martes, 17 de julio de 2012

BOSONES RIMA CON...






Como bien saben ustedes, recientemente se ha dado un paso de gigante en la búsqueda del que es desde hace décadas el Santo Grial de la física: la partícula postulada hipotéticamente por Peter Higgs en 1964 y conocida habitualmente como "bosón de Higgs". Su hallazgo añadiría una pieza esencial al puzzle del funcionamiento del mundo físico, pues permitiría explicar por qué otras partículas elementales poseen masa. Y lo del puzzle es una metáfora más ajustada de lo que pudiera pensarse. Fíjate en la siguiente ilustración:


Bien, pues esa cosa que ni tú (quizás) ni yo (te lo aseguro) sabemos interpretar es la ecuación que formula el Modelo Estándar de la Física. Dicho de otra manera: del mismo modo que una partitura, para quien la sepa leer, es una representación gráfica de una entidad sonora (una sonata de Mozart, pongamos), esa "partitura" de arriba es la representación en términos matemáticos del mecanismo de nuestro universo. No vamos a intentar descifrarla; para lo que queremos decir sólo es necesario fijarnos en un detalle. Podrás observar que el símbolo "H" aparece en numerosos lugares. Bien, pues esa "H" es el valor de la ecuación que debería corresponderse con el bosón de Higgs, en el caso de que éste efectivamente existiera. Mientras no se produzca la constatación de esa existencia, por lo tanto, la ecuación tiene un buen montón de espacios en blanco a la espera de ser rellenados. ¿Se entiende mejor ahora por que decíamos que la dichosa partícula es "una pieza que falta en el puzzle"?

Y ahora viene la buena noticia: casi, casi, casi podemos afirmar ya que existe el bosón de Higgs, es decir, que hemos encontrado el fragmento con que cubrir esos huecos de la ecuación. Y aunque sabemos que tal cosa no va a provocar una euforia popular y multitudinaria equiparable a la causada por una victoria de la selección española de fútbol en la Eurocopa, a nosotros nos congratula mucho más (de hecho, lo primero nos la refanfinfla; somos así de raritos y por ello el mundo nos resulta tan extraño, casi tanto como a Juanjo Millás). Y es que a comienzos de este mismo mes el CERN comunicó que los científicos dedicados a la tarea de buscar el célebre bosón mediante ese monstruoso armatoste llamado LHC, detectaron una partícula que, según lo visto hasta el momento, coincidiría en sus propiedades con lo que se esperaría del bosón de Higgs. No obstante, y por eso antes hemos introducido ese "casi", el tan cauteloso (como debe ser) espíritu científico considera que la evidencia aún no es concluyente. Que se trata de un bosón ya lo saben fijo, porque genera dos fotones como ha de hacer cualquier bosón que se precie, pero para confirmar que es el de Higgs les falta medir su espín (pero en fin, que tampoco nos vamos a marear ahora con los detalles, que bastante tenemos con intentar entender en qué consiste la prima de riesgo). En definitiva, que así, al pronto, parece que podría tratarse del bicho ese tan huidizo.
    Si efectivamente nos encontráramos ante el hallazgo en cuestión, ello supondría, como antes hemos apuntado, que un montón de cosas que hasta ahora constituían un misterio inexplicado hallarían al fin su respuesta en términos científicos. Y esta es precisamente la cuestión que nos aproxima a lo que realmente queremos tratar aquí.

Pero, antes de llegar a ello, otro apunte. Como también saben ustedes, el bosón de Higgs es conocido popularmente como "la partícula de Dios". Quienes desconocen el auténtico origen de este apelativo creen ingenuamente que ello se debe a que los especialistas consideran que su descubrimiento contribuiría a confirmar la acción de Dios en el Universo (y por ende su misma existencia). Esta mala interpretación es acorde con esa tendencia que tienen muchos creyentes a intentar buscar apoyo, cuando les interesa, en la ciencia, a la cual, sin embargo, cuando también les interesa, ignoran e incluso desprecian. Ya es clásica, en este sentido, esa insistente afirmación de que "Einstein era creyente" (falso, falso), basada en ciertas alusiones a Dios que aparecen en algunas de sus frases célebres y que en realidad tienen un claro carácter metafórico. Cualquiera diría que confían tan poco en la fuerza de sus propias armas que necesitan apropiarse de las del enemigo. Bueno, me estoy desviando del asunto. A lo que íbamos: de dónde procede en realidad el nombre "partícula de Dios". La historia es bien sabida pero la recordaremos. A principios de los 90, el Nobel de física Leon Lederman publica un libro en cuyo título hace referencia al bosón de Higgs, y dicho título es ni más ni menos que The God Particle (La partícula divina y no "de Dios", en realidad, en su traducción española, localizable en Editorial Crítica, aunque lo de "partícula de Dios" es lo que circula por ahí en nuestra lengua). El problema reside en que ese no era el título que Lederman había puesto originalmente a su obra, sino el de The Goddamn Particle, o sea, algo así como la "maldita" o "puñetera" o "jodida" partícula, en alusión a lo esquiva que resulta cuando se intenta su detección. Pero a su editor le pareció inapropiado semejante calificativo y tuvo la feliz idea de acortar la palabra "goddamn" para dar a la expresión un sentido totalmente diferente. Parece ser que este malentendido siempre le ha repateado bastante, comprensiblemente dado que es un ateo confeso, al propio Higgs.
    Con lo cual nos encontramos con que el bosón de Higgs no ha sido llamado por los científicos en ningún momento "partícula de Dios" (sino tan sólo por un editor pacato), ni por lo tanto hay nada que indique en absoluto que la comunidad científica piense que su descubrimiento diría algo a favor de la ficción más exitosa de la humanidad. Porque en realidad, y esto no es que lo diga ni lo deje de decir, al menos oficialmente, la comunidad científica, sino que lo decimos nosotros, si el bosón de Higgs se detectase finalmente el efecto sería precisamente el contrario.

Las explicaciones sobrenaturales de lo natural existen desde que el ser humano apareció sobre el planeta. Todo aquel fenómeno que no se podía explicar de otra manera se atribuía a causas sobrenaturales. Así sucedía cuando el homo sapiens paleolítico salía de su cueva para contemplar esa bola de fuego inquietantemente pendida en los cielos, o cuando el inquisidor medieval se enfrentaba a un "endemoniado". Pero hoy sabemos, gracias a la astronomía moderna, qué y cómo "sujeta" la bola de fuego, y también sabemos, gracias a la psicología, que el poseído no era probablemente más que un afectado por algún tipo de psicosis. Cada fenómeno aparentemente inexplicable a menos que se apelara a lo sobrenatural, ha resultado, a lo largo de los siglos, perfectamente explicado en términos naturales.
    La física moderna permitió dilucidar el funcionamiento del cosmos en términos puramente mecánicos, sin requerir el recurso a la intervención divina. Recordemos la famosa anécdota: cuando Laplace expuso ante Napoléon su teoría astronómica y éste le hizo notar que en ningún momento había mencionado a Dios, el científico le respondió: "Señor, no necesito de esa hipótesis".
    Las teorías de la evolución biológica, en el siglo XIX, permitieron explicar la existencia de las distintas especies de seres vivos de manera alternativa a como lo hacía la fábula del Génesis, y de modo tan irrebatible que hasta la Iglesia Romana se vería obligada con el tiempo a considerar la narración bíblica como una mera alegoría.
     Y hoy en día la neurociencia nos aclara cada vez más y mejor de qué modo los diversos fenómenos mentales no son sino un resultado de procesos puramente fisiológicos, convirtiendo en obsoleto ese clásico comodín explicativo llamado "alma".
    Por lo tanto, bien podríamos decir, parafraseando a Bakunin, que Dios no es sino la ignorancia humana puesta en un altar. O, dicho de otra manera, un antídoto contra la inquietud provocada por lo desconocido.

No hemos mencionado, obviamente, todos los hitos al respecto, sino tan sólo algunos lo suficientemente significativos para recordarnos el hecho de que lo divino, como hipótesis explicativa, ha ido siendo arrinconado progresivamente por la ciencia, convirtiéndose en algo más y más prescindible cada vez. En cada ocasión en que la ciencia consigue explicar algo que hasta el momento no había hallado su correspondiente explicación en términos naturales, la idea de Dios recibe un empujón que la aproxima al límite del terreno de juego amenazando con expulsarla de él. Ello no supone ningún inconveniente, por supuesto, para que el creyente, dado que su convicción se debe en última instancia a factores emocionales, pueda encontrar un lugar para esa idea. ¿Dónde? En el terreno de lo aún no explicado por la ciencia. No obstante, ese espacio se reduce cada vez más. Y aquí es donde volvemos a mencionar al bosón de Higgs (no, no nos habíamos olvidado de él). Como dijimos al principio, su hallazgo (que, repetimos, quizás ya se haya producido) permitiría eliminar de una tacada un montón de vacíos explicativos. De tal manera, no sólo no sería la "partícula de Dios", sino que incluso su descubrimiento supondría una nueva patada a lo sobrenatural que empujaría a Dios todavía más lejos al reducir enormemente ese hueco donde todavía se refugia. Obviamente, el fenómeno religioso tal como se da actualmente no va a alterarse en lo más mínimo a raíz de ese posible descubrimiento, puesto que los creyentes ignorarán completamente ese hecho, dado que su especialidad es ignorar los hechos.

Antes hemos dicho que los creyentes siempre encontrarán un rinconcito para Dios en lo inexplicado por la ciencia, y ello muy probablemente no va a dejar de ser nunca así. Huelga decir que la ciencia aún no posee las respuestas a todos los interrogantes que se pueda formular el ser humano, pero quizás convenga tener en cuenta que muy probablemente tampoco las va a tener nunca. Lo cual significa en consecuencia que también muy probablemente jamás llegará el afortunado día en que todo individuo quede convencido de la ausencia de necesidad de lo divino. Y ello por dos razones. En primer lugar, porque todo indica que nuestras posibilidades cognoscitivas poseen unas limitaciones insalvables. No olvidemos que, después de todo, el ser humano no es más que un mero mamífero (venido a más, si se quiere) evolucionado para unas determinadas funciones adaptativas que no incluyen precisamente el conocer los secretos últimos del cosmos. En segundo lugar, porque algunas de las preguntas que muchos se plantean no son más que pseudoproblemas en cuanto que su misma formulación carece de justificación previa. Así, por mucho que se descubran explicaciones naturales a más y más fenómenos, siempre existirá el recurso de ampliar la frontera del interrogante aún más allá. Recurriendo de nuevo a un ejemplo que ya hemos expuesto: las teorías evolucionistas permiten explicar la existencia de las diversas especies de seres vivos de manera más sencilla que la hipótesis de la creación; pues ahí los tienes planteando la cuestión de que, si bien la evolución es un hecho, alguna entidad inteligente ha de haberla dirigido (diseño inteligente habemus). Otro ejemplo: parece que nos encontramos en camino de descubrir la partícula de Higgs, pues ahí aparece el obispo argentino Marcelo Sánchez, de la Academia Pontificia de Ciencias, afirmando que el bosón, "como todas las cosas de la naturaleza, es una parte de la creación" (petitio principii, se llama esto en mi pueblo) "que va confirmando la maravilla y riqueza de la naturaleza, que Dios ha puesto ahí para que el hombre la pueda entender". O esta otra perla, que no nos resistimos a glosar entre paréntesis: "se confirma que la naturaleza tiene realidades que no las han puesto los científicos, sino que las han encontrado" (vamos, que hay realidades en la naturaleza que han sido puestas por los propios científicos; nos encantaría que hubiese expuesto algún ejemplo, porque nos hemos quedado intrigadísimos acerca de cuáles puedan ser esas "realidades"). "Leyes constantes, partículas, o como se las quiera llamar" (al loro con esto, porque no olvidemos que está hablando un representante y alto cargo de la llamada Academia Pontificia de Ciencias, porque lo dice como si "leyes" y "partículas" viniesen a ser más o menos lo mismo o, en todo caso, "como se las quiera llamar", que tampoco nos vamos a poner puntillosos a estas alturas con la precisión del lenguaje científico, que parece que el tío esté parodiando a mi abuela parodiando a su vez a Punset). "La pregunta es quién las puso y naturalmente para el Vaticano las puso el creador". Y la intencionalidad implícita en ese "quién las puso" es lo que nos lleva a la joya de la corona de los pseudoproblemas: el Para Qué (con mayúsculas, por favor). Porque siempre que la ciencia explique algo ahí estará gravitando esa cuestión sobre el sentido de las cosas, el vicio teleológico que ya a estas alturas es el único pequeño hueco que queda para colar a Dios, aunque quienes lo profesan se olviden convenientemente de justificar por qué ha de haber un para qué. ¿Es necesario aclarar que la pregunta "quién las puso" no tiene sentido ninguno mientras no se justifique que haya de haber un "alguien" que "las pusiera" (las leyes, partículas, o lo que sea, qué más da, ya sabes)? En definitiva, que podemos afirmar con escaso temor a equivocarnos que la humanidad se encuentra condenada hasta el fin de sus días a contar con la presencia, más o menos extendida, de la creencia en lo sobrenatural, en tanto que siempre habrá algo que alguien considere que queda por explicar científicamente.

No obstante, aunque nunca vaya a dejar de existir esa parcela de interrogantes que quede fuera del alcance explicativo de la ciencia y sea allí donde siempre habrá alguien que sitúe a Dios, nos gustaría acabar planteando un símil que ayude a reflejar lo improcedente que aquí nos resulta esa actitud. Imagina que has sido educado en la creencia de que bajo toda la superficie del jardín de tu casa se encuentran valiosos tesoros. Aunque nadie los ha visto nunca, tus antepasados han estado firmemente convencidos de ello durante innumerables generaciones y así te ha sido transmitido a ti también. Pero un día llega alguien y comienza a cavar en tu jardín. Primero una pequeña porción de terreno, donde no aparece tesoro ninguno. Sin embargo tú piensas, desde tu firme creencia, que quizás precisamente esa zona era la única que no escondía ningún tesoro (vaya, qué casualidad), pero que sin duda sí han de encontrarse en todo el terreno restante. Pero después otra parcela es cavada y sucede lo mismo que anteriormente. De nuevo te ves obligado a reducir la proporción de terreno bajo la que, con toda seguridad desde tu punto de vista, se encuentran esos tesoros. Y así sucesivamente hasta que sólo queda un metro cuadrado por indagar sin que en ningún momento haya aparecido nada en todo el resto del jardín (aquel jardín que te aseguraron que estaba repleto de tesoros en su totalidad). ¿Parece razonable seguir insistiendo firmemente y sin el más mínimo atisbo de duda en que, al menos en ese metro cuadrado, debe haber algo? ¿No podrías plantearte, siquiera como una posibilidad, otra alternativa, la de que en realidad no exista tesoro ninguno? Si tienes fe y encima presumes de ello, la respuesta es no.

domingo, 8 de julio de 2012

RUSSELL: "POR QUÉ NO SOY CRISTIANO"








Bertrand Russell.
Por qué no soy cristiano
(Why i am not a christian).
Traducción de Josefina Martínez Alinari.
Año de publicación: 1957.
Edición: Edhasa, Barcelona, 1999.



En la mejor tradición de la filosofía anglosajona y en oposición a lo que suele darse en la europea continental, el estilo expositivo de Russell es de una claridad meridiana, rehuyendo siempre los tecnicismos y los desarrollos enrevesados. Si tenía razón Ortega, como así creemos, al afirmar aquello de "la claridad es la cortesía del filósofo", hemos de concluir que Russell es uno de los pensadores más corteses con que el lector puede toparse. Sin perder en absoluto ni un ápice de rigor, sin sacrificar en lo más mínimo sistematicidad y orden expositivo (al contrario, haciendo gala de ello sobradamente), Russell es un autor cuyas palabras pueden ser comprendidas por cualquiera sin el menor esfuerzo. Considero personalmente que ese es uno de los mayores halagos que se le pueden hacer a un filósofo, en contra de quienes parecen apreciar un estilo expresivo oscurantista y al alcance tan sólo de unos pocos "selectos" como pretendida prueba de una supuesta profundidad de pensamiento, cuando sin embargo no es en muchas ocasiones sino una burda cortina de humo para ocultar mera vacuidad. Por lo dicho anteriormente, siempre resulta un placer encarar la lectura de este pensador; placer que también se deriva, más allá de los aspectos puramente formales apuntados antes, del hecho de poder comprobar que Russell fue una mente tremendamente lúcida cuyas afirmaciones se encontraban casi siempre cargadas de razón.

En esta ocasión nos encontramos ante una compilación realizada por Paul Edwards en 1956 que recoge textos diversos (artículos, conferencias, prefacios a obras ajenas,...) no publicados previamente en libro. El más antiguo de 1899 (¿Parece, señora? No, es); el más reciente de 1954 (¿Puede la religión curar nuestros males?). Como indica el propio Edwards en la Introducción, Russell fue un autor prolífico que en muchas ocasiones vertió sus ideas en ese tipo de formatos, con lo que de no ser por la recuperación de esos textos breves a través de volúmenes como éste, nos perderíamos buena parte de sus interesantes palabras.

La mayor parte de los textos se ocupan de forma central o tangencial de la crítica de la religión. Edwards justifica su publicación aduciendo que se está viviendo un momento (se sitúa, recordemos, en 1956) de resurgimiento de lo religioso y de intensos y numerosos intentos de su intromisión en la vida civil, cuestión a la que dedica la totalidad del texto introductorio del volumen, presentando numerosos ejemplos que certifican semejante diagnóstico. Lamentablemente, podemos afirmar que mucho de lo que Edwards dice al respecto sigue sonando enormemente actual. Esos textos se encuentran acompañados por una minoría de otros relativos a diferentes asuntos, principalmente de temática social y moral, en los cuales Russell expone un punto de vista progresista y muy ajeno a lo convencionalmente establecido en su época (e incluso hoy, en más de un caso).
       La presencia de este segundo tipo de textos guarda coherencia con la de los anteriores en cuanto que las ideas de Russell tanto sobre la cuestión religiosa como sobre las otras que toca son, según él mismo afirma en diversos momentos a lo largo del libro, resultado de la adopción de una actitud "racional" frente a una asunción acrítica de las ideas generalizadas y propias del pensamiento tradicional. Por otra parte, como el propio Russell indica, las ideas a las que se enfrenta en ese segundo grupo de textos se encuentran asentadas en la tradición occidental de raíz judeocristiana, de manera que las nociones alternativas que presenta el autor no son a su vez sino una consecuencia del rechazo de esa tradición que se formula en el grupo de textos dedicados a la crítica de la religión. Gravita por lo tanto sobre todos los textos del volumen idéntico espíritu crítico. Con lo anterior, el asunto religioso deja de ser el tema central del libro, como podría sugerir su título, para acabar resultando en una defensa del librepensamiento. Con ello es acorde también la presencia de un artículo dedicado a Thomas Paine.

En el grupo de ensayos que se ocupan de modo explícito de una crítica de la religión, encontramos Por qué no soy cristiano, ¿Ha hecho la religión contribuciones útiles a la civilización?, Lo que creo, ¿Sobrevivimos a la muerte?, ¿Puede la religión curar nuestros males? y Religión y moral. También en este conjunto temático entraría La existencia de Dios, transcripcion del conocido debate sostenido entre Russell y Copleston en 1944 para su emisión radiofónica, y en el que ambos pensadores, desde posiciones polarizadas, hablan sobre la existencia de Dios discutiendo diversos argumentos presentados para su demostración, sobre la experiencia religiosa, sobre moralidad y sobre otras cuestiones.

Las ideas principales que va a transmitir Russell en estos textos, repetidas más de una vez a lo largo de ellos y que se apuntan ya en el prefacio del libro, escrito expresamente para la edición de estos ensayos realizada por Edwards, se refieren a su rechazo del fenómeno religioso, no sólo por considerar falso el contenido de su creencia sino también por considerarlo dañino: "La cuestión de la veracidad de una religión es una cosa, pero la cuestión de su utilidad es otra. Yo estoy tan firmemente convencido de que las religiones hacen daño, como lo estoy de que son falsas". Evidentemente, con tal afirmación ya bastaría para explicar el porqué de la declaración de principios que titula tanto el volumen como el primero de los ensayos que incluye: Por qué no soy cristiano. Ese carácter perjudicial se da en dos diferentes aspectos: "El daño que hace una religión es de dos clases, una dependiente de la clase de creencia que se debe profesar, y otra dependiente de los dogmas particulares en que se cree". Por lo tanto, es perjudicial en primer lugar en el plano intelectual, debido al dogmatismo que es intrínseco a la creencia religiosa y que impide un pensar libre y crítico ("[...] se considera virtuoso el tener fe, es decir, tener una convicción que no puede ser debilitada por la evidencia contraria. Ahora bien, si esa evidencia induce a la duda, se sostiene que debe ser suprimida", o "Querría ver un mundo en el que la educación tendiese a la libertad mental en lugar de encerrar la mente de la juventud en la rígida armadura del dogma, calculado para protegerlo durante toda su vida contra los dardos de la prueba imparcial. El mundo necesita mentes y corazones abiertos, y éstos no pueden derivarse de rígidos sistemas, ya sean viejos o nuevos."). Pero afecta negativamente también en el ámbito de la práctica dado el contenido moral de la doctrina religiosa ("Los anteriores males son independientes del credo particular en cuestión y existen igualmente en todos los credos que se ostentan dogmáticamente. Pero también hay, en la mayoría de las religiones, dogmas éticos específicos que causan daño definido").

Russell se detiene en algunos momentos en la refutación teórica de la ideología cristiana, como cuando discute los diversos argumentos que se han ofrecido históricamente a favor de la existencia de Dios, rebate la doctrina del libre albedrío, expone su concepción materialista a partir de la cual niega el dogma de la inmortalidad personal a través del alma o rechaza la idea de un sentido trascendente de la existencia humana.
     También analiza los factores emocionales como auténticos motivos de la creencia en Dios más allá de los argumentos racionales. Es en el miedo donde encontramos la base de la religión, en cuanto ésta garantiza cierto control sobre la realidad y otorga al ser humano una posición protagonista en la naturaleza.
     Sin embargo, el autor dirige la mayor parte de sus embates contra el carácter perjudicial de la religión en el doble aspecto que antes hemos mencionado. Así, se referirá al modo en que la religión ha frenado el progreso intelectual y moral de la humanidad, debido al dogmatismo que le es consustancial, frente a los auténticos motores de aquél: ciencia y racionalidad. La religión evidencia su inferioridad moral desde el momento en que encierra un código de valores que perjudica la felicidad humana, lo cual se muestra claramente en elementos como el sadismo implícito en la idea de pecado o la intolerancia que le es intrínseca al cristianismo. La visión de Russell al respecto se refleja perfectamente en fragmentos como los siguientes:
"Mi punto de vista ante la religión es el de Lucrecio. La considero como una enfermedad nacida del miedo, y como una fuente de indecible miseria para la raza humana."
"[...] los preceptos religiosos datan de una época en que los hombres eran más crueles de lo que son ahora y, por lo tanto, tienden a perpetuar conductas inhumanas que la conciencia moral de la época habría superado de no ser por la religión."
"Parecería, por lo tanto, que los tres impulsos humanos que representa la religión son el miedo, la vanidad y el odio. El propósito de la religión, podría decirse, es dar una cierta respetabilidad a estas pasiones, con tal que vayan por ciertos canales. Como estas tres pasiones constituyen en general la miseria humana, la religión es una fuerza del mal, ya que permite a los hombres entregarse a estas pasiones sin restricciones, mientras que, de no ser por la sanción de la Iglesia, podría tratar de dominarlas en cierto grado."
"Pero el cristianismo, en realidad, ¿ha luchado por una moral superior a la de sus rivales y enemigos? No veo cómo ningún honrado estudioso de historia podrá mantener esto. El cristianismo se ha distinguido de las otras religiones por una mayor disposición a la persecución."
"La afirmación de que el cristianismo ha tenido una influencia moral positiva sólo se puede mantener ignorando o falsificando la prueba histórica."
Si el cristianismo actual se muestra como menos agresivo que el de tiempos pasados no es por su propio mérito, sino algo sucedido a su pesar, lo cual no es de extrañar, pues un rasgo propio de la Iglesia desde antaño, según Russell, ha sido su menosprecio hacia la inteligencia y el conocimiento:
"Es cierto que el cristianismo moderno es menos tajante, pero no se debe al cristianismo; se debe a las generaciones de librepensadores que, desde el Renacimiento hasta el día de hoy, han conseguido avergonzar a los cristianos de muchas de sus creencias tradicionales. Es divertido oír al moderno cristiano comentar lo moderado y racionalista que es realmente el cristianismo, mientras ignora el hecho de que toda su moderación y racionalismo se debe a las enseñanzas de los hombres que en su tiempo fueron perseguidos por los cristianos ortodoxos. [...] La mutilación gradual de la doctrina cristiana ha sido realizada a pesar de su tremenda resistencia, y sólo como resultado de los ataques de los librepensadores."
"El cristianismo, lo reconoceré, hace menos daño del que solía hacer; pero eso se debe a que se cree con menos fervor en él."
"[...] que la Iglesia cristiana se ha apoyado en la persecución y que la presión exterior es la que la ha llevado al abandono relativo de esa práctica."
En su crítica de la moral religiosa va a poner en cuestión incluso las supuestas virtudes del personaje de Jesucristo, a menudo defendido como modelo moral incluso desde posiciones no creyentes.

Una moral laica no es tan sólo posible sino que incluso resulta superior a una moral de base religiosa. Russell propone una concepción ética que opone una moral "racional" y de "criterio científico" a la "moralidad tradicional" y "supersticiosa", exponiendo su concepción de la "vida buena" y cuál es para él el fundamento de la normatividad moral. A partir de esa moralidad racional, se derivan consideraciones muy diferentes a las tradicionales enraizadas en la mentalidad religiosa sobre diversas cuestiones, como la educación, la sexualidad o el tratamiento social del crimen. Como ya dijimos, algunas de estas visiones alternativas las veremos plasmadas, de hecho, en los ensayos incluidos en este mismo volumen.

También se toca el tema de la religión en otros textos en los que ello se hace sin incurrir en un ataque tan directo y enfático como el que hallamos en los ensayos hasta ahora mencionados.
       En ¿Parece, señora? No, es se critica el dualismo ontológico y la pretensión de encontrar en el mismo un consuelo. Y en Sobre los escépticos católicos y protestantes se comparan las posturas de los escépticos y librepensadores de origen católico y de origen protestante (mencionando casos como los de James Mill, Montaigne, Voltaire o George Eliot), desvelando unas diferencias que son consecuencia de sus respectivas tradiciones religiosas, lo cual sirve para discernir a su vez determinados rasgos diferenciadores entre esas tradiciones en sí mismas.

Otros ensayos incluidos en el libro incluyen una interpretación del espíritu de la época medieval con la que se intenta ofrecer una alternativa a ciertas concepciones estereotipadas muy extendidas pero que el autor considera falsas (La vida en la Edad Media), una semblanza de Thomas Paine en la que a través de un esbozo biográfico y el comentario de alguna de sus obras queda retratado como un librepensador crítico con lo establecido y progresista en lo social y lo político (El destino de Thomas Paine) y, finalmente, las ideas de Russell sobre determinadas cuestiones de orden moral y social. Nos detendremos ahora en esto último.

Como ya explicamos más arriba, el propio Russell afirma que muchas de las ideas morales aceptadas en su momento son herencia de la tradición judeocristiana. Sin embargo, si desarrollamos una moral basada no en la tradición sino en la racionalidad, llegamos a valoraciones muy diferentes de las de aquélla, las cuales chocarían frontalmente con lo sostenido por quienes Russell califica como "gente bien" en el artículo de tono satírico del mismo título: "La esencia de la gente bien es que odian la vida tal como se manifiesta en las tendencias de cooperación, en el bullicio infantil y sobre todo en el sexo, cuya sola idea los obsesiona. En una palabra, la gente bien es la gente de mente sucia".
       Un terreno en el que Russell se detiene, efectivamente, es el de la sexualidad y la familia, desde siempre un caballo de batalla para la mentalidad religiosa. Insistiendo de nuevo en que lo que la razón nos dice al respecto de estas cuestiones no coincide con lo que establece una visión basada en la tradición ("el sexo, más que ningún otro elemento de la vida humana, es aún mirado por muchos, quizás por la mayoría, de un modo irracional"), Russell expone opiniones tremendamente heterodoxas y progresistas al respecto, algunas de las cuales resultarían radicales a algunas mentalidades incluso en nuestros días, y tanto más en la primera mitad del siglo XX. En La nueva generación y Nuestra ética sexual expone una posible desaparición de la institución familiar que cedería sus funciones al Estado, reflexiona sobre el control de la natalidad, cuestiona la monogamia, aboga por las relaciones sexuales prematrimoniales, defiende el divorcio e incluso llega a cuestionar la misma necesidad del matrimonio, y propone como necesaria una educación sexual sin tapujos para los niños en cuanto medio para una sexualidad adulta sana, identificando la ignorancia en estos temas como una fuente de angustia y represiones.

El volumen se completa con un capítulo a modo de apéndice con autoría de Paul Edwards en el que éste narra el suceso de la prohibición que se impuso a Russell de impartir enseñanzas en la Universidad de Nueva York tras ser invitado para ello en 1940. La oposición de ciertos cargos eclesiásticos y de algunos ciudadanos consiguió que el asunto llegara a los tribunales, siendo el resultado que Russell fuera vetado para la actividad docente en la susodicha universidad (ya hicimos referencia a tal asunto en esta otra entrada de nuestro blog). Esa "gente bien" (por emplear el mismo calificativo que, como dijimos más arriba, reserva Russell a esta categoría de individuos) temía que nuestro filósofo fuese una influencia dañina para los jóvenes estudiantes, pudiéndoles contagiar sus ideas poco ortodoxas (no fue óbice el que los cursos que había de impartir nada tuvieran que ver con temas "conflictivos", ya que trataban de algo tan alejado de ello y también tan moralmente neutro como la lógica y las matemáticas). Edwards pone de manifiesto cómo las acusaciones contra Russell eran infundadas por basarse en tergiversaciones de lo que él realmente sustentaba ("Yo espero que el relatar nuevamente la historia aquí, unida a la reproducción de algunos de los estudios reales de Russell sobre los temas supuestamente ofensivos, ayudará a poner las cosas en su sitio", dice Edwards en la Introducción).
      En este mismo volumen encontramos también un artículo (La libertad y las universidades) que Russell redactó como respuesta a lo acontecido, a modo de autodefensa y crítica de la intervención en lo académico de instancias ajenas a ese ámbito. En él discute sobre la libertad académica presentando una defensa del pluralismo, la tolerancia hacia las opiniones minoritarias y el derecho a ejercer la crítica en el contexto de una sociedad democrática: "La diferencia fundamental entre el criterio liberal y el que no lo es consiste en que el primero considera todas las cuestiones abiertas a la discusión y todas las opiniones sujetas a la duda en mayor o menor medida, mientras que el último sostiene por adelantado que ciertas opiniones son absolutamente incuestionables y que no deben permitirse los argumentos contrarios. Lo curioso de esta postura es la creencia en que, si se permitiese la investigación imparcial, ésta llevaría a los hombres a la conclusión errónea, y que por lo tanto la ignorancia es la única salvaguarda del error. Este punto de vista no puede ser aceptado por ningún hombre que desee que la razón, en lugar del prejuicio, gobierne los actos humanos."
     A partir de lo anterior se recala en la defensa del fomento de un pensamiento libre en la enseñanza: "Ningún hombre puede pasar por educado cuando sólo ha oído hablar de un aspecto de las cuestiones que dividen a los demás. Una de las cosas más importantes que se debe enseñar en los centros docentes de una democracia es la actitud de sopesar argumentos, y el tener una mente abierta y preparada de antemano a aceptar el argumento que parezca más razonable. En cuanto se impone una censura en las opiniones que los profesores pueden expresar, la educación deja de servir a este propósito y tiende a producir, en lugar de una nación de hombres, un rebaño de fanáticos."
      La narración de este caso como cierre del volumen resulta muy procedente. En primer lugar, porque fue el hecho de sostener opiniones como las que precisamente se muestran a lo largo de este libro lo que llevó a considerar a  Russell persona non grata. En segundo lugar, porque lo aquí expuesto supone una aportación más al tema principal del libro, pues refleja la influencia de la moral religiosa tradicional y su intromisión en la vida civil y las instituciones del Estado. Dice Edwards en la Introducción: "Ha habido una falta de oposición asombrosa a la mayoría de las intromisiones de los intereses eclesiásticos. Una de las razones parece ser la extendida creencia de que la religión es hoy moderada y tolerante y que las persecuciones son una cosa del pasado. Esta es una peligrosa ilusión. Mientras muchos jefes religiosos son indudablemente sinceros amigos de la libertad y la tolerancia, y además firmes creyentes es la separación de la Iglesia y el Estado, desgraciadamente hay otros muchos que perseguirían si pudiesen, y que persiguen cuando pueden".  Y también: "Para contribuir a disipar la complacencia acerca de este tema he añadido, como apéndice de este libro, un relato exhaustivo de cómo Bertrand Russell no fue aceptado como profesor de Filosofía de la Universidad de la ciudad de Nueva York. Lo ocurrido en este caso merece ser conocido, aunque sólo sea para mostrar las increíbles tergiversaciones y los abusos de poder de que los fanáticos están dispuestos a servirse cuando se disponen a vencer a su enemigo. La gente que logró la anulación del nombramiento de Russell es la misma que ahora estaría dispuesta a destruir el carácter laico de Estados Unidos". Ya el propio Russell se ocupa en algunos de los escritos aquí presentes de rebatir esa ilusión a que alude Edwards, pero nada mejor que poder comprobarlo a través de un suceso en el que el propio Russell ejerciera de víctima de una de esas persecuciones que supuestamente serían cosa del pasado.
      Finalmente, la persecución a que fue sometido Russell en aquellas circunstancias constituye una prueba, en este caso padecida en las propias carnes del autor, de lo necesaria que resulta la vindicación de la racionalidad que constituye el telón de fondo de este libro (y del pensamiento de Russell en general); un ejemplo de cómo, en tiempos contemporáneos y en una sociedad nominalmente democrática, el pensamiento libre y crítico resulta rechazado y acosado a consecuencia de que ciertos individuos e instituciones lo consideren peligroso. Por lo tanto, sus mismos opositores en el caso narrado no hubieran hecho sino darle la razón involuntariamente y muy a su pesar a Russell y a todos los que pensamos, con él, que "lo que pone en peligro la democracia no son las polémicas ni las diferencias claras. Por el contrario, son sus mayores salvaguardias. Es parte esencial de la democracia que los grupos importantes, incluso las mayorías, sean tolerantes con los grupos disidentes, por pequeños que sean y por mucho que ofendan sus sentimientos. En una democracia es necesario que la gente aprenda a soportar que ofendan sus sentimientos". A muchos les convendría tomar nota de estas últimas palabras.


viernes, 6 de julio de 2012

DESCARTES O LA AFIRMACIÓN INDUDABLE




La historia del pensamiento se encuentra plagada de frases que han devenido célebres hasta el punto de llegar a convertirse en auténticos tópicos. El problema es que en muchos casos tales frases son repetidas desde un desconocimiento de su auténtico sentido o, lo que es peor, atribuyéndoseles un significado que no es el que verdadera y originalmente les corresponde (peor que ignorar algo es no ser consciente de que algo se ignora). Uno de esos casos es el de la famosa fórmula cartesiana del "cogito". Vamos a comenzar rastreando su origen. 

La susodicha sentencia, habitualmente citada como "cogito ergo sum", fue expresada por vez primera vez por el filósofo francés René Descartes (1596-1650) en  su obra Discurso del método para dirigir bien la razón y hallar la verdad en las ciencias, que fue la que le dió a conocer en los círculos doctos de su época. Esta obra posee una serie de curiosas peculiaridades. En primer lugar, no fue concebida en realidad como un texto autónomo, sino como la introducción a una serie de tratados científicos sobre distintas áreas. Así apareció en su publicación original, en un volumen que recogía el Discurso como tal introducción y los restantes ensayos mencionados. El papel adjudicado por Descartes al Discurso del método (versión abreviada del título original con la que ha pasado a conocerse este texto), y así se refleja en su título completo, era el de exponer la metodología pretendidamente utilizada para el logro de los conocimientos que se expondrían en los textos científicos a los cuales prologaba y que no era sino el método para un uso correcto de la razón que permitiese el descubrimiento de la verdad sobre las cosas. Otra de las peculiaridades de este texto sería el de estar escrito en la lengua materna del autor. Tal cosa nos puede resultar muy natural hoy en día, pero ni mucho menos lo era entonces. En el siglo XVII, el latín constituía la lengua oficial del mundo académico y culto en general. Filósofos y científicos se expresaban y comunicaban entre sí en esa lengua, y resultaba extremadamente raro encontrar una excepción a esta regla. Pero si Descartes decidió no escribirlo en latín, lengua que dominaba perfectamente como cualquier individuo de su tiempo con una formación como la que él poseía, fue precisamente porque su intención era que su libro llegara más allá de los círculos eruditos. Podríamos decir, en términos actuales, que Descartes pretendió escribir una obra de divulgación, que lo era, independientemente del carácter de su contenido, por el mero hecho de estar escrita en un idioma que permitía que cualquiera pudiese acceder a ella.

Por esto, la expresión original de la famosa frase que nos ocupa sería, en realidad, "je pense, doncs je suis". No se formularía en latín hasta unos cuantos años después, en Principios de filosofía, donde dice "ergo cogito, ergo sum". La traducción habitual es "pienso, luego existo", literal y perfectamente correcta. Sin embargo, quizás otra manera de expresarlo nos acercaría mejor al auténtico significado de la sentencia. Supongamos que fuese de la siguiente manera: "poseo una conciencia, por lo tanto soy". El verbo "pensar" (o "penser", o "cogitare") puede sugerirnos algún tipo de acto concreto del pensar del cual podríamos convertirlo en sinónimo, como razonar, reflexionar o imaginar, por ejemplo (como en "¿qué estás pensando?"). Sin embargo, la intención de Descartes con ese "pensar" no era sino la de expresar el mero hecho genérico de poseer contenidos mentales, de tener conocimiento. Pero ahora, de nuevo, no malentendamos también ese "tener conocimiento", que no haría referencia a ningún contenido de conocimiento concreto (como en "tengo conocimientos de matemáticas") sino al significado que tendría en una expresión como "ha perdido el conocimiento" (alguien que se ha desmayado, por ejemplo). Y "perder el conocimiento", en este sentido, también lo podemos expresar como "perder la conciencia", "estar inconsciente". Por lo tanto, el "pensar" cartesiano no es sino el tener conciencia, el ser o estar consciente. Lo que nos dice Descartes es que tal hecho ("pienso", "cogito") me lleva a concluir necesariamente ("luego", "ergo") que tengo existencia, que soy ("existo", "sum"). No podemos comprender plenamente el significado de la frase sin tener en cuenta por qué la propone Descartes.

El filósofo se había propuesto el objetivo de descubrir aquellos conocimientos que no permitiesen ni la más mínima duda sobre su verdad. Para ello, la primera tarea consistiría en poner a prueba los conocimientos ya asumidos como verdaderos para comprobar si cumplirían tal condición. Y lo que afirma Descartes es que no. Mediante una serie de hipótesis que aquí no vamos a detallar, llega a la conclusión de que nada de lo que damos por verdadero es realmente indudable (lo que se conoce como "duda metódica"). Que todo o algo de ello podría ser verdad, sí, pero que también tenemos razones para pensar que podría no serlo. Ahora bien, si Descartes se hubiera quedado en este punto (no podemos afirmar nada como verdadero) hubiera caído en algo que él rechazaba enérgicamente y diríamos que incluso con repugnancia: un escepticismo al estilo de Montaigne. Y rechazaba semejante postura porque su confianza en las posibilidades de la razón le otorgaban el convencimiento de que el ser humano sí es capaz de conocer la verdad de las cosas. En consecuencia, Descartes se plantea la necesidad de encontrar al menos una verdad absoluta, algo acerca de lo que no pueda caber la más mínima duda. Si lo consigue, considera, podrá, a partir de esa "primera verdad", remontarse mediante un procedimiento deductivo hacia otras verdades también indudables, librándose así del tan temido escepticismo. Y esa verdad inicial que habrá de ejercer de base, de punto de apoyo, la encuentra en la afirmación que nos ocupa. ¿De qué manera?

Supongamos, como hiciera Descartes, que todo lo que nos rodea, todo lo que aceptamos como real, no sea más que una ilusión, hasta el punto de que en realidad nada exista. Ahora bien, ¿es eso posible?, ¿que no exista nada? Nos dice Descartes que hay al menos una cosa que, indudablemente y sin posibilidad de refutación ninguna, existe; hay algo cuya realidad podemos afirmar sin el más mínimo temor de estar equivocándonos. Hagamos un ejercicio de imaginación. Supongamos, decíamos antes, que nada existe, nada de lo que estás observando a tu alrededor, que todo es una especie de alucinación. Desaparece todo objeto físico, te encuentras flotando en un absoluto vacío. Pero, atención, hemos dicho todo objeto físico, y tu cuerpo lo es. Es decir, lo que se encuentra flotando en ese vacío absoluto no eres tú en cuerpo y mente, sino solamente en mente, una mera conciencia. Intentemos ir aún más allá, intentemos suponer que tampoco existe esa conciencia. ¿Podemos? No, es imposible (aunque sí podríamos suponer que no existe ninguna otra conciencia). Que no existiese nada significaría que tampoco existe mi conciencia, pero podemos comprobar fácilmente y, lo que aquí resulta lo esencial, de manera innegable, que, aun en la posibilidad de que no existiese nada más, al menos existe mi conciencia; un "yo", en definitiva. Terminaremos de comprender esta idea si pensamos en cuándo, efectivamente, no existe nada para mí, cuando no sólo desaparece el mundo sino también mi conciencia. Es fácil imaginarlo porque nos sucede constantemente: ni más ni menos que cada vez que dormimos. Para cualquiera de nosotros, por lo tanto, se produce cada cierto tiempo la experiencia (o, mejor, deberíamos decir la no-experiencia) de la desaparición de nuestro yo. Recuerda esa noche en que te acostaste en tu cama (o donde gustes acostarte) siendo consciente de lo que te rodeaba, del tacto de las sábanas, de algún sonido que llega del exterior, de tu propia respiración, del peso de tu cuerpo, de algún recuerdo que llega a tu mente sobre lo sucedido a lo largo de día... En lo que aparenta ser un instante después abres los ojos, y sin embargo han transcurrido ocho horas. En ese momento sabes que lo que ha sucedido mientras tanto ha sido un sueño profundo, pero no se puede decir que lo supieras durante el periodo en que te encontrabas en ese estado. Durante ese tiempo ha desaparecido completamente el mundo en su integridad, incluso la percepción del tiempo y, lo que más nos interesa de este experimento mental, también has desaparecido tú para ti mismo. Durante ese tiempo, no has sido consciente ni siquiera de tu propia existencia (de ninguna manera podrías haberte dicho "sigo existiendo en estos momentos"). Bien, pues si no existiese, efectivamente, nada, así serían las cosas de manera permanente, pero podemos afirmar como algo innegable que no es así. Yo percibo mi propia existencia en cuanto conciencia, me percibo como algo que está ahí, como algo que es, incluso aunque pueda ser capaz de suponer que no existe ninguna otra cosa (ni siquiera mi yo físico). Soy totalmente incapaz de suponer que mi propia conciencia no existe. Yo percibo inevitablemente mi conciencia ("pienso", "cogito"), de lo cual no tengo más remedio que concluir que al menos tal cosa, si no ninguna otra, existe fuera de toda posibilidad de duda. 

A nuestro parecer, en lo anterior se encuentra el gran logro de Descartes: la formulación de una idea cuya certeza no podemos negar por mucho que queramos llevar hasta el límite nuestro escepticismo. Una afirmación factual imposible de poner en duda. Quizás la única.



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