martes, 17 de julio de 2012

BOSONES RIMA CON...






Como bien saben ustedes, recientemente se ha dado un paso de gigante en la búsqueda del que es desde hace décadas el Santo Grial de la física: la partícula postulada hipotéticamente por Peter Higgs en 1964 y conocida habitualmente como "bosón de Higgs". Su hallazgo añadiría una pieza esencial al puzzle del funcionamiento del mundo físico, pues permitiría explicar por qué otras partículas elementales poseen masa. Y lo del puzzle es una metáfora más ajustada de lo que pudiera pensarse. Fíjate en la siguiente ilustración:


Bien, pues esa cosa que ni tú (quizás) ni yo (te lo aseguro) sabemos interpretar es la ecuación que formula el Modelo Estándar de la Física. Dicho de otra manera: del mismo modo que una partitura, para quien la sepa leer, es una representación gráfica de una entidad sonora (una sonata de Mozart, pongamos), esa "partitura" de arriba es la representación en términos matemáticos del mecanismo de nuestro universo. No vamos a intentar descifrarla; para lo que queremos decir sólo es necesario fijarnos en un detalle. Podrás observar que el símbolo "H" aparece en numerosos lugares. Bien, pues esa "H" es el valor de la ecuación que debería corresponderse con el bosón de Higgs, en el caso de que éste efectivamente existiera. Mientras no se produzca la constatación de esa existencia, por lo tanto, la ecuación tiene un buen montón de espacios en blanco a la espera de ser rellenados. ¿Se entiende mejor ahora por que decíamos que la dichosa partícula es "una pieza que falta en el puzzle"?

Y ahora viene la buena noticia: casi, casi, casi podemos afirmar ya que existe el bosón de Higgs, es decir, que hemos encontrado el fragmento con que cubrir esos huecos de la ecuación. Y aunque sabemos que tal cosa no va a provocar una euforia popular y multitudinaria equiparable a la causada por una victoria de la selección española de fútbol en la Eurocopa, a nosotros nos congratula mucho más (de hecho, lo primero nos la refanfinfla; somos así de raritos y por ello el mundo nos resulta tan extraño, casi tanto como a Juanjo Millás). Y es que a comienzos de este mismo mes el CERN comunicó que los científicos dedicados a la tarea de buscar el célebre bosón mediante ese monstruoso armatoste llamado LHC, detectaron una partícula que, según lo visto hasta el momento, coincidiría en sus propiedades con lo que se esperaría del bosón de Higgs. No obstante, y por eso antes hemos introducido ese "casi", el tan cauteloso (como debe ser) espíritu científico considera que la evidencia aún no es concluyente. Que se trata de un bosón ya lo saben fijo, porque genera dos fotones como ha de hacer cualquier bosón que se precie, pero para confirmar que es el de Higgs les falta medir su espín (pero en fin, que tampoco nos vamos a marear ahora con los detalles, que bastante tenemos con intentar entender en qué consiste la prima de riesgo). En definitiva, que así, al pronto, parece que podría tratarse del bicho ese tan huidizo.
    Si efectivamente nos encontráramos ante el hallazgo en cuestión, ello supondría, como antes hemos apuntado, que un montón de cosas que hasta ahora constituían un misterio inexplicado hallarían al fin su respuesta en términos científicos. Y esta es precisamente la cuestión que nos aproxima a lo que realmente queremos tratar aquí.

Pero, antes de llegar a ello, otro apunte. Como también saben ustedes, el bosón de Higgs es conocido popularmente como "la partícula de Dios". Quienes desconocen el auténtico origen de este apelativo creen ingenuamente que ello se debe a que los especialistas consideran que su descubrimiento contribuiría a confirmar la acción de Dios en el Universo (y por ende su misma existencia). Esta mala interpretación es acorde con esa tendencia que tienen muchos creyentes a intentar buscar apoyo, cuando les interesa, en la ciencia, a la cual, sin embargo, cuando también les interesa, ignoran e incluso desprecian. Ya es clásica, en este sentido, esa insistente afirmación de que "Einstein era creyente" (falso, falso), basada en ciertas alusiones a Dios que aparecen en algunas de sus frases célebres y que en realidad tienen un claro carácter metafórico. Cualquiera diría que confían tan poco en la fuerza de sus propias armas que necesitan apropiarse de las del enemigo. Bueno, me estoy desviando del asunto. A lo que íbamos: de dónde procede en realidad el nombre "partícula de Dios". La historia es bien sabida pero la recordaremos. A principios de los 90, el Nobel de física Leon Lederman publica un libro en cuyo título hace referencia al bosón de Higgs, y dicho título es ni más ni menos que The God Particle (La partícula divina y no "de Dios", en realidad, en su traducción española, localizable en Editorial Crítica, aunque lo de "partícula de Dios" es lo que circula por ahí en nuestra lengua). El problema reside en que ese no era el título que Lederman había puesto originalmente a su obra, sino el de The Goddamn Particle, o sea, algo así como la "maldita" o "puñetera" o "jodida" partícula, en alusión a lo esquiva que resulta cuando se intenta su detección. Pero a su editor le pareció inapropiado semejante calificativo y tuvo la feliz idea de acortar la palabra "goddamn" para dar a la expresión un sentido totalmente diferente. Parece ser que este malentendido siempre le ha repateado bastante, comprensiblemente dado que es un ateo confeso, al propio Higgs.
    Con lo cual nos encontramos con que el bosón de Higgs no ha sido llamado por los científicos en ningún momento "partícula de Dios" (sino tan sólo por un editor pacato), ni por lo tanto hay nada que indique en absoluto que la comunidad científica piense que su descubrimiento diría algo a favor de la ficción más exitosa de la humanidad. Porque en realidad, y esto no es que lo diga ni lo deje de decir, al menos oficialmente, la comunidad científica, sino que lo decimos nosotros, si el bosón de Higgs se detectase finalmente el efecto sería precisamente el contrario.

Las explicaciones sobrenaturales de lo natural existen desde que el ser humano apareció sobre el planeta. Todo aquel fenómeno que no se podía explicar de otra manera se atribuía a causas sobrenaturales. Así sucedía cuando el homo sapiens paleolítico salía de su cueva para contemplar esa bola de fuego inquietantemente pendida en los cielos, o cuando el inquisidor medieval se enfrentaba a un "endemoniado". Pero hoy sabemos, gracias a la astronomía moderna, qué y cómo "sujeta" la bola de fuego, y también sabemos, gracias a la psicología, que el poseído no era probablemente más que un afectado por algún tipo de psicosis. Cada fenómeno aparentemente inexplicable a menos que se apelara a lo sobrenatural, ha resultado, a lo largo de los siglos, perfectamente explicado en términos naturales.
    La física moderna permitió dilucidar el funcionamiento del cosmos en términos puramente mecánicos, sin requerir el recurso a la intervención divina. Recordemos la famosa anécdota: cuando Laplace expuso ante Napoléon su teoría astronómica y éste le hizo notar que en ningún momento había mencionado a Dios, el científico le respondió: "Señor, no necesito de esa hipótesis".
    Las teorías de la evolución biológica, en el siglo XIX, permitieron explicar la existencia de las distintas especies de seres vivos de manera alternativa a como lo hacía la fábula del Génesis, y de modo tan irrebatible que hasta la Iglesia Romana se vería obligada con el tiempo a considerar la narración bíblica como una mera alegoría.
     Y hoy en día la neurociencia nos aclara cada vez más y mejor de qué modo los diversos fenómenos mentales no son sino un resultado de procesos puramente fisiológicos, convirtiendo en obsoleto ese clásico comodín explicativo llamado "alma".
    Por lo tanto, bien podríamos decir, parafraseando a Bakunin, que Dios no es sino la ignorancia humana puesta en un altar. O, dicho de otra manera, un antídoto contra la inquietud provocada por lo desconocido.

No hemos mencionado, obviamente, todos los hitos al respecto, sino tan sólo algunos lo suficientemente significativos para recordarnos el hecho de que lo divino, como hipótesis explicativa, ha ido siendo arrinconado progresivamente por la ciencia, convirtiéndose en algo más y más prescindible cada vez. En cada ocasión en que la ciencia consigue explicar algo que hasta el momento no había hallado su correspondiente explicación en términos naturales, la idea de Dios recibe un empujón que la aproxima al límite del terreno de juego amenazando con expulsarla de él. Ello no supone ningún inconveniente, por supuesto, para que el creyente, dado que su convicción se debe en última instancia a factores emocionales, pueda encontrar un lugar para esa idea. ¿Dónde? En el terreno de lo aún no explicado por la ciencia. No obstante, ese espacio se reduce cada vez más. Y aquí es donde volvemos a mencionar al bosón de Higgs (no, no nos habíamos olvidado de él). Como dijimos al principio, su hallazgo (que, repetimos, quizás ya se haya producido) permitiría eliminar de una tacada un montón de vacíos explicativos. De tal manera, no sólo no sería la "partícula de Dios", sino que incluso su descubrimiento supondría una nueva patada a lo sobrenatural que empujaría a Dios todavía más lejos al reducir enormemente ese hueco donde todavía se refugia. Obviamente, el fenómeno religioso tal como se da actualmente no va a alterarse en lo más mínimo a raíz de ese posible descubrimiento, puesto que los creyentes ignorarán completamente ese hecho, dado que su especialidad es ignorar los hechos.

Antes hemos dicho que los creyentes siempre encontrarán un rinconcito para Dios en lo inexplicado por la ciencia, y ello muy probablemente no va a dejar de ser nunca así. Huelga decir que la ciencia aún no posee las respuestas a todos los interrogantes que se pueda formular el ser humano, pero quizás convenga tener en cuenta que muy probablemente tampoco las va a tener nunca. Lo cual significa en consecuencia que también muy probablemente jamás llegará el afortunado día en que todo individuo quede convencido de la ausencia de necesidad de lo divino. Y ello por dos razones. En primer lugar, porque todo indica que nuestras posibilidades cognoscitivas poseen unas limitaciones insalvables. No olvidemos que, después de todo, el ser humano no es más que un mero mamífero (venido a más, si se quiere) evolucionado para unas determinadas funciones adaptativas que no incluyen precisamente el conocer los secretos últimos del cosmos. En segundo lugar, porque algunas de las preguntas que muchos se plantean no son más que pseudoproblemas en cuanto que su misma formulación carece de justificación previa. Así, por mucho que se descubran explicaciones naturales a más y más fenómenos, siempre existirá el recurso de ampliar la frontera del interrogante aún más allá. Recurriendo de nuevo a un ejemplo que ya hemos expuesto: las teorías evolucionistas permiten explicar la existencia de las diversas especies de seres vivos de manera más sencilla que la hipótesis de la creación; pues ahí los tienes planteando la cuestión de que, si bien la evolución es un hecho, alguna entidad inteligente ha de haberla dirigido (diseño inteligente habemus). Otro ejemplo: parece que nos encontramos en camino de descubrir la partícula de Higgs, pues ahí aparece el obispo argentino Marcelo Sánchez, de la Academia Pontificia de Ciencias, afirmando que el bosón, "como todas las cosas de la naturaleza, es una parte de la creación" (petitio principii, se llama esto en mi pueblo) "que va confirmando la maravilla y riqueza de la naturaleza, que Dios ha puesto ahí para que el hombre la pueda entender". O esta otra perla, que no nos resistimos a glosar entre paréntesis: "se confirma que la naturaleza tiene realidades que no las han puesto los científicos, sino que las han encontrado" (vamos, que hay realidades en la naturaleza que han sido puestas por los propios científicos; nos encantaría que hubiese expuesto algún ejemplo, porque nos hemos quedado intrigadísimos acerca de cuáles puedan ser esas "realidades"). "Leyes constantes, partículas, o como se las quiera llamar" (al loro con esto, porque no olvidemos que está hablando un representante y alto cargo de la llamada Academia Pontificia de Ciencias, porque lo dice como si "leyes" y "partículas" viniesen a ser más o menos lo mismo o, en todo caso, "como se las quiera llamar", que tampoco nos vamos a poner puntillosos a estas alturas con la precisión del lenguaje científico, que parece que el tío esté parodiando a mi abuela parodiando a su vez a Punset). "La pregunta es quién las puso y naturalmente para el Vaticano las puso el creador". Y la intencionalidad implícita en ese "quién las puso" es lo que nos lleva a la joya de la corona de los pseudoproblemas: el Para Qué (con mayúsculas, por favor). Porque siempre que la ciencia explique algo ahí estará gravitando esa cuestión sobre el sentido de las cosas, el vicio teleológico que ya a estas alturas es el único pequeño hueco que queda para colar a Dios, aunque quienes lo profesan se olviden convenientemente de justificar por qué ha de haber un para qué. ¿Es necesario aclarar que la pregunta "quién las puso" no tiene sentido ninguno mientras no se justifique que haya de haber un "alguien" que "las pusiera" (las leyes, partículas, o lo que sea, qué más da, ya sabes)? En definitiva, que podemos afirmar con escaso temor a equivocarnos que la humanidad se encuentra condenada hasta el fin de sus días a contar con la presencia, más o menos extendida, de la creencia en lo sobrenatural, en tanto que siempre habrá algo que alguien considere que queda por explicar científicamente.

No obstante, aunque nunca vaya a dejar de existir esa parcela de interrogantes que quede fuera del alcance explicativo de la ciencia y sea allí donde siempre habrá alguien que sitúe a Dios, nos gustaría acabar planteando un símil que ayude a reflejar lo improcedente que aquí nos resulta esa actitud. Imagina que has sido educado en la creencia de que bajo toda la superficie del jardín de tu casa se encuentran valiosos tesoros. Aunque nadie los ha visto nunca, tus antepasados han estado firmemente convencidos de ello durante innumerables generaciones y así te ha sido transmitido a ti también. Pero un día llega alguien y comienza a cavar en tu jardín. Primero una pequeña porción de terreno, donde no aparece tesoro ninguno. Sin embargo tú piensas, desde tu firme creencia, que quizás precisamente esa zona era la única que no escondía ningún tesoro (vaya, qué casualidad), pero que sin duda sí han de encontrarse en todo el terreno restante. Pero después otra parcela es cavada y sucede lo mismo que anteriormente. De nuevo te ves obligado a reducir la proporción de terreno bajo la que, con toda seguridad desde tu punto de vista, se encuentran esos tesoros. Y así sucesivamente hasta que sólo queda un metro cuadrado por indagar sin que en ningún momento haya aparecido nada en todo el resto del jardín (aquel jardín que te aseguraron que estaba repleto de tesoros en su totalidad). ¿Parece razonable seguir insistiendo firmemente y sin el más mínimo atisbo de duda en que, al menos en ese metro cuadrado, debe haber algo? ¿No podrías plantearte, siquiera como una posibilidad, otra alternativa, la de que en realidad no exista tesoro ninguno? Si tienes fe y encima presumes de ello, la respuesta es no.

2 comentarios:

Arturo Iván Bolados Fuentes dijo...

Absolutamente.

Agustín Sanz Andreu dijo...

Gracias, Arturo, por leer nuestro blog y participar en él.

Publicar un comentario

Y NUESTRAS MÁS RECIENTES OCURRENCIAS...



ESTE BLOG ESTÁ DEDICADO A QUIENES NUNCA "MIRAN POR LA VENTANA" (PORQUE ABANDONEN SU CONFORMISMO Y SU DESIDIA)