miércoles, 14 de julio de 2010

DI TROCCHIO: "LAS MENTIRAS DE LA CIENCIA"







Federico Di Trocchio.
Las mentiras de la ciencia. ¿Por qué y cómo nos engañan los científicos?
(Le bugie della scienza. Perché e come gli scienziati imbrogliano).
Traducción de Constanza V. Meyer.
Año de publicación: 1993.
Edición: Alianza Editorial, Madrid, 2003 (2ª ed., 2ª reimpresión).
469 págs.


El autor es profesor de Historia de la Ciencia en la Universidad de Roma "La Sapienza", secretario de la Società Italiana di Storia della Scienza y miembro de la Académie Internationale d’Histoire des Sciences. También ha ejercido como redactor del semanal L’Espresso.
    Di Trocchio se ocupa fundamentalmente de los problemas estructurales de la actividad científica, y es autor de varios libros de carácter divulgativo alrededor de dicha temática, de los cuales el que nos ocupa es un buen ejemplo.

El tema del libro es el del fraude en la investigación científica (se refiere a áreas como biología, física, química, psicología, paleontología,...) entendido como falseamiento de resultados de investigaciones, apropiación del trabajo de otros, irregularidades intencionadas en los procedimientos de experimentación,...

Para desarrollar este tema, el texto se divide en dos tipos de contenidos que se van exponiendo de manera intercalada:
    Un análisis del fenómeno en cuanto a sus mecanismos, motivaciones y otros aspectos (prefacio y capítulos III y IX).
    La narración de casos de fraude acaecidos en distintos momentos de la historia de la ciencia, muchos de ellos llevados a cabo por científicos prestigiosos y de valía (incluidos algunos que forman parte de la historia de la ciencia o premios Nobel). Este recuento sirve para ilustrar y apoyar las tesis que el autor expone en su análisis del fenómeno (capítulos I, II y IV a VIII).

Di Trocchio distingue dos tipos de fraude científico en función de sus móviles y consecuencias: los llevados a cabo bienintencionadamente con el fin de defender una idea de la que el científico se encuentra sinceramente convencido, y los motivados por intereses personales extracientíficos (beneficio económico, búsqueda de prestigio o posición profesional, etc.).
    Los primeros, ejemplificados en casos como los de Galileo, Newton, Freud o Mendel, son defendidos por Di Trocchio como engaños positivos e incluso necesarios, en tanto que se realizan en interés de la ciencia y por exigencias de la propia naturaleza de la investigación científica. Así, sirven como recurso para salvar ideas válidas que hubieran sido rechazadas si los investigadores se hubieran limitado a utilizar los medios considerados legítimos (debido, por ejemplo, a las deficiencias de los aparatos teóricos de cálculo o de los instrumentos de medición o experimentación disponibles en el momento). Esta postura del autor al respecto de este tipo de engaño se inscribe en un planteamiento teórico que incluye referencias tanto al falsacionismo popperiano como al anarquismo epistemológico de Feyerabend (el cual se expone ampliamente en el capítulo IX).
    En el caso de los fraudes incluidos en la segunda categoría de las arriba enumeradas, son rechazables, según Di Trocchio, porque responden a intereses espurios: con ellos no se busca beneficiar a la ciencia, como en el caso de los del tipo anterior, sino al propio científico de manera personal. Son engaños que, a diferencia de los primeros, no traen consigo ninguna aportación al avance de la ciencia ni conllevan utilidad práctica de tipo técnico alguna. Para explicar por qué y cómo se producen, Di Trocchio expone (capítulo III) la evolución de la actividad científica a lo largo de la historia, comparando su situación y condiciones actuales, nacidas en Estados Unidos y luego extendidas al resto del mundo occidental a partir de mediados del siglo XX, con las propias de etapas anteriores de la historia de la ciencia. Mientras hasta ese momento el científico trabajaba en unas circunstancias puramente vocacionales que hacían que su única motivación fuera la sincera búsqueda de la verdad, la profesionalización plena y masiva de la investigación científica y el contexto académico y empresarial en que se inscribe en la contemporaneidad, que conllevan una total dependencia de esta labor en relación con los poderes político y económico, incita a estos fraudes (muy frecuentes, según el autor) así como provoca la complicidad con ellos del estamento científico oficial, tanto por corporativismo como para evitar el desmontaje del aparato económico y social que rodea a la investigación científica.

“(...) en la época en que investigadores y científicos no competían a fin de obtener financiaciones y ascensos en su carrera cometían engaños, cuando lo hacían, sólo en nombre y en función de una idea en la que creían firmemente. Sus engaños parecen fraudes nobles, aunque sean siempre fraudes. Esto permite evaluar la distancia que separa a los científicos del siglo XIX de los de nuestros días y comprender la diferencia entre un científico de vocación y otro de profesión. El primero está dispuesto a arriesgar su propia carrera y su honor por una idea, el segundo está dispuesto a sacrificar las propias ideas por la carrera.” (págs. 335-336)

Otros puntos de interés tratados por el autor son los siguientes:
    Sobre los recursos técnicos y burocráticos utilizados para llevar a cabo el fraude en la ciencia desde la segunda mitad del siglo XX.
    Sobre la destrucción de la imagen romántica de la figura del científico (“objetivo, altruista (...) esclavo del deseo de conocer”) a través de la denuncia de su ambición, competitividad y falta de escrúpulos a la hora de llevar adelante su trabajo. Este punto toma como base lo narrado por James Watson en su obra La doble helice (1968), donde revela las turbias vicisitudes que rodearon el descubrimiento de la estructura del ADN por el que obtuvo el Nobel, confesión que causó gran escándalo en el momento de la publicación de la susodicha obra.
    Sobre la situación de crisis estructural en que está sumido el sistema científico occidental y la transferencia de la actividad científica a los países en vías de desarrollo como posible solución a tal problema. Al hilo de esto, se argumenta contra la común idea etnocéntrica de que la ciencia y la tecnología son productos culturales genuinamente occidentales.

Entre los más destacados casos de fraude narrados en el libro, entre muchos otros, encontramos los siguientes:

--El plagio de las observaciones astronómicas de Hiparco de Nicea llevado a cabo por Claudio Ptolomeo.
--Los experimentos de dinámica fingidos por Galileo.
    Este caso resulta especialmente llamativo, teniendo en cuenta que hablamos del introductor del método experimental, el cual plantea unas exigencias metodológicas que el mismo Galileo incumpliría (“Galileo sostenía que no era realmente importante llevarlos a cabo [los experimentos]”, “«Es inútil hacer el experimento, si os lo digo yo debéis creerme». Es evidente que este proceder no se corresponde en absoluto con la idea del método experimental que nos han enseñado en el colegio y mucho menos con el ideal de disciplina ética y metodológica del científico”).
--El falseamiento de cálculos matemáticos en que incurrió Newton con el objeto de ajustar sus leyes (incluida la de la gravitación) a los fenómenos.
--El intento del Nobel Gallo de robar el descubrimiento del VIH.
--El fenómeno de la fusión fría, que aun sin haberse conseguido probar experimentalmente es afirmado por un sector del mundo científico.
--La invención por parte de Mendel de resultados experimentales para respaldar sus leyes de la genética.
--Freud y su falseamiento de casos clínicos.
--El “descubrimiento” de los inexistentes rayos N
--Los falsos fósiles del hombre de Piltdown.
--Un caso reciente producido en nuestro propio país: el descubrimiento de pinturas rupestres en la cueva de Zubialde (Álava) por el estudiante de historia antigua Serafín Ruíz.
    Caso abierto en el momento de redacción del libro (que es de 1993, habiendo acontecido el supuesto hallazgo en el 90), Di Trocchio expresa sus sospechas de que se trata de un fraude. Efectivamente, así se descubriría posteriormente: las pinturas habrían sido realizadas por el propio Ruíz. Además de los indicios en esa dirección que apunta Di Trocchio, la prueba definitiva de ello sería el descubrimiento de unos restos de estropajo doméstico adheridos a las pinturas.

Como conclusión, se trata de un relato curioso y muy bien documentado que recoge un aspecto del mundo científico escasamente tratado, lo cual otorga a esta obra un valor añadido. Además de descubrirnos datos habitualmente poco o nada aireados sobre algunos de los más relevantes científicos, lo aquí expuesto incita a numerosas reflexiones sobre el trasfondo de la tarea de la investigación científica, al tiempo que nos alerta sobre la necesidad de mantener una permanente actitud crítica, incluso hacia aquellas áreas de conocimiento y disciplinas inicialmente menos susceptibles de sospecha.


viernes, 9 de julio de 2010

HIJO DE PUTA



El político argentino Luis D'Elía ha propuesto que el 2 de agosto, fecha de nacimiento de Videla, autor del golpe de estado que dio lugar a la dictadura a que estuvo sometido su país entre finales de los 70 y comienzos de los 80, sea declarado oficialmente "Día del hijo de puta". A nosotros nos parece una idea excelente e incluso abogamos por importarla, aunque trasladando la fecha al 4 de diciembre para así adaptarla a la idiosincrasia española.

Sin embargo, no todo el mundo considera afortunada esta propuesta. En la sección de opinión del diario Público del 8 de julio, el o la firmante Casandra (que suponemos pseudónimo) argumentaba: "Pero, ¿qué tienen que ver las putas en todo esto? ¿Qué daño han hecho? Señor D'Elia: le aseguro que hay calificativos más precisos para definir a Videla. Busque sinónimos de "malo" en el diccionario Corripio y se llevará sorpresas".

No teníamos el Corripio a mano, pero hemos recurrido a otros diccionarios de sinónimos y hemos encontrado cosas tales como: malvado, pérfido, sabandija, canalla, pillo, taimado, bellaco, bribón, depravado, ladino, execrable o réprobo.

Pero vamos a ver, Casandra, alma de cántaro, ¿cómo puedes pretender que, a la hora de calificar a un hijo de puta, sea lo mismo llamarle "taimado" o "réprobo" que aquello que realmente es, es decir, un hijo de puta? Un dictador, cualquier dictador, jamás puede ser pérfido o bellaco, sólo puede ser un hijo de puta. "¡Oh, ese bribón fusiló a toda mi familia y me obligó al exilio durante cuarenta años destrozando mi vida! ¡Qué ladino!"... no jodas, Casandra. ¿Cómo pueden ser Videla, Hitler, Mussolini, Franco, Stalin, Kim Jong-Il, Marcos, Pinochet, Trujillo, Pol Pot o Castro unos pillos? ¡Son unos hijos de puta! Hijos de puta enteros y verdaderos, hijos de puta de manual, de una hijoputez sólida y contundente, de una hijoputez sin tacha ni mácula, el cúlmen del hijoputismo (y mira que hay hijoputismo entre los hijos de puta).

La fiebre eufemística que padecen los abanderados del lenguaje políticamente correcto siempre nos ha resultado tremendamente irritante. Dejando aparte la hipocresía que a menudo tiene tras de sí, al menos supone ignorar u olvidar tres cosas: las palabras no sólo denotan sino que también connotan, el contenido semántico de un término se ve modificado por los usos sociales y, finalmente, buena parte de la carga significativa del lenguaje viene dada por condiciones como quién es el emisor o la intención que éste manifiesta.

"Hijo de puta", esa expresión que adorna nuestra riquísima lengua, no tiene sustituto posible, pues ningún otro término puede asumir sus magníficas posibilidades expresivas (jamás se logró decir tanto con tan escaso número de palabras), y si pretendemos un calificativo "preciso" para definir a Videla y a los de su calaña ha de ser precisamente éste y no otro. 
    También nosotros suponemos que las putas, al menos en general, no son responsables de los actos de Videla, pero dudamos mucho que dar a entender tal cosa sea la intención de D'Elía. Ni la nuestra, cuando utilizamos tal expresión. Desconocemos en qué consideración tiene D'Elía a estas profesionales, pero en lo que se refiere a este ágora el oficio de puta (o meretriz si lo prefieres, Casandra) es algo enormemente respetado, una esforzada y meritoria ocupación que siempre nos parecerá infinitamente más digna que las de banquero, obispo o miembro del Congreso de los Diputados. Nos atrevemos a afirmar que, al menos en la mayoría de los casos si no incluso en todos, en absoluto se pretende que la hijoputez del hijo de puta se derive de la puta en sí misma. Indudablemente, el origen del sentido ofensivo de la expresión hubo de residir en la convicción de que descender de una puta debía ser considerado algo innoble y vergonzoso, pero es muy dudoso que, hoy por hoy, la mayoría de los que tachan de hijos de puta a los hijos de puta lo hagan pensando en su madre. De hecho, para eludir tal entuerto, la sabiduría popular también ha acuñado la expresión "Tu madre será una santa, pero tú eres un hijo de puta", completando y corrigiendo así el original. Un hijo de puta, para mí y para la inmensa mayoría, no lo es debido a su progenitora sino por méritos propios, principalmente el de ser un hijo de puta. 

Es más, en cuántas ocasiones la expresión "hijo de puta", con determinada entonación, viniendo de la persona apropiada y en un contexto cómplice no sólo no resulta insultante sino que incluso es halagadora y/o fraternal. No sé a ti, pero a mí me pasa: como a alguien se le ocurra decirme "hijo de puta" le parto la boca pero si, por el contrario, lo que me dice es "hijo de puta" ya sé con quién me tengo que ir de cañas.

Tomemos otro caso. Supongamos que me encuentro disfrutando de la filmación de una actuación en vivo de James Brown (que también, por cierto, era bastante hijo de puta) interpretando su Sex machine. Un James Brown electrizado y electrizante, histérico y explosivo, que exuda energía por cada uno de sus poros. ¿Tú crees, Casandra, que ante semejante espectáculo se me puede ocurrir pensar que estoy viendo a "una persona de color" (desde mi perspectiva de individuo incoloro, supongo)? ¡Pues no! ¡Lo que estoy viendo es un pedazo de negraco! Y no puede ni debe ser de otra manera. Eso es un negro como la copa de un pino (y bien que él mismo lo afirmaba en otra de sus canciones más celebres: "say it loud i'm black and i'm proud"... sí señor, con dos cojones, y bien negros).
 
Ya está bien de tanta gazmoñería, Casandra. Huyamos de los eufemismos y llamemos a las cosas por su nombre: un negro es un negro, y un hijo de puta, como por ejemplo el que pretende agredir verbalmente a un negro llamándole "negro", es un hijo de puta.


miércoles, 7 de julio de 2010

LA INMORTALIDAD POR 7.000 EURACOS (¡UNA GANGA, OIGA, ME LO QUITAN DE LAS MANOS!)







El ser humano es una especie muy peculiar, quizás la más extraña de todas las que habitan el planeta. Entre sus muchos y extravagantes rasgos diferenciales se encuentra el de tener conciencia de la finitud de su existencia. El homo sapiens tiene conocimiento de que en algún momento morirá.
    Ese conocimiento conlleva, en la gran mayoría de los individuos, un miedo que ha supuesto desde siempre una gran oportunidad de negocio para algunos. Pensemos por ejemplo en las religiones, todas las cuales, sin excepción, nos venden (en algunos casos literalmente) la promesa de sobrevivirnos de algún modo más allá de nuestra existencia terrenal. Para quien no encuentra suficiente consuelo en la idea de seguir viviendo en "otro mundo", debido a que no sólo no quiere dejar de existir sino que además tampoco desea dejar de hacerlo carnalmente (indudablemente, tendrías que prescindir de muchas de esas cosas que tanto te gustan... golfo), o, sencillamente, para quien razonablemente no cree en esa posibilidad, se viene ofertando otra solución de carácter no sobrenatural sino científico: la crionización. 

Resumamos en qué consiste: recién fenecido se te congela (no es tan simple, pero permítasenos expresarlo así, para entendernos y por abreviar) y se te almacena durante el tiempo que sea necesario, previsiblemente siglos, a la espera del momento en que la medicina haya logrado los avances que permitan revertir de un modo u otro el proceso de la muerte. A día de hoy, la ley no permite criopreservar a una persona si no está clínicamente muerta. 

Bien, quien ya nos conozca supondrá que si estamos contando todo esto es para acabar poniendo alguna pega (desde luego, somos la leche). ¿Dónde vemos el problema? Para empezar, existe amplio desacuerdo entre los especialistas acerca de las posibilidades de la crionización. Una cierta cantidad de científicos respalda sus fundamentos científicos (véase el listado elaborado por el Immortality Institute... pasada de nombre), pero la mayoría sostiene lo contrario: no sólo existen evidencias de que someter a un organismo a un estado tal provoca en él unos daños irreparables, sino que además jamás se ha experimentado con la reversión del proceso, es decir, la descongelación. Que hoy por hoy se sepa, lo único que es posible recuperar tras un proceso de criopreservación son células, tejidos y mierdas así. Los defensores de la criónica aducen que, puesto que se desconoce lo que nos pueda deparar el futuro, ¿quién nos asegura que aunque actualmente se puedan presentar ciertos problemas, éstos no puedan ser solventados más adelante? Por ejemplo, que aún admitiendo que el organismo quede tremendamente dañado de un modo que hoy lo haría irrecuperable, algún día la medicina sea capaz de reparar tal tipo de daños. Nadie, ni partidarios ni detractores, lo saben ni pueden saberlo. Pero, en cualquier caso, se podría decir que no pierdes nada. Si nunca es posible recuperarte en condiciones, de todas maneras te quedas igual que si no te hubieras prestado a ser introducido en la supernevera: muertito para toda la vida; y si por una de aquéllas sí es posible, pues eso que sales ganando. Total, por intentarlo... se dirán muchos.

No obstante, a menudo se alegan otras objeciones, que se derivan no de la posible inviabilidad de la recuperación sino, al contrario, de la posibilidad de que ello realmente suceda alguna vez. Por ejemplo, lo traumático que resultaría para un individuo volver a la vida en un futuro tal vez cientos de años alejado de su mundo original. Obviamente, ya no existiría ninguna de las personas que conociste (esto no vemos que sea un gran problema, teniendo en cuenta que uno no suele estar rodeado más que de indeseables), pero además puede darse el caso de que el modo de vida, las costumbres, los valores, la cosmovisión de la humanidad en ese momento sean tales que jamás pudieras adaptarte a ello o que incluso no desearas hacerlo. 
    A mí personalmente se me ocurren otros posibles inconvenientes que harían más deseable que uno se quedara palito de cangrejo ad aeternum. Cuando mueres, te meten en la cámara a ver pasar los siglos y, a partir de ese momento, quieras que no, estás a plena disposición de tus custodios. Sí, la empresa de ultracongelados a la que te confíes firma un contrato por el que se compromete legalmente a cumplir ciertas condiciones con las que tú, aún vivo y en plenitud de facultades, te has mostrado conforme. ¿Pero quién te dice a ti de qué manera va a modificarse la legislación en un futuro, que ese contrato se siga considerando válido dentro de, pongamos, 300 años, que ni siquiera siga existiendo la entrañable figura del notario...? Si me resucitan, ¿quién me garantiza que no sea en unas condiciones o para unos fines tales que hubiera preferido seguir muerto? No, no voy a especular con las posibilidades, que me da pereza; lo dejo a la tortuosa imaginación de cada cual.


Un crionizado famoso: la estrella del béisbol Ted Williams.


Otro crionizado famoso (éste ya sabes quién es).


Por supuesto, todo esto requiere de unos medios técnicos y humanos no precisamente baratos, con lo que el desembolso necesario para obtener este servicio es considerable. Pero, gracias al principio de competitividad del mercado (bendito sea), existe una oferta mucho más económica. Y ello debido a que al parecer no es necesario crionizarte de cuerpo entero; basta con conservar tu cerebro (aunque se guarda la cabeza completa, digo yo que por si acaso el envase es retornable). Se aduce que lo realmente imprescindible para tu vuelta a la vida no es el conjunto de tu físico, que después de todo seguro que está hecho un asco, sino tan sólo ese órgano. Al fin y al cabo, por lo que sabemos ahí es donde estás, ¿no? Ahí residen tu conciencia, tus recuerdos, tu identidad personal, en definitiva tu yo. Por ello, compañías como la estadounidense Alcor Life Extension Foundation (que, por cierto, te ofrece la posibilidad de criopreservarte junto a tu mascota, para que no te sientas solo) o la rusa Kriorus incluyen en su catálogo la opción de congelarte solamente de cuello para arriba. Ya sólo queda esperar a la tecnología necesaria para reactivar el cerebro y entonces... ¿qué? Porque supongo que no pretenderán que la cabeza vivita y coleando pase los restos metida en un tarro (no jodas, Matt Groening)... Quizás se espere poder extraer de algún modo la información ahí almacenada e implantarla donde se considere conveniente: ¿otro cerebro previamente vacío de contenidos (de estos hay muchos), algún ingenio como el equivalente futuro de un iPhone...? O también, más sencillo (¿?), trasplantar tu cerebro a otro cuerpo, que suponemos que la empresa prometerá sano, joven y atractivo (vamos, yo no pago para que me metan en cualquier piltrafa como yo). Fuese lo que fuese, se podría decir con toda propiedad que seguirías siendo tú. También hablan algunos (va en serio, no me lo invento) de la posibilidad de que la ciencia domine algún día mecanismos que permitan la regeneración de tu propio cuerpo a partir de la cabeza, en plan cola de lagartija, pero esto de que vaya saliendo poco a poco el cuerpecillo a mí me suena truculento de cojones, sobre todo si mi cabeza, o sea yo, tiene que ser testigo del proceso.


Algunos piensan que no es ésta precisamente la parte de ella que merecía la pena conservar.


Para que no tengas que molestarte en pedir presupuesto (que si no te aclaras con el fontanero de tu barrio, no veas con un criobiólogo ruso), ya te cuento yo que la cosa se te queda en unos 7.000 euros (congelarte de cuerpo presente... eeeh, quiero decir completo, ya te sube a unos 25.000), suponemos que mano de obra, desplazamientos y carajillos del descanso incluidos. La verdad es que no está nada mal, incluso demasiado barato me parece a mí... no sé, no sé.

Para concluir, he de decir que, durante el proceso de documentación para la redacción de este artículo (previamente no sabía apenas nada sobre este asunto; mira si soy chulo), he podido comprobar que el tema es tan complejo como apasionante, y que al respecto existe un amplísimo debate científico, filosófico y hasta religioso (no iban a dejar de meter baza, faltaría más), así como que a lo largo de los años se ha ido desarrollando toda una subcultura del "crionicismo". Este texto es sólo una escueta y superficial introducción realizada por alguien que no ha querido profundizar en su exposición más de la cuenta por el temor plenamente justificado a meter la pata (y no estoy totalmente seguro de no haberla metido, y aún así lo publico; mira si soy chulo). Si quieres saber más y mejor, recurre a otras fuentes más específicas. Para facilitarte la tarea, te puedo decir que lo mejor es empezar visitando crionica.orgque a su vez también te enlazará a multitud de otros sitios sobre el tema.

En fin, si estás interesado ya sabes dónde dirigirte pero, eso sí, haz caso a tu madre y llévate una bufanda.

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