son absolutamente incuestionables y que no deben permitirse los argumentos contrarios. Lo curioso de esta postura es la creencia en que, si se permitiese la investigación imparcial, ésta llevaría a los hombres a la conclusión errónea, y que por lo tanto la ignorancia es la única salvaguarda del error. Este punto de vista no puede ser aceptado por ningún hombre que desee que la razón, en lugar del prejuicio, gobierne los actos humanos."
     A partir de lo anterior se recala en la defensa del fomento de un pensamiento libre en la enseñanza: "Ningún hombre puede pasar por educado cuando sólo ha oído hablar de un aspecto de las cuestiones que dividen a los demás. Una de las cosas más importantes que se debe enseñar en los centros docentes de una democracia es la actitud de sopesar argumentos, y el tener una mente abierta y preparada de antemano a aceptar el argumento que parezca más razonable. En cuanto se impone una censura en las opiniones que los profesores pueden expresar, la educación deja de servir a este propósito y tiende a producir, en lugar de una nación de hombres, un rebaño de fanáticos."
      La narración de este caso como cierre del volumen resulta muy procedente. En primer lugar, porque fue el hecho de sostener opiniones como las que precisamente se muestran a lo largo de este libro lo que llevó a considerar a  Russell persona non grata. En segundo lugar, porque lo aquí expuesto supone una aportación más al tema principal del libro, pues refleja la influencia de la moral religiosa tradicional y su intromisión en la vida civil y las instituciones del Estado. Dice Edwards en la Introducción: "Ha habido una falta de oposición asombrosa a la mayoría de las intromisiones de los intereses eclesiásticos. Una de las razones parece ser la extendida creencia de que la religión es hoy moderada y tolerante y que las persecuciones son una cosa del pasado. Esta es una peligrosa ilusión. Mientras muchos jefes religiosos son indudablemente sinceros amigos de la libertad y la tolerancia, y además firmes creyentes es la separación de la Iglesia y el Estado, desgraciadamente hay otros muchos que perseguirían si pudiesen, y que persiguen cuando pueden".  Y también: "Para contribuir a disipar la complacencia acerca de este tema he añadido, como apéndice de este libro, un relato exhaustivo de cómo Bertrand Russell no fue aceptado como profesor de Filosofía de la Universidad de la ciudad de Nueva York. Lo ocurrido en este caso merece ser conocido, aunque sólo sea para mostrar las increíbles tergiversaciones y los abusos de poder de que los fanáticos están dispuestos a servirse cuando se disponen a vencer a su enemigo. La gente que logró la anulación del nombramiento de Russell es la misma que ahora estaría dispuesta a destruir el carácter laico de Estados Unidos". Ya el propio Russell se ocupa en algunos de los escritos aquí presentes de rebatir esa ilusión a que alude Edwards, pero nada mejor que poder comprobarlo a través de un suceso en el que el propio Russell ejerciera de víctima de una de esas persecuciones que supuestamente serían cosa del pasado.
      Finalmente, la persecución a que fue sometido Russell en aquellas circunstancias constituye una prueba, en este caso padecida en las propias carnes del autor, de lo necesaria que resulta la vindicación de la racionalidad que constituye el telón de fondo de este libro (y del pensamiento de Russell en general); un ejemplo de cómo, en tiempos contemporáneos y en una sociedad nominalmente democrática, el pensamiento libre y crítico resulta rechazado y acosado a consecuencia de que ciertos individuos e instituciones lo consideren peligroso. Por lo tanto, sus mismos opositores en el caso narrado no hubieran hecho sino darle la razón involuntariamente y muy a su pesar a Russell y a todos los que pensamos, con él, que "lo que pone en peligro la democracia no son las polémicas ni las diferencias claras. Por el contrario, son sus mayores salvaguardias. Es parte esencial de la democracia que los grupos importantes, incluso las mayorías, sean tolerantes con los grupos disidentes, por pequeños que sean y por mucho que ofendan sus sentimientos. En una democracia es necesario que la gente aprenda a soportar que ofendan sus sentimientos". A muchos les convendría tomar nota de estas últimas palabras.


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