sábado, 18 de febrero de 2012

EL PLACER DE PENSAR



No es la primera ocasión en que dedicamos una de nuestras entradas al mero objetivo de transcribir una cita. Lo hacemos cuando se trata de palabras que nos hubiera gustado expresar a nosotros mismos mientras, a la vez, somos sabedores de que jamás podríamos hacerlo tan bien como sus autores.

En este caso, quien nos habla es Paolo Mantegazza. Disfrútenlo:

Hay tanta voluptuosidad en el trabajo de la mente, que puede alegrar toda una existencia o consolarnos de todas las miserias grandes o pequeñas que nos pinchan o hieren durante nuestro camino. No puedo callar que el placer de pensar, aunque independientemente de cualquier objeto, de cualquier premio, es uno de los más grandes de la vida. Las sensaciones nos llegan de todas partes y apenas llegan a nosotros se transforman en ideas. El movimiento empieza activo y ordenado y de todas partes un nuevo estremecimiento nos advierte que un nuevo mecanismo se ha puesto en movimiento. Aquí una idea, tropezando con un diente de la rueda que abre los archivos de la memoria, suscita por analogía una idea histórica; allí una combinación de juicios ha hecho brotar un rayo de luz o una centella. La luz que ilumina el gran taller se colorea de pronto con los colores del iris que se reflejan sobre todas las maquinarias y los obreros. Y todos estos accidentes de un taller, trabajados, se reflejan en el espejo de la conciencia, donde el yo mira y sonríe. No vayáis a creer que yo exagere o haga el poeta. No todos los que piensan con voluptuosidad agotan de la misma manera el placer que prueban, pero todos sienten que es un placer indefinible, que nunca acaba y siempre se renueva; que es acaso frío y calmo, pero que se puede amar como un placer del corazón.


miércoles, 15 de febrero de 2012

MOSTERÍN: "HELENISMO"








Jesús Mosterín.
Helenismo. Historia del pensamiento.
Año de publicación: 2007.
Edición: Alianza Editorial, Madrid, 2007.



El volumen que nos ocupa forma parte de la serie del autor "Historia del pensamiento", integrada por libros monográficos autónomos, cada uno dedicado a una diferente época, escuela, contexto cultural o pensador. Éste en particular constituye una revisión de un anterior título de esta serie: El pensamiento clásico tardío.

Tras un prólogo en el que se presenta el contenido de la obra, con una síntesis de los principales puntos que se van a desarrollar, el libro se divide en tres partes  bien diferenciadas. En la primera, que ocupa el primer capítulo, narra las circunstancias históricas de la época helenística; los capítulos segundo a quinto se ocupan de la filosofía helenística y, finalmente, la ciencia helenística es el tema que abarca los capítulos sexto a octavo.

El primer capítulo, La época helenística, es, como hemos dicho, de carácter histórico, y narra el desarrollo del mundo helenístico en todo el periodo que abarcó, desde el comienzo de las campañas de Alejandro hasta la anexión de Egipto al Imperio Romano. Muy detallado en datos históricos, no se centra tanto en aspectos sociales (aunque algo se menciona al respecto), los cuales son determinantes para el carácter de la filosofía helenística. Debido a esto no llega a ofrecer, como a nuestro parecer sería deseable, un apropiado panorama útil para comprender el mundo helenístico como contexto explicativo del pensamiento que en él surgió.

El segundo capítulo, Continuadores y precursores, comienza con un análisis del tránsito desde la filosofía del periodo clásico (la de la Academia platónica y el Liceo aristotélico) hacia aquella que la sucederá, la helenística, ofreciendo una eficazmente descriptiva visión de Atenas como capital filosófica del mundo griego. Especialmente interesante resulta la narración de la evolución de la Academia y el Liceo tras las etapas de sus respectivos fundadores.
      A continuación, pasa a tratar algunas escuelas helenísticas que no se tocarán (más que para alguna mención tangencial en relación con otras cuestiones) en el posterior desarrollo del libro, las cuales son las consideradas menores, de entre las que surgen en este periodo de la civilización griega, de manera habitual y convencional por la historiografía. Nos estamos refiriendo a la escuela megárica y a los cínicos.
        A partir de aquí, el autor se centra, dedicándoles el grueso del libro, en las consideradas habitualmente como las tres principales escuelas de la filosofía helenística: epicureísmo, escepticismo y estoicismo.

Del pensamiento de Epicuro, al que se dedica el capítulo tercero (titulado Epicuro), se presenta una exposición muy completa y detallada, tocando todos los aspectos que son de esperar (perfil biográfico, deuda intelectual con el atomismo presocrático, la historia del Jardín, obras, las distintas tesis del epicureísmo,...). Resulta destacable que ciertas cuestiones, como la teoría atomista o la teoría sobre el alma, aparezcan tratadas con mucha mayor profundidad de lo que solemos encontrar en otros manuales.

El cuarto capítulo, El estoicismo, se ocupa de la escuela que su propio título indica, aunque, evidentemente debido a la temática general del libro, ciñéndose a la Stoa antigua. Así, los representantes de ésta, Zenón, Crisipo y Cleantes, protagonizan las páginas correspondientes. En ellas se presentan, por supuesto, las teorías físico-cosmológica y ética del estoicismo, pero también de manera bastante detenida (quizás incluso excesivamente, a nuestro parecer) las investigaciones lógicas y semánticas desarrolladas por estos pensadores.

En el capítulo quinto, Escepticismo, se nos presentan tanto el escepticismo pirrónico como el que se desarrolla en la Academia tras la muerte de Platón. 

Tras haber tratado las principales escuelas filosóficas del helenismo, el autor pasa a ocuparse de la ciencia helenística, otro de los pilares de la cultura del momento, en los restantes capítulos del libro.
      Así, nos narra la historia y circunstancias del Museo y la Biblioteca alejandrinos (algo ineludible al tratar este tema) para a continuación reseñar algunos de los más destacados logros científicos de la época en áreas como la anatomía, la matemática y la astronomía.

Hemos de añadir que el texto dispone, como complementos, de una bibliografía comentada, clasificada por capítulos y que incluye algunas obras en castellano, la cual puede ser muy interesante como guía para quien busque ahondar más en el tema, y de la siempre útil herramienta del índice analítico.

El libro es recomendable por los rasgos positivos que exhibe (especialmente su exposición detallada de algunas cuestiones que en otros manuales suelen aparecer con un tratamiento más superficial que el que aquí se les da o incluso son dejadas de lado, como ciertos aspectos del atomismo epicúreo o la lógica estoica, el análisis de las relaciones entre distintas corrientes, tanto las helenísticas entre sí como de éstas con otras anteriores,...). Pero hay que decir que también nos resulta muy insuficiente en otros aspectos. Se ha de complementar con otros textos si se desea obtener una visión completa y, sobre todo, con mayor sentido de conjunto y de contextualización histórica del pensamiento helenístico. Esto último es lo que más se echa de menos en este libro, que presenta la sucesión de temas tratados en los distintos capítulos sin conseguir ofrecer lo mencionado, lo cual se podría haber realizado perfectamente en una introducción y/o una conclusión apropiadas (la ausencia de ésta y el consiguiente final abrupto del libro llaman especialmente la atención) o bien con comentarios pertinentes a lo largo del texto. También adolece de cierto desequilibrio en cuanto a la profundidad en el tratamiento de sus diversos temas, deteniéndose en exceso en algunos aspectos que quizás no lo merecieran tanto mientras que en otros resulta algo parco. Obviamente, este último juicio es muy subjetivo, pues semejante apreciación siempre dependerá de los intereses y las preferencias temáticas de cada lector en particular. No obstante, a pesar de los defectos mencionados, puede ejercer una cumplida función como una buena primera aproximación al pensamiento helenístico, no yendo posiblemente más allá la intención del autor.


jueves, 9 de febrero de 2012

¡QUÉ MALA LECHE, DON ARTURO!



¡Esto clama al cielo! ¿Pues no resulta que para entretener la espera mientras se terminan de freír los palitos de merluza que amorosamente estoy preparando para mi vástago, abro un libro del Schopenhauer ese (sí, sí, soy raro de cojones, ya lo sé) y me encuentro con que me pone a caer de un burro? ¡Y aquí, en mi propia casa! ¡Habráse visto desfachatez!  Será, será... ¡pero si mira la cara de amargao que tiene!, ¿cómo no va a soltar por su boca semejantes culebras? Si éste tenía que ser el House del XIX. 

Bueno, pues ni más ni menos que esto es lo que opina de los profesores de filosofía (en su Parerga y paralipómena):

(...) de las historias de la filosofía, publicadas ahora anualmente por medias docenas, (el lector) sólo recibe lo que ha entrado en la cabeza de un profesor de filosofía, y a decir verdad tal como le parece bien. Por tanto, se comprende por sí solo que los pensamientos de un gran pensador tienen que reducirse considerablemente para encontrar sitio en el cerebro de tres libras de semejante parásito de la filosofía, de donde, revestido con la correspondiente jerga del día debe salir de nuevo, acompañado de sus sagaces juicios. Además, hay que considerar que un hombre de esa especie, que escribe sobre filosofía para ganar dinero, apenas puede haber leído la décima parte de las obras de que informa. Su estudio real exige toda una larga vida de trabajo, tal como la llevó, en los tiempos aplicados, el valiente Brucker. Pero esta gentecilla, impedida por sus continuos cursos, sus empleos oficiales, sus viajes de vacaciones y sus distracciones, y que, en su mayor parte, publican historias de la filosofía en su juventud, ¿qué pueden haber investigado a fondo? Y, además, pretenden ser únicamente pragmáticos, haber profundizado y exponer la necesidad del origen y la sucesión de los sistemas, e incluso juzgar, amonestar y dar ejemplo a los filósofos serios y verdaderos de la antigüedad. ¿Qué pueden hacer, sino copiar a los antiguos, uno tras otro, y luego, para ocultar su plagio, estropear más y más las cosas, esforzándose en darles el talante del quinquenio corriente y juzgarlas conforme al espíritu de éste?

Ahí es ná, se habrá quedao a gusto. Ya está bien, que yo no tengo por qué continuar escuchando tales improperios. ¿Pues sabe qué le digo, Don Arturo, sabe qué le digo? Que, que,... igual incluso no le falte a usted razón.


MONTINARI: "LO QUE DIJO NIETZSCHE"








Mazzino Montinari.
Lo que dijo Nietzsche
(Che cosa ha detto Nietzsche).
Traducción de Enrique Lynch.
Año de publicación: 1999.
Edición: Ediciones Salamandra, Barcelona, 2003.



Montinari, filólogo, es uno de los autores más acreditados en los últimos tiempos para hablarnos de Nietzsche. Junto con Giorgio Colli, es el artífice de la edición crítica de las obras completas del alemán, siendo su cometido principal, en ese proyecto, el de ocuparse del análisis de sus manuscritos. El resultado de los veinte años de investigación empleados para esa tarea han dado a Montinari también como fruto el texto que aquí nos ocupa y otros como Sobre Nietzsche (1981) y Leer a Nietzsche (1982).

El libro se encuentra a medio camino entre la biografía y la exposición de las ideas de Nietzsche, aunque sin profundizar en demasía en ninguno de ambos aspectos. Resulta especialmente útil para disponer de una visión sintética de la evolución intelectual del pensador y del lugar de cada uno de sus textos en el conjunto de su obra.
Quizá su principal valor deriva del hecho de presentarse como uno de los primeros estudios sobre Nietzsche escritos bajo el imperativo de la objetividad y la honestidad intelectual, huyendo de los apasionamientos, la subjetividad, los estereotipos y los prejuicios falseadores a los que tradicionalmente habían estado sometidas su figura y su obra, tanto entre sus detractores como entre sus seguidores. De hecho, Montinari dedica buena parte de sus comentarios (véanse especialmente la introducción y el capítulo quinto) a denunciar esa tradición interpretativa de Nietzsche. El origen de la misma se halla en la imagen deformada de la vida y obra del filósofo que tras su muerte ofrece su hermana, la cual sería la fuente de la que beberían numerosos estudiosos desvirtuando sus juicios, generando falsos debates e impidiendo una valoración correcta del legado nietzscheano. La alternativa interpretativa de Montinari pretende una total objetividad al basarse en el análisis desapasionado de los propios manuscritos (Montinari también nos habla por extenso sobre las dificultades interpretativas y biográficas que presenta Nietzsche).
Sobre las investigaciones de Montinari acerca de Nietzsche, abundando en las cuestiones anteriores, y la postura personal de Montinari hacia su filosofía, encontramos cerrando el volumen un clarificador texto de otro experto en Nietzsche, Giuliano Campioni, discípulo de Montinari y continuador del proyecto editorial emprendido por éste y Colli.

Bajo la premisa de que la vida de Nietzsche es su pensamiento en evolución, Montinari se centra a lo largo de los cuatro primeros capítulos en los comentarios sucesivos de las distintas obras de Nietzsche, agrupadas en distintas etapas. Pero al mismo tiempo presenta interesante información sobre las circunstancias vitales en que la creación de tales obras tiene lugar; es decir, expone la trayectoria biográfica de Nietzsche al hilo del desarrollo de su filosofía. Así, tras un primer capítulo -La juventud de Nietzsche (1844-1869)- en el que, como su propio título indica, se nos narran los antecedentes vitales e intelectuales del que acabaría siendo uno de los filósofos contemporáneos más relevantes, esenciales, en nuestra opinión, para comprender el porqué y el cómo de su pensamiento, en el segundo capítulo -Los años de Basilea (1869-1879)-, al mismo tiempo que se continua con la narración del contexto vital que las enmarcan, se comienzan a analizar las obras.
Así, Montinari nos habla sobre El nacimiento de la tragedia, primera manifestación de la afirmación de la vida por parte de su autor (“el impulso filosófico originario de Nietzsche surgió de su voluntad de decir sí a la vida, de cualquier modo y en cualquier circunstancia”). En esa medida, supone el alejamiento con respecto a Schopenhauer: frente al pesimismo negador de la vida de aquél, Nietzsche “quería justificar la vida entera tal como es”. Nietzsche encuentra la vía de aceptación de la vida en la estética, siendo esto lo que se manifiesta en el fenómeno de la tragedia griega (“penetrar en una metafísica del arte, pues (...) la existencia, el mundo, sólo se justifica en tanto que fenómeno estético”).
Llega a continuación Humano, demasiado humano, abandono declarado de las opiniones metafísico-estéticas (y, por tanto, condena del arte, antirromanticismo) de la obra anterior: “Así, mientras en la época de El nacimiento de la tragedia el mundo debía tener una justificación estética, ahora son las potencias estéticas de la humanidad las que más la alejan de la verdad. Esto no quiere decir que el mundo tenga otras justificaciones: parece que, en este momento, Nietzsche pensaba que el mundo carece de sentido. Una vez que ha caído la religión, junto con el arte, y ha quedado frustrada la necesidad metafísica (...), sólo queda la búsqueda del ideal de la sabiduría contemplativa, ésa que Nietzsche describía en la figura del espíritu libre”.
          Nietzsche lo cataloga como un libro para “espíritus libres”. Está dedicado a la crítica y abandono (y en tal sentido liberación para el espíritu) de todas las convicciones (religiosas, metafísicas, estéticas...) “que -como errores providenciales- han dado forma a la humanidad moderna. Su medio de regresar a las fases anteriores de la cultura es la historia, la observación psicológica. Su privilegio es justo el hecho de encontrarse en el límite y como en equilibrio entre el pasado, con la religión, el arte y la metafísica, y el futuro, que ahora pertenece al conocimiento científico. Desde esa nueva perspectiva, Nietzsche consideraba las ilusiones del pasado como etapas hacia la sabiduría, que es el ideal del espíritu libre”.
          Lo anterior conduce al retrato del pensador del futuro, un individuo de “vida contemplativa, que hoy -esto es, en la época moderna- ha caído en descrédito (...) Nietzsche habla a menudo (...) de la necesidad de revalorizar la vida contemplativa, la vida dedicada a la obtención de la sabiduría -Epicuro proporciona el modelo clásico de este ideal-, que es al mismo tiempo limitación consciente al mundo circunscrito de la experiencia -ciencia, historia, observación psicológica- y renuncia a la acción. Además, el espíritu libre no es productivo, es decir, no puede ser poeta ni artista, y estos hombres productivos no pueden ser espíritus libres por que sólo la religión o la metafísica, no la ciencia, pueden hacer que surjan la poesía y el arte. Por lo que se refiere a la acción, Nietzsche traza una especie de retrato utópico del pensador del futuro, en el cual debería fundirse el activismo europeo y americano con la capacidad asiática de contemplación del campesino ruso. Esta combinación conduciría necesariamente a la humanidad a la solución del enigma del mundo; mientras tanto, los espíritus libres tienen una función que cumplir; la de derribar todas las barreras que se opongan a una fusión de los hombres: religiones, estados, instintos monárquicos, ilusiones sobre la riqueza y la pobreza, prejuicios de raza, etc.”.
Se comentan también en este capítulo otras obras de esta etapa, que adoptan la misma línea que Humano, formando así una unidad dentro del conjunto de la obra de Nietzsche:
Consideración intempestiva IV, en la que el distanciamiento con respecto a Wagner constituye un anticipo y síntoma de la condena del arte presente en Humano. Montinari se detiene aquí en la ruptura y el enfrentamiento con Wagner (“temas que diez años después volveremos a encontrar en su libelo contra Wagner” - Montinari se refiere aquí al texto Nietzsche contra Wagner).
        Opiniones y sentencias, apéndice a Humano publicado posteriormente a aquél y que abunda en los planteamientos de dicha obra (“aversión hacia el pathos trágico y el idealismo moral”, “se desarrolla la campaña antirromántica iniciada en Humano, demasiado humano, -véase sobre todo el aforismo 221-, que sería, de ahí en adelante, un tema constante en la obra de Nietzsche”).
El caminante y su sombra, que nace como segundo (tras Opiniones y sentencias) y último apéndice de Humano, continuando con su temática e intención.

El siguiente capítulo -La filosofía de Zaratustra (1880-1884)- se corresponde con la etapa de madurez del pensamiento de Nietzsche.
Comienza hablándonos de Aurora. Tanto en esta obra como en las restantes del mismo periodo se manifiesta como tema de fondo la pasión del conocimiento, como continuidad lógica de lo establecido en el primer conjunto de obras: aquéllas están dedicadas al abandono de unas determinadas ideas para llegar así a la liberación del espíritu; una vez logrado esto, lo que parece plantearse Nietzsche es partir de ese punto (a modo de tabula rasa) hacia la construcción de un saber adecuado, lo cual considera como su tarea (véase Ecce homo) y a lo que otorga un valor por encima de cualquier otra cosa (“Si Humano, demasiado humano celebraba el advenimiento de la liberación del espíritu, Aurora es un himno a la pasión del conocimiento: entre los dos momentos hay afinidades y continuidades, pero mientras Humano era todavía el «monumento de una crisis» (...), es decir, la expresión del alejamiento respecto a los ideales decadentes y estetizantes (...), Aurora por su parte nos ofrece un Nietzsche (...) que ha descubierto cuál es su deber: «En nosotros, el conocimiento se ha convertido en pasión que no teme ningún sacrificio (...), ¡preferimos que la humanidad perezca a que retroceda el conocimiento!» (...) La serenidad del desencanto, típica de toda la producción ilustrada o volteriana de Nietzsche, deja paso al nuevo pathos”).
Dicha tarea se plasma en Aurora en la continuación de la actividad destructora de toda convicción (“(...) reposará en el lema del espíritu libre, que dice que «las convicciones son peores enemigas de la verdad que la mentira» (...). Nietzsche no tenía ninguna convicción, ningún proyecto reformador que imponer a sus contemporáneos (...). Ahora que había escapado de la prisión de las convicciones, no quería construir una nueva; al contrario, la destrucción de las convicciones se hizo más radical”).
La actividad destructora de toda convicción se centrará ahora en la crítica de la moral. En el análisis de Nietzsche, de cariz relativista, “los prejuicios morales” son convenciones de raíz histórica y psicológica -para su análisis crítico, Nietzsche se apoya en la lectura de obras de historia, etnología o zoología comparada- y carentes de todo fundamento racional, si bien “la moral (...) se ha ido impregnando poco a poco de razón (aforismo 1) y ha sometido incluso a aquellos capaces de poner en duda la racionalidad: los filósofos”. Del mismo modo que el mundo no tiene un significado metafísico, tampoco tiene un significado ético.
La gaya ciencia se plantearía en su proceso de preparación como una continuación de Aurora. Retoma el tema de la crítica de la moral y, por otro lado, preludia la obra posterior, presentando ya al personaje de Zaratustra y su filosofía de afirmación de la vida, que se comienza a anunciar aquí.
Y, finalmente, llega el celebrado Así habló Zaratustra, donde quedan retratadas algunas de las ideas fundamentales de su autor, como la voluntad de poder, el eterno retorno o el superhombre, “conceptos límite en el horizonte de una visión antimetafísica y antipesimista del mundo, tras la muerte de Dios”, “(...) conocimiento adquirido en los límites de lo racional”.

El capítulo cuarto  -El último Nietzsche (1885-1889)- hace referencia a la última etapa y arranca centrándose en el inconcluso proyecto de La voluntad de poder: “Tras la publicación de Zaratustra sus planes cambiaron. Primero pensó que había escrito la «parte positiva» de su filosofía y (...) ahora le quedaba por exponer la «parte negativa» (...) crítica de la moral, de la teoría del conocimiento de la estética, etc.”.
El primer resultado de tal labor es Más allá del bien y del mal, que, dice Montinari recogiendo las palabras del propio Nietzsche, “es el «preludio de una filosofía del porvenir» y, por otra parte, «afirma las mismas cosas que Zaratustra, sólo que de otra manera» (...) entonces también Zaratustra es un preludio y, en efecto, Nietzsche lo definió como el «vestíbulo» de su filosofía. Pero ¿dónde se encuentra su filosofía?”. Nietzsche concibe el proyecto de exponer de forma sistemática y completa sus conclusiones en una obra para la que maneja los títulos de La voluntad de poder, primero, y Transvaloración de todos los valores, más tarde. Montinari expone ahora de manera extensa y detallada la evolución de dicho proyecto, tal como se desprende del estudio directo de los apuntes manuscritos de Nietzsche, en los que aparecen sucesivos esbozos.
La conclusión de Montinari es que Nietzsche acabaría abandonando este proyecto, y los contenidos planeados para el mismo acabarían conformando El crepúsculo de los ídolos, que constituiría un compendio de su filosofía (“un resumen (...) de todas mis heterodoxias filosóficas más esenciales”- pág. 148), El Anticristo, que Nietzsche vendría a considerar como su obra concluyente en el lugar al que antes estaba destinado el proyecto La voluntad de poder. Lo anterior significa que el texto póstumo que con el título La voluntad de poder publicaría Elisabeth Nietzsche (y que se ha continuado reeditando hasta la actualidad) con la pretensión de constituir la obra cumbre inacabada de Nietzsche no sólo sería apócrifo en su contenido (recopilación de fragmentos inéditos realizada al albur de la hermana) sino también en su concepto, pues ya antes de su muerte el propio Nietzsche habría dado por cerrado su proyecto si bien transformándolo en otras obras.
Por otro lado, esta parte es también interesante porque reproduce el proceso de trabajo de investigación filológica llevado a cabo por Montinari, mostrando así en qué ha consistido éste y su valor para un conocimiento veraz de la obra de Nietzsche.
Otros temas tocados en este capítulo son la idea de transvaloración de los valores, la cuestión del nihilismo y otras obras como La genealogía de la moral Ecce homo.

Un último capítulo -Nietzsche y las “consecuencias”- trata sobre la recepción de la obra de Nietzsche tras su muerte (hasta la primera mitad del siglo XX), especialmente en referencia a las malinterpretaciones (ya a su favor, ya en su contra) como consecuencia de la manipulación de su legado que realiza su hermana (según Montinari, el Nietzsche deformado dominó hasta bien entrado el siglo XX y fue el que adoptaron incluso autores de prestigio como Thomas Mann). Se enumeran diversas polémicas suscitadas en la época, así como a literatos y pensadores en los que se rastrea su influencia y, finalmente, se habla de su adopción por el nazismo.
        Es en este último capítulo donde Montinari expresa de manera más explícita la intención subyacente a todo el texto de deshacer habituales equívocos sobre Nietzsche y su pensamiento para defender una visión de los mismos alejada de manipulaciones y malinterpretaciones tanto intencionadas como involuntarias. En esa línea, podemos cerrar este comentario haciendo referencia a sus reflexiones sobre lo que podríamos calificar como la manera adecuada de leer a Nietzsche Tomarlo al pie de la letra genera las posturas opuestas pero ambas erróneas que se dieron entre sus contemporáneos y durante la primera mitad del siglo XX: odio ante un loco o veneración ante un mesías. Frente a ello, Montinari retoma una afirmación de Overbeck: “Nietzsche es la persona en cuya proximidad he podido respirar con mayor libertad”. Dice Montinari: “Quien, al leer a Nietzsche, no sienta que respira con libertad debe mantenerse lejos de él para no convertirse en una caricatura, para no acabar siendo un devoto de Nietzsche”, “Peligro de leer a Nietzsche con entusiasmo. Nietzsche lo exige, pero si uno no lo tiene, o más bien si uno no consigue tenerlo exactamente como lo tuvo él, entonces acaba falsificándose a sí mismo y también a él”, “(...) ha ocurrido muchas veces desde entonces y siempre con gran perjuicio para el pensamiento de Nietzsche, que se ha visto acomodado a las más absurdas exigencias de lectores inmediatos o pasivos, es decir, desatentos. Lo que hace falta es una lectura activa de Nietzsche, una lectura que admita como un hecho la pasión por Nietzsche pero también su superación. La pasión por Nietzsche no puede ser el objetivo de nuestra lectura, sino solamente el comienzo necesario”.


UNO DE LOS NUESTROS


Leí en una ocasión a un colega bloguero con más veteranía que quien suscribe que las entradas facilonas que presentan listas son las que mayor éxito encuentran entre el público, ante otras que las superan en enjundia y valor objetivo. No me gustó la forma en que lo expresaba, pues denotaba, desde una desagradable actitud de superioridad, cierto desprecio condescendiente hacia el criterio del lector, pero aún así me apunté la idea. Como nos importa un carajo la calidad de nuestro blog y lo único que queremos es fama, dinero y chicas (drogas gratis ya no, que estamos mayores y gastados), vamos a adoptar la idea. Así que aquí va una lista.

Está compuesta por personajes variopintos, pero todos con un nexo común: el escepticismo racional o científico. Dicho de otra manera: son de los nuestros. Necesitan evidencias, son conscientes de que la verdad está y sólo está supeditada a los hechos, no creen (en todo caso, o saben o no saben), se meriendan con sesgos cognitivos y falacias argumentativas y no pondrían la mano en el fuego ni por sus propias ideas (y mucho menos por ésas). Que nadie se moleste en pasar revista a la enumeración, porque van a ser, sin afán ninguno de exhaustividad, los que se nos ocurran en este momento; seguro que faltará más de uno. En cualquier caso, si no están todos los que son, sí son todos los que están. De algunos de ellos ya hemos hablado en entradas anteriores de nuestro blog (indaga, indaga) y de otros hablaremos con toda seguridad en entradas futuras. Para cada uno de ellos, enlazamos su perfil wikipédico pinchando sobre el nombre correspondiente. Sirva esto como homenaje a una serie de personajes admirados, como excusa para presumir de sobresalientes compañeros de viaje intelectual o como carta de navegación para quien se inicie en estas lides. Con todos ustedes, un menú de mentes lúcidas:
































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