miércoles, 16 de febrero de 2011

LAS CUITAS DEL PROFE (¿1ª PARTE?)


Primer año de ejercicio (hace ya muuucho tiempo). Novato absoluto y la primera en la frente. Mientras imparto la clase, una alumna se encuentra permanentemente vuelta de espaldas hacia sus compañeros del pupitre de atrás. Sin dejar de hablar, me acerco a ella y, con un lápiz que llevo en la mano, le doy dos ligeros toques en el hombro para llamar su atención. Haciendo alarde de un perfecto dominio del ritmo dramático, la alumna se gira lentamente, alza su cabeza y fija sus ojos en los míos, deja transcurrir un par de segundos de suspense y me dice con el tono más desafiante posible y arrastrando las palabras: "¿Me has pegado?". Silencio glacial de los restantes veintinueve presentes en el aula, la mayoría de ellos seguramente dispuestos a testificar, por compañerismo y sentimiento de rechazo hacia la figura enemiga del profesor, que he utilizado el lápiz cual cachiporra paleolítica. Virginidad arrebatada.

Enfrentamiento verbal con un alumno, de esos arrogantes y retadores que tanto tenemos la desdicha de encontrarnos. Acaba espetándome con pretensión de argumento definitivo: "Tú a mí no me vas a decir lo que tengo que hacer, que mi móvil vale más que lo que tú ganas en un mes". Además de ser posible que la fanfarronada no estuviera demasiado alejada de la verdad, resulta muy indicativo del modo en que algunos cifran la valía personal en lo que se posee.

Enseñando (¿enseñando?) valores en el ámbito escolar, tal como nos marcan nuestros bienamados legisladores. Tarea inane, como ahora se verá. En concreto, hablando del necesario y justo reparto de las labores domésticas entre los miembros de la familia. El alumno pregunta: "¿Tú haces las cosas de tu casa?". Yo respondo: "Por supuesto". Él deduce y sentencia: "¡Pues qué maricón!". Será eso.

Sin previo aviso, el alumno se levanta de su asiento y extrae un objeto de la mochila que está colgada en el respaldo de su silla. Lo despliega y puedo contemplar en sus manos una navaja de las de expositor de tienda de souvenirs albaceteña, no menos de veinte centímetros de brillante hoja (no, no podría aducir que la lleva tan sólo para pelar la naranja del almuerzo). Da unos pasos hacia donde yo me encuentro, exhibiendo en su cara una enigmática expresión cuyo significado intento procesar lo más rápidamente posible para decidir cuál ha de ser la reacción apropiada por mi parte. No me da tiempo. Sin haber pronunciado una sola palabra en ningún momento, vuelve a sentarse y enfunda el sable mientras todos sus compañeros celebran su ocurrencia con risas y expresiones estentóreas cuyo sentido, en esos momentos en que mi organismo se encuentra dedicado exclusivamente a conseguir que mi sangre vuelva a fluir con normalidad, soy incapaz de captar.

A principio de curso, recién llegado a un nuevo centro. En los pasillos, un alumno me indica de manera discreta que me dirija con él a un aparte. Me ofrece "protección" por una tarifa asequible. Sospecho que lo dice en serio.

A mitad de una clase, la puerta se abre de golpe y dos individuos se abalanzan en el interior del aula, se dirigen hacia uno de los alumnos que se encuentran sentados ante mí y mientras uno le sujeta el otro le suelta una hostia (se me ocurren formas más literarias de expresarlo, pero ninguna tan gráfica y fiel a la realidad). Sin solución de continuidad, salen de nuevo como una ráfaga. La operación, según todos los indicios planificada al detalle con anterioridad, ha durado apenas unos segundos. Ni siquiera he podido apreciar si se trataba de alumnos del centro.

Sin venir a cuento en función del desarrollo de la situación, disparo a quemarropa de un alumno: "¿Y tú a tu mujer cómo te la follas?".

Acabo de transponer la puerta del aula. Con un pánico que me paraliza, observo como, en medio del caos que se genera en los intervalos entre clase y clase en ausencia de profesor (tierra/tiempo de nadie y del todo vale), un alumno sujeta a otro por las piernas manteniéndole con medio cuerpo fuera de la ventana de un tercer piso mientras, entre risas, vocea "¡te tiro, te tiro!". Por fortuna, todo era un juego (¿¿¿???).

Sentado a la mesa del profesor, concentrado en la tarea de explicar a los chavales alguna de esas cosas que no les interesan en absoluto (seguramente con razón). Súbitamente, el sonido de un fuerte impacto contra el cristal de la ventana que hay a escasos centímetros junto a mí. Me levanto de un salto a tiempo de ver un gran revuelo tras la ventana de enfrente, correspondiente al aula de otro de los grupos a los que imparto clase. Examino el cristal y compruebo que muestra una huella de lo que sólo puede haber sido una piedra u otro objeto de dureza similar. Cual Grissom de pacotilla, realizo un análisis de la situación espacial para concluir que, de no haber estado cerrada la ventana, el proyectil hubiera encontrado mi sien como objetivo indefectible. Felicidades por la excelente puntería.

Decido expulsar a un alumno del aula, cosa que muy raramente he hecho. Abro y espero a que salga. Parece que se presta dócilmente pero, cuando se encuentra al otro lado, sujeta la puerta para impedirme volver a cerrarla; sin pensarlo, por mero reflejo, forcejeo (gran error por mi parte). Cuando parece que ya ha cejado en su intento, pues dejo de sentir resistencia en contra, empuja la puerta para lanzarla contra mí con todo el ímpetu de que es capaz. Corte en el antebrazo. Herida de guerra.

"¿Para qué queréis que estudiemos, si mi primo el que pasa droga va por ahí con un cochazo y una pava que te cagas y no acabó la ESO?". ¿Pues no tendrá razón, después de todo?

Otras cosas que he oído en boca de algunos de mis alumnos: "¡Qué cortas se me hacen tus clases!", "No lo había entendido nunca hasta que me lo has explicado tú", "Recomiéndame para este verano algún libro de esos de los que nos has hablado", "Ojalá sigas aquí el próximo curso". Gracias por ayudarme a olvidar todo lo anterior.


No, no soy yo, pero... cómo mola tu pistola.


9 comentarios:

Sarastro dijo...

No sabía que en los reformatorios se daba clase de Filosofía. Porque tú das clase de Filosofía, ¿verdad?, y trabajas en un reformatorio, ¿verdad?

Agustín Sanz Andreu dijo...

Ojalá. En los reformatorios se está mucho más seguro que en los centros "normales"; al menos dispones del respaldo de los funcionarios del lugar.

Sarastro dijo...

Propongo reflexionar en algún momento sobre el siguiente tema (es sólo un tema): la Transición en España, la Memoria Histórica y el sistema educativo. Tengo alguna teoría sobre el asunto pero aún cogida con hilvanes aunque,vamos, básicamente se trata de analizar qué cosas aceptaron los "progres" (y la izquierda arrastrada por estos) y, a cambio,qué cosas aceptó la sociedad.

Agustín Sanz Andreu dijo...

Pues cuando tengas esa teoría bien rematada, ya sabes dónde se recibirá con interés.

Isidro dijo...

Entrañable docencia...

del reventado de tímpano marista al como te descuides te pillo la mano con la puerta.

Isidro dijo...

Es tremendo esto que que cuenta el profesor agustín.
¿A quién se le ocurre, ante una clara incorreccción de comportamiento de un alumno, tal ausencia de autoridad y respeto?

¿Donde quedó el sentido común (que no ya pedagógico) de decir: Señorita X , haga usted el favor de sentarse correctamente, y guardar el respeto que le debe a sus compañeros y a mí?

No me gusta teorizar. Verdaderamente la propuesta de reflexión de Sarastro es digna de tener en cuenta (son ingredientes de un mismo gazpacho) , pero no veo la relación exacta entre lo que "aceptaron los progres" y lo que "aceptó la sociedad". En todo caso la pregunta sería: ¿a qué renunció la sociedad?.

Agustín Sanz Andreu dijo...

Isidro, humildemente considero que no existe tal falta de sentido común (ni pedagógico). Y, en todo caso, de haberla, difícilmente se podría deducir de lo que aquí se narra. Porque, si te fijas, ninguna de las historias incluye el "qué pasó después" (que sería la parte en la que quedaría reflejada la ausencia o presencia de esas cosas que mencionas). No era eso lo que le interesaba contar al autor. El artículo tiene un sentido e intención muy concretos y pretende reflejar nada más que lo que refleja; no le busquemos tres pies al gato ni queramos hilar tan fino. Pero, bueno, que cada cual entienda lo que le apetezca entender.

Isidro dijo...

Mea culpa. Los toros, se ven muy fáci desde la barrera.
Pero este gato no tiene tres piés, tiene más de cuatro.
Mis hijos estudiaron en un centro público pequeño, con una ratio excelente (claro, no había más que chinos, moritos, gitanos, y algún que otro payo hijo de españoles tan locos como para pensar que aquello podría ser enriquecedor), en el que había una curiosa variedad de profesorado. La mayoría eran maestras de mucha edad, que habían conseguido su plaza definitiva allí tras, supongo , largos años de peregrinaje por pueblos y barriadas.

Recuerdo un jefe de estudios simplón y una asociación de padres tan lerda como ineficaz.

Un día , no recuerdo ya con qué motivo, fui a hablar con el susodicho señor jefe de estudios para intentar entender como ciertos comportamientos eran tolerados. El buen hombre (que ya ha conseguido por fín ser director) me dijo: "mire usted, las cosas están de tal modo que si yo expulso a un alumno de clase y ese alumno estando en el pasillo se cae y se rompe una pierna yo me busco una ruina". Confieso que no pude responder a tamaña imbecilidad. Me callé como una puta, me dí media vuelta y me fuí ( uno también es muchas veces muy lento de reflejos).
Como contrapeso , recuerdo a una maestra finísima e impecable que se tomaba tan en serio su trabajo que si algún niño faltaba a clase más de dos días sin justificación , tenía los santos cojones de presentarse en su casa a ver qué pasaba, con todo su golpe de trajes de chanel a los que jamás renunciaba.

Mi mujer no trabajó nunca fuera de casa, y creo que gracias a ella, a su santísima paciencia, sus largos relatos su impagable ejemplo y buen hacer, mis hijos son hoy lo que son. Tengo que decir también que en cuanto el menor cumplíó los 18 años, mi mujer me dejó. E hizo bien. Yo era un imbécil (y lo sigo siendo) más preocupado en colaborar con el ministerio de sanidad (sin cobrar un duro)y asistir a congresos que en currarme la realidad de mi propia familia.

En fin.

Como esto ya no va careciendo de sentido, terminaré declarando mi admiración por un antiguo compañero de clase, que estudió filosofía y se hizo profesor de instituto.
Estuvo trabajando dos o tres años años hasta que entró en una gravísima depresión que lo postró en cama más de dos años con el convencimiento de que aquello jamás se le pasaría. Con 27 años lo jubilaron . Al tiempo y tras salir de tan tremenda enfermedad, renunció a su paga jubilatoria , estudió otra carrera, sacó el número 1 en otra oposición y hoy en día trabaja en un sitio más tranquilo, sin barullos, pasando anualmente su personal ITV, y todo lo feliz que le es posible.

Como tu bien dices , que cada cual entienda lo que le apetezca entender. (o lo que pueda o lo que sepa, que el entendimiento no siempre es inocente.)

Agustín Sanz Andreu dijo...

Un comentario interesantísimo, Isidro.

He de aclarar que en ningún momento he pretendido dar a entender que todo lo que suceda en las aulas sea como lo que aquí cuento. De ahí el añadido del último párrafo del artículo.Tampoco era mi objetivo ofrecer un ensayo sobre el actual estado del sistema educativo, sino tan sólo retratar de modo literario una serie de impresiones y experiencias personales. Por eso decía lo de no buscarle tres pies al gato (en cuanto al texto, no en cuanto al problema del que se habla en él). Pero lo cierto es que esas cosas sí suceden (crea cada uno lo que crea, ninguna de las historias está adornada en lo más mínimo; son absolutamente verídicas). Y es un problema muy grave. Si nos ponemos a hablar de posibles causas y soluciones, no acabaríamos jamás. Sólo quisiera aprovechar para añadir una puntualización: indudablemente parte de la culpa es del profesorado. Como detesto el corporativismo, no me importa afirmar que entre los responsables directos de la actividad docente (no me refiero a legisladores ni pedagogos, sino a quien está a pie de aula), existe en ocasiones tanta incompetencia como desidia. Aunque también es de justicia reconocer que esa desidia, en ocasiones, es perfectamente comprensible (que no justificable); este es un oficio que desgasta, y mucho, ya que se trata de una ocupación con un grado altísimo de implicación personal. Y, además, cada vez menos comprendido, respetado y valorado socialmente (ya sé que esto es un tópico, pero a la vez responde a la verdad). Por otro lado, personalmente me considero un privilegiado por trabajar en lo que trabajo, me quejo tan sólo de lo que toca quejarse y detesto ese victimismo que practican muchos de mis compañeros, a los que me gustaría ver trabajando en otras cosas para que aprendieran a apreciar lo que tienen. Ese jefe de estudios del que hablas era, efectivamente, un imbécil, como tantos que me he encontrado a lo largo de mi carrera laboral.

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