domingo, 27 de marzo de 2011

¿HAY QUE SER SIEMPRE TOLERANTE?



"Por lo tanto, debemos reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes." (Karl R. Popper)

Anticipemos la conclusión: no. La tolerancia consiste en la aceptación de aquello que no se comparte, sean ideas, creencias, actitudes o conductas. Es reconocer el derecho a la existencia de lo otro, lo diferente a lo propio; admitir la pluralidad, en definitiva. Esa pluralidad es altamente deseable, pues la uniformidad no puede llevar sino al anquilosamiento, por imposibilidad de esa contrastación entre distintas posiciones que es lo único que permite poner cada una de ellas a prueba para eliminar las incorrectas o, al menos, refinar las existentes en vías a una mayor aproximación hacia lo correcto. Por lo tanto, estamos a favor de la tolerancia de manera absoluta y sin la más mínima reserva. Pero, no a pesar de eso sino precisamente por eso, hemos de reconocer un límite a la tolerancia, y ello a fuer de no incurrir en una contradicción. Hay algo que no se debe tolerar (es decir, algo que no se debe aceptar de entre lo que no compartimos), y es, sencillamente, la intolerancia. Tolerar la intolerancia sería contradictorio en el caso de quien defiende la tolerancia, porque eso supondría admitir, en nombre de la tolerancia, el opuesto que la anula. Ello conduciría a la afirmación: "en tanto que estoy a favor de la tolerancia, acepto la intolerancia". Nadie que se reconozca partidario de la tolerancia puede tolerar la intolerancia sin el efecto de cancelar su propio posicionamiento. En consecuencia, no se debe tolerar ninguna idea, creencia, actitud o conducta que no se muestre dispuesta a aceptar aquello que no se comparte.

Sin embargo, es un recurso demagógico habitual de los intolerantes apelar precisamente a eso que ellos no practican. Exigen tolerancia con respecto a su propia postura y, de no encontrarla, acusan al contrario de traicionar lo que predica. Con ello, pretenden escudarse nada menos que en lo que rechazan, trasladando además la carga de la culpabilidad (de su propia culpabilidad) a la parte contraria, en lo que no es sino un espectacular alarde de victimismo. Se trata de una treta burda pero no por ello menos efectiva, como hemos podido comprobar en más una ocasión, pues siempre hay quien efectivamente cae en ella dejándose convencer.

Seamos absoluta y radicalmente intolerantes con la intolerancia, y ello sin el más mínimo remordimiento. Seamos consecuentes con nuestra defensa de la tolerancia atacando con todas las armas posibles a los intolerantes sin que nos arredre el hecho de que, al hacerlo, nos acusen de intolerantes. Viniendo de ellos, tal acusación es un halago.




8 comentarios:

inquieta76 dijo...

para que prevalezca la tolerancia misma, no se puede ser tolerante ante la intolerancia, de lo contrario la tolerancia dejaria de ser. Y eso no lo podemos tolerar.

Agustín Sanz Andreu dijo...

Eso mismo. Veo que he sabido explicarme.

Gracias por tu visita y por tu participación. Espero que sigamos viéndote por aquí.

Sarastro dijo...

Un fenómeno sociológigo que debería estudiarse en las escuelas es la ascensión de Hitler al poder, cómo un individuo así puede ganar unas elecciones y vérsele socialmente como alguien aceptable. Pero lo de Alemania viene de mucho antes, arranca del momento en que la socialdemocracia vota a favor los presupuestos de guerra en el Bundestag. Son dos ejemplos de tolerancia mal entendida. El célebre poema de Martin Niemöller -atribuido con frecuencia a Bertold Brecht- ilustra estupendamente esta situación.
El pacatismo, el buenrollismo, la aceptación de lo intolerable porque viene de gentes de distintas culturas, se ha convertido en normal de nuestra sociedad.
A veces los límites entre lo tolerable y lo que no lo es por intolerante son difusos, ahora bien, me dice la observación que cuando emitimos nuestros juicios morales de la manera en que se representa a la justicia, esto es, con los ojos tapados, sin saber quién es el candidato a intolerante (vamos, examen de doble ciego), casi siempre, casi todos, estaríamos de acuerdo.
El problema es llevar esto a la realidad. Nadie o casi nadie se atreve a hacer juicios morales con los ojos tapados, no vaya a ser que... No vaya a ser que proscribamos, como se tendría que haber proscrito a Hitler, a la mayor parte de las religiones -empezando por el catolicismo-; a aquellos que casan a sus hijas adolescentes -a las que se han preocupado de sacar bien pronto del colegio- mediante un rito que consiste en que unas viejas le metan un pañuelo en la vagina; a la totalidad de los alcaldes patrios que regulan (ilegalmente) dónde se puede y dónde no se puede tomar el sol en pelotas; a quienes abogan por encarcelar a quienes perpetran lo que para ellos ofende a su dios... vamos, que nos íbamos a quedar cuatro y el de la guitarra. ¡Pero yo defiendo que se haga, eh!

Isidro. dijo...

¿que hacemos entonces con lo intorelable?

Sarastro dijo...

Perseguirlo, Isidro. La mayoría de las preguntas tienen respuesta, lo que pasa es que aplicamos unos curiosos principios de "relativismo moral" (que diría Benito XVI). El código penal proscribe el racismo, por ejemplo, porque es una forma de intolerancia no tolerable. El otro día salía en prensa que un juez de Barcelona había mandado quemar el género de una librería nazi de esa ciudad (ojo, cuando veo libros arder, aunque sean esos, se me saltan las lágrimas) pero asumimos con naturalidad que se haga propaganda de literaturas que abogan por asesinar a adúlteros, homosexuales, paganos y ciudadanos normales que hacen cosas tan nefandas como afeitarse cuando no toca. ¿Es esto tolerable? Podríamos poner millones de ejemplos. Ah, el libro del que hablaba es la Biblia, pero hay muchos más.

Isidro dijo...

De momento habrá que empezar por no tolerar lo intolerable.
¿quién dictamina lo que es tolerable de lo que no y por tanto perseguible?.

No seré yo quien instigue a nadie a perseguir a una gitana por sus ancentrales prácticas de sábana virgo sangre.

En lo personal y cotidiano, sï hago sin embargo un ejercicio contínuo en el que establezco los límites de la tolerancia para que no sea consentimiento cobarde.
Si le damos a la tolerancia más campo del que le pertenece , el tolerante pasa a ser un permanente encabronado.
Habrá que aplicar la inteligencia, y no siempre a más inteligencia más tolerancia.
¿qué debe o no ser tolerado en justicia?
Lo que se tolera injustamente produce indignación y daño personal.

Si la capacidad de tolerancia varía de un sujeto a otro, ¿la justicia en la tolerancia debería de emanar del hecho en concreto o de un consenso?.

La gente está cansada de aguantar cosas. Y las prédicas sobre la tolerancia deben de sonarle a guasa al que le toque soportar un jefe cabrón o un vecino hijoputa y no pueda cambiarse de piso ni de trabajo. No hay que irse muy lejos...

...Y en un momento dado igual el perseguidor acaba por ser perseguido. Con estás cosas toda cautela es poca.

Anónimo dijo...

Cuando pienso en este asunto de la tolerancia-intolerancia me suele venir a la cabeza el eslogan de "tolerancia 0 al maltrato".
¿Se podría pensar que alguien de quien se pueda decir que es un maltratador (en general) es realmente un intolerante y de ahí la imposición de la intolerancia del resto hacia él, en tanto en cuanto siga siendo esa su actitud, con sus actos, palabras u omisión de unos u otras?

pepe pérez

Isidro. dijo...

Yo creo que sí se podría. (si es que he entendido bien la pregunta, que no estoy muy seguro).
Cuando se habla de maltratadores, yo siempre pienso en que el propio término ha perdido ya su verdadero sentido, pues casi automáticamente se identifica como tal al varón que pega y/o mata a una mujer.
Maltratar es tratar mal. Se puede tratar mal un asunto, un perro, un libro ...
Y se puede maltratar el lenguaje.
La primera vez que oí la expresión "de puta madre" sufrí una conmoción. A día de hoy ya la "tolero" y hasta la uso. Pero es fea.
Reconozco que soy una persona profundamente intolerante, "defecto" que noto se agrava con la edad.
No tolero la música alta, el ruido en general, la mala educación, los progres, los fachas, las camas con pizcos, la suciedad, la luz excesiva, la vanidad, las gracietas de los listillos... no me tolero ni a mí mismo.
Como no tengo los reaños necesarios para convertirme en un anacoreta, hago dos cosas:
1- Huyo como alma que lleva el diablo de todo lo que me molesta.
2- Aguanto con estoicismo aquello de lo no puedo huir.
Pero eso no es tolerancia. Eso es que no me quedan más huevos.

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