jueves, 16 de junio de 2011

VOLTAIRE: "CÁNDIDO O EL OPTIMISMO"








Voltaire.
Cándido o el optimismo
(Candide ou l'optimiste).
Traducción de 
Leandro Fernández de Moratín.
Edición: Colección Los Libros de Sísifo, Edhasa, Barcelona, 2004.


Este texto de 1759 es una narración breve representativa de lo que daríamos en llamar "novela filosófica", género dentro del cual se encuadran muchas de las obras de Voltaire y que por lo tanto constituye un importante subconjunto de su producción, prolífica y variada. Hablamos de textos narrativos en los que a través de las andanzas, pensamientos y caracteres de los personajes se transmiten determinadas ideas sobre el mundo y la sociedad; por lo tanto, de carácter claramente didáctico y moralizante. Es de suponer que un medio que el autor, en su militancia ilustrada, consideraba adecuado como herramienta para educar a los hombres de su época.
       La estrategia utilizada por Voltaire en esta obra, como en otras de su autoría (por ejemplo, El ingenuo), es la de presentar un personaje con una marcada peculiaridad de carácter la cual supone que en él se encarnen una serie de ideas e, incluso, una determinada concepción de la existencia. La confrontación con el mundo de tal personaje y, a través de su figura, de lo que en él se encuentra representado, servirá al autor como recurso para presentar como motivo de reflexión tanto la idiosincrasia del protagonista como los hechos que se van sucediendo a su alrededor, lo cual servirá para poner en evidencia y criticar una serie de fenómenos de carácter moral y social.

Aquí, el personaje principal es Cándido, un joven residente en un castillo que debido a ciertas circunstancias es expulsado del mismo, con lo que comienza para él una serie de peripecias que le llevarán a través de distintos países, le harán trabar contacto con personajes diversos y le colocarán en muy diversas situaciones.
       La cosmovisión sometida a examen en esta obra es la que se caracteriza por el "optimismo" que aparece en su título. Cándido es discípulo de Pangloss, un filósofo que sigue las teorías de Leibniz (no siendo este personaje literario, en realidad, sino una caricatura del propio Leibniz), una concepción de la realidad dominada por el principio de razón suficiente y la convicción acerca de que vivimos en el mejor de los mundos posibles ("Enseñaba Pangloss la metafísica-teólogo-cosmólogo-nigología, y demostraba a maravilla que no hay efecto sin causa, y que en este mundo, el mejor de los mundos posibles, el castillo del señor barón era el más hermoso de todos los castillos, y su señora parienta la mejor de todas las baronesas posibles, habidas y por haber").
     La salida del entorno enclaustrado y protector del castillo supondrá para Cándido, como para el buda Gautama, un enfrentamiento forzoso con la realidad del mundo, de la que antes se encontraba aislado: las ideas que Pangloss le inculcara serán puestas a prueba al ser confrontadas con las múltiples desgracias a que será sometido y con los defectos morales de los seres humanos, que le habrán de llegar a parecer generalizados y esenciales a nuestra especie. Todo lo que le acontece a Cándido a lo largo de sus correrías no es más que una sucesión de desdichas en las que es engañado y maltratado por todos los individuos que encuentra en su camino, así como por el azar y la misma naturaleza (es víctima del famoso terremoto que en la realidad histórica se produjo en Lisboa en noviembre de 1755). Sus diversas experiencias acaban haciendo inaceptable para Cándido la idea de que éste es "el mejor de los mundo posibles", perdiendo progresivamente la ingenuidad y el optimismo inculcados por Pangloss y pertrechado con los cuales había comenzado sus andanzas.

Por tanto, en esta obra el oponente filosófico de Voltaire es Leibniz, cuyo optimismo cósmico es criticado a lo largo de toda la narración, y cuyas ideas, asumidas inicialmente por Cándido, serán finalmente abandonadas por éste en tanto absurdas y falsas, siendo la propia realidad la que se encargue de refutar esas teorías.
     Frente al racionalismo leibniziano, Voltaire se encuadra más bien en el empirismo, como nos dice Copleston en su Historia de la filosofía: "Voltaire ha recibido la mayoría de sus ideas filosóficas de autores como Bayle, Locke y Newton, y tuvo sin ninguna duda mucho éxito al presentarlas en escritos lúcidos y agudos, haciéndolas comprensibles para la sociedad francesa. Pero no fue un filósofo profundo. Aunque influido por Locke, no era un filósofo de la misma categoría (...)".
      El propio Voltaire recorrería un camino intelectual similar al de su personaje pues, inicialmente influido por Leibniz, sería el suceso desastroso del terremoto de Lisboa de 1755 lo que impondría a su atención el problema del mal en el mundo, llevándole a replantearse sus ideas sobre éste hasta un alejamiento de la perspectiva de Leibniz sobre la cuestión. El mismo acontecimiento del terremoto aparece en la novela y es vivido por su protagonista, el cual, como Voltaire, cambiará, a raíz de ello y de otras experiencias por las que va discurriendo a lo largo de sus peripecias, sus ideas sobre el mal en el mundo y la validez de la idea leibniziana de que nos encontramos en "el mejor de los mundos posibles".

A lo largo de la narración, Voltaire aprovechará las aventuras del protagonista para criticar, siempre de modo sarcástico y ligeramente humorístico, diversos estamentos y tipos sociales (clero, nobleza, ejército,...), así como la misma condición humana. Ni siquiera otros pensadores de la Ilustración se salvan de la quema: en un determinado momento de la historia, Cándido arriba a la tierra de los "indios orejones", cuyo primer y único impulso hacia el extraño es el afán de devorarlo. Frente al buen salvaje de Rousseau, ésta es la naturaleza humana en estado puro que nos presenta Voltaire. También la idiosincrasia de los franceses es objeto de dura crítica, en un capítulo que se dedica en exclusiva a esta cuestión.
      La filosofía y los filósofos son satirizados en la figura de Pangloss, terco en su defensa de unas ideas que son contradichas claramente por los hechos, exhibiendo un dogmatismo que desdice aquello que debería imponerse en el caso del filósofo: la búsqueda de la verdad a través de la crítica y la autocrítica ("Siempre sostendré la misma doctrina -respondió Pangloss-; porque al fin soy filósofo y no me debo retractar. Leibniz no pudo equivocarse, y por otra parte su armonía prestabilita, la privación del vacío y la materia sutil, son la más linda cosa que jamás inventaron los hombres.").
      Sin embargo, son quizás la religión y la Iglesia los objetos de crítica a los que Voltaire se aplica con más saña y frecuencia. Algo no extraño en un individuo profundamente anticlerical y anticristiano (aunque no ateo ni agnóstico, sino deísta) y que parecía haber escogido a aquéllas como sus principales enemigas.

A lo largo de la historia destaca, como punto culminante, la llegada de Cándido a la tierra de El Dorado. Se trata de un lugar idílico, pleno de riquezas materiales y bondades en sus habitantes, cuya excelencia destaca aún más por contraste con los horrores que Cándido ha tenido que experimentar en los lugares hasta ese momento visitados en su periplo. Esta parte del texto adopta la forma y el tono propios de la literatura utópica, y se podría considerar, a pesar de su brevedad, la contribución de Voltaire a este género a que tan proclives eran los autores de su época: en sólo dos capítulos, el autor describe los distintos aspectos de esa sociedad, con la intención crítica y moralizante que posee toda utopía.

En la conclusión de la historia, Cándido y sus amigos (o más bien lo que queda de ellos, tras el desgaste físico y emocional que les han supuesto sus desventuras) hallan la paz en el retiro campestre. Pero la felicidad que consiguen es una felicidad modesta, alejada de todo ideal, de todo romanticismo: la única felicidad, parece decirnos Voltaire, a la que realmente podemos aspirar y por tanto con la que hemos de conformarnos.
      En Los libros de los filósofos, de BRIA, LL. y otros (Ariel, 2004, 2ª ed.), la conclusión de la obra se expone de la siguiente manera: "Cándido se casa con Cunegunda a pesar de su fealdad, renunciando para siempre al ideal, a la utopía que había marcado su azarosa vida. La 'moral de la huerta' que preside la vida cotidiana en la alquería es la enseñanza suprema de Voltaire, que se plasma en tres aspectos: el fin de la utopía, el hallazgo de la tranquilidad y la redención por el trabajo. Atrás queda el mundo hostil y atribulado, que ha enseñado a Cándido la lección de la resignación, tal vez la renuncia a pensar y a soñar, para hallar la calma. La ironía de Voltaire ha pincelado un mundo al revés, que no era otro que el 'mejor de los mundos posibles' dibujado por Leibniz, donde todo ocurre en virtud de una razón suficiente y según la relación de causalidad, pero marcado por la siniestralidad de la naturaleza, por la ignominia de las instituciones sociales y políticas, por la maldad natural de los hombres. Todo es intolerancia, violencia e iniquidad: tan sólo queda el repliegue en la privacidad de la alquería, la renuncia social, si se quiere encontrar la calma que el mundo niega. Sólo queda la renuncia a los ideales utópicos para encontrarse de nuevo con el sentido simple de la vida; con la única felicidad posible, la de las cosas sencillas".
     Como se expresa perfectamente en la frase que cierra la narración, con la que Cándido responde con un aparente hastío y un claro espíritu de renuncia a un último intento por parte de Pangloss de interpretar filosóficamente todo lo que les ha acontecido: "Todo eso es muy bueno, pero lo que importa es no disertar, no argüir y cultivar la huerta".

Acabamos con unas palabras de Madame de Staël: "Sentía tanto Voltaire la influencia que los sistemas metafísicos ejercen sobre la opinión general, que para combatir a Leibniz compuso Candide. Tomó en animadversión las causas finales, el optimismo, el libre albedrío, en una palabra, todas las opiniones filosóficas que realzan la dignidad del hombre, e hizo Candide, una obra de infernal alegría".  

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