martes, 29 de junio de 2010

TANTO DIOS, TANTO DIOS... ¿ES QUE NO TIENES OTRA COSA QUE HACER?



En numerosas ocasiones me he topado con ciertas reacciones que considero injustificadas con respecto a mi interés hacia algunos de los temas que se tratan aquí: religión, Dios, ateísmo, laicismo, anticlericalismo... No me refiero ya a quienes, desde "el otro bando", se sienten atacados u ofendidos, puesto que con eso, evidentemente, uno ya cuenta. Estoy apuntando a otras actitudes, que se podría decir que oscilan entre la incomprensión, el asombro y la censura: desde quien no entiende que estos temas me interesen en el grado en que lo hacen a quien sencillamente cree que no deberían interesarme. En ocasiones, estos planteamientos llegan a revelar la intención de invalidar o hasta ridiculizar esa dedicación.
   Tenemos, por ejemplo, a quien no acaba de comprender una atracción por estos temas que sea tan intensa como para empujarme a leer, investigar y escribir al respecto, y no digo ya a mantener un blog y una página de Facebook en los que parte del contenido gira alrededor de estas cuestiones. En algunos casos incluso se adivina la acusación de considerar tal interés como una especie de mania enfermiza u obsesiva.
   No falta quien, creyendo estar realizando un epatante ejercicio de sagacidad, pretende identificar el origen de tal "obsesión" con determinados sentimientos negativos: odio, rencor, resentimiento, deseo de revancha...
    Lo anterior se combina a menudo con un reproche: el referido a que, habiendo tantos temas y problemas importantes de que ocuparse, supone una pérdida de tiempo y esfuerzo centrarse en estos.
    Y, finalmente, una de las interpretaciones más descabelladas que he encontrado es la del que cree que uno incurre como poco en la contradicción y como mucho en la hipocresía, aduciendo que, siendo ateo, lo coherente sería no preocuparse por estos temas: ¿si no crees en Dios, a qué tanto hablar de él?
    Huelga aclarar que los juicios y actitudes anteriormente enumerados se presentan habitualmente entremezclados entre sí en distintas combinaciones y proporciones. 
     Bien, puedo decir que nada de lo anterior es acertado.


Para empezar, no siento ningún odio ni rencor hacia el fenómeno religioso, ni mucho menos hacia las personas que lo profesan. Lo rechazo con toda intensidad, sí, pero ese rechazo tiene a su base unos determinados presupuestos intelectuales, no la mera visceralidad. Desde luego, puede suceder que ciertas emociones (no tanto odio como indignación, por ejemplo) afloren en algún momento como una especie de "efecto secundario", pero ello sería una consecuencia de mi postura, no su origen. Nunca he sido sometido a una castradora educación religiosa, ni he padecido ningún trauma al respecto (bueno, en mi infancia los cristos crucificados me daban miedo; o sea, que en ese aspecto era un niño normal), y ni siquiera puedo lucir en mi currículo tocamientos indebidos por parte de algún ensotanado. Es decir, que no tengo motivos personales para estar resentido o sentirme motivado por un deseo de venganza. En realidad, la religión no ha ocupado un papel importante en mi vida en ningún momento de mi trayectoria personal (gracias, familia), más allá de la obligada asignatura escolar (en aquel entonces obligada, sí); pero también estudiaba unas matemáticas que siempre suspendía y no me dedico a "militar" contra las matemáticas. Es más, jamás en toda mi vida he sido creyente, así que tampoco soy un "rebotado" que actúa por reacción.


¿Por qué entonces mi "obsesión"? Es tan sencillo como esto: estos temas me interesan, y todo aquel que tiene suficiente interés en un tema o actividad determinados los cultiva, dedicando buena parte de su tiempo y atención a ello. No parece que nadie se extrañe de encontrarse con un cinéfilo que posee una buena colección de películas y publicaciones especializadas o que ha creado un blog dedicado enteramente a esa temática. ¿Quizás sea más habitual la afición al cine que a esto otro? Bueno, que algo sea más normal estadísticamente no lo convierte en más normal en sentido normativo. También hay quien colecciona..., no sé,... figuras de gnomos; eso es algo aún menos habitual. Por otra parte, ni el aficionado al cine, ni el coleccionista de gnomos ni yo mismo, cada uno con sus respectivos intereses, tenemos por qué ser considerados necesariamente unos obsesos. Indudablemente se puede dar el caso, pero no es el mío. Puedo garantizar que mi vida no consiste únicamente en esto: hago otras cosas, soy perfectamente capaz de mantener conversaciones sobre otros temas y no me paso las 24 horas de cada día pensando en el Papa. 


     Aún habría de resultar menos llamativo mi interés si se tiene en cuenta cuál es mi campo. Me dedico a la filosofía, una disciplina vastísima (y a veces también bastísima) dentro de la cual unas cosas me interesan más, otras menos y otras nada en absoluto. A lo largo de los años esos intereses han ido variando. Hoy por hoy se centran en cuestiones como el problema del conocimiento, el papel de la razón en la interpretación de la realidad o lo que se conoce como "pensamiento crítico", al mismo tiempo que en problemas de orden antropológico y social. El fenómeno religioso y la idea de Dios (o los dioses) se encuentran relacionados con todo ello. En general, me interesan todos los modelos de saber irracional, también las pseudociencias o los llamados fenómenos paranormales (siempre desde el punto de vista crítico, desde luego). Lo que ocurre es que, dentro de tales modelos, la religión es posiblemente el más extendido, tanto sincrónica como diacrónicamente, y también el que mayores efectos e implicaciones posee sobre la vida humana tanto individual como colectiva. Un buen paradigma, por lo tanto. Digamos que mi interés en estos temas no es más que el resultado de una progresiva acotación cada vez mayor sobre un determinado campo de estudio. En definitiva, lo que académicamente se conoce como "línea de investigación". ¿Tan raro es esto?


¿Y son menos importantes estos temas que otros? ¿Soy un individuo superficial y falto de compromiso porque no me ocupo de investigar, en lugar de sobre esto, sobre el orden económico mundial, el problema de la marginalidad social o la cura contra el cáncer? Bueno, no soy ni economista ni sociólogo ni médico, pero ya hay quienes lo son. ¿Hemos de ocuparnos todos de lo mismo? Cada uno realiza su respectiva aportación desde su propio rol, y así ha de ser. Tampoco son menos importantes o valiosos los conocimientos sobre fontanería teniendo en cuenta lo que contribuyen a nuestra calidad de vida, pero siempre habrá alguien que adopte la función de fontanero; no tendría sentido que me sintiera culpable por no serlo yo. 
     Y, ciertamente, considero que el tema no es banal. Tengamos en cuenta los efectos de las creencias irracionales sobre el individuo, desde quien se arruina pagando a un tarotista hasta quien deja morir a su hijo porque su religión le impide aplicarle un determinado tratamiento médico; consideremos la influencia de las religiones organizadas sobre la vida colectiva, desde el hecho de motivar enfrentamientos bélicos entre pueblos hasta el de promover la persecución de ciertos colectivos (mujeres, homosexuales, miembros de otras religiones o de determinadas etnias,...); pensemos en las consecuencias políticas y sociales a que da lugar la ausencia de un pensamiento crítico desarrollado en buena parte de la ciudadanía,... ¿todo eso no importa? Que venga Dios y lo vea (perdón).


Como dije más arriba, me resulta especialmente chocante la pretensión de detectar una contradicción entre mi interés por estas cuestiones y mi ausencia de creencia religiosa. La refutación de esto es tan simple y evidente que casi no merece ser expuesta. La idea de Dios y la religión son fenómenos culturales bien reales, así como sus efectos... esos fenómenos y esos efectos son los que me ocupan. ¿Dónde está la supuesta contradicción? Para que Dios o la religión me interesen, no es necesario que yo sea religioso, basta con que lo sea buena parte de la humanidad y ello tenga unas determinadas consecuencias. ¿Acaso un historiador especializado en la Alemania de los años 20 y 30 ha de ser nazi, o un matemático ha de ser número primo? "Puesto que eres ateo, lo coherente sería que no te preocuparas por estos temas", expuse más arriba que se me ha llegado a decir. Bueno, ser ateo no implica necesariamente preocuparse por estos temas, pero tampoco lo contrario. Lo que sucede es que yo, además de ateo, soy alguien interesado por ciertas cuestiones tanto teóricas como prácticas que ya he descrito. "¿Si no crees en Dios, a qué tanto hablar de él?", dije también que se me planteaba. Obviamente, yo no hablo de Dios como ser real, puesto que no hay ninguna razón para considerar que lo sea, sino como idea o producto cultural; como tal, Dios existe, desde luego, y como tal se puede reflexionar sobre él. Dudo mucho que a la misma persona que lanza la anterior pregunta se le ocurra decirle a un filólogo: "¿A qué tanto hablar del Quijote, si no existe?".


Y, finalmente, y lo he dejado para un aparte porque es algo que posee matices algo diferentes a todo lo anteriormente descrito, tenemos a quien (muy a menudo amigo o familiar) en determinados momentos te reduce a ese-que-detesta-todo-lo-relacionado-con-la-religión, adjudicándote una imagen estereotipada y simplista que suele dar pie a determinadas bromas y chanzas, en absoluto malintencionadas y a las que uno incluso puede prestarse si se encuentra de buen humor, pero que en cualquier caso inevitablemente acaban cansando tanto por repetitivas como por facilonas. Como, por ejemplo, formular sarcásticamente como posibilidad amenazante que mi hijo decida ser cura en un futuro. Lo cierto es que, si alguna vez siente la inquietud de vestir faldas, prefiero con mucho que lo haga como drag-queen (y no bromeo en absoluto).
     También es habitual sugerir que el trance de entrar en una iglesia o asistir a una ceremonia religiosa si lo imponen las circunstancias (determinados compromisos sociales, por ejemplo) me ha de resultar atrozmente traumático. Pues no. Puedo cruzar el umbral de una iglesia sin disolverme dejando en el aire un rastro de olor a azufre. Y soy capaz de asistir a una misa sin padecer espasmos, aunque mis reacciones ante lo que estoy presenciando sí puedan ir fluctuando de la hilaridad a la irritación. Puedo afirmar que en esa situación incluso parezco un individuo normal, y el Cristo que hay tras el altar no desclava del madero una de sus manos para señalarme acusadoramente como hereje infiltrado. En todo caso, se me distingue porque soy ese que no participa en el ritual, el que permanece durante todo el tiempo sentado y con los brazos cruzados mientras todos a su alrededor se alzan y vuelven a su asiento repetidamente (en más de una ocasión en el momento equivocado, todo hay que decirlo) mientras murmuran frases que muchos de ellos no pronuncian en realidad porque no las conocen. Es más, a menudo he visitado templos de manera totalmente voluntaria (y ello sin perder el carnet de ateo) por la mera motivación de admirar realizaciones arquitectónicas, pictóricas o escultóricas cuya inspiración religiosa no les resta un ápice de valor artístico.



Ejemplos de arte de inspiración religiosa. La última cena:







Hablando de estética, he de confesar que poseo entre mi discoteca unas cuantas piezas religiosas, desde gospel hasta música de Bach, y las escucho con auténtico placer. El "Réquiem" de Mozart me emociona enormemente, aunque lo cierto es que nunca me ha provocado un sentimiento de elevación mística que me impulsara a la conversión. Siento decepcionar a quien pensara que mi dieta musical se circunscribiría al metal satánico. 
   Tampoco nadie ha de tener temor de presentarme a una persona profundamente creyente e incluso a un cura. Puedo asegurar que sabré comportarme: no le negaré el saludo, ni le escupiré o insultaré o intentaré apalearle. Ni siquiera tendré por qué, necesariamente, sacar en la conversación el tema de la religión con el objeto de ridiculizarle u ofenderle (cosas ambas que resultan bien fáciles de conseguir, sin embargo). Aunque, por otra parte, puedo asegurar que si el tema surge no callaré ninguna de mis opiniones, que expresaré con toda la libertad a que tengo derecho sin más cortapisas que las impuestas por la debida cortesía. Tampoco, y pasando al entorno profesional, rehuyo las relaciones con los profesores de religión. Es más, confieso que he disfrutado de un trato bastante afable con la mayoría de los que he conocido. Que los pobres ya tienen bastante con no saber hacer otra cosa (igual que les suele suceder a los profesores de filosofía, por cierto).


En fin, aunque estoy seguro de que habrá quien lo pueda interpretar así, lejos de mi intención llevar a cabo una especie de autojustificación, ya que considero que no tengo por qué justificar nada. No es ese el sentido de todo lo dicho anteriormente, sino más bien el de aportar elementos que sirvan para un mejor conocimiento de la postura personal y de las motivaciones que se encuentran tras los contenidos del sitio web que estás visitando en estos momentos.


Y, por supuesto, todo lo dicho se refiere de manera exclusiva a mi caso personal, sin ser necesariamente extrapolable a ningún otro individuo que comparta mi postura atea. Los ateos, a diferencia de los creyentes, no tenemos la necesidad de sentirnos arropados bajo un conjunto de ideas y valores comunes asumidos de manera dogmática. Más allá de lo que estrictamente nos define, la no aceptación de la hipótesis que afirma la existencia de los seres sobrenaturales descritos por las religiones, cada uno es de su padre y de su madre. Por eso somos tan interesantes.



6 comentarios:

Julianfedez dijo...

http://www.cuantarazon.com/11408/google

Agustín Sanz Andreu dijo...

Muy bueno, Julián. Con tu permiso, va para el Facebook.

Sarastro dijo...

Coño, ¿y yo que no había leído este post? Pues me identifico mucho con él. Cómo no, con algunos matices, emocionarse con el "Réquiem" de Mozart es algo que ocurre con frecuencia a los espíritus menos sensibles; los seres de más delicada esencia interior nos decantamos sin rubor por el de Gabriel Fauré. Un saludo, que tenemos esto un poco desatendido.

Agustín Sanz Andreu dijo...

Fauré, Mozart... ¡siempre tocando los huevos!

(Sabes que es broma. Un afectuoso saludo)

Isidro dijo...

Hola.

Yo no me didentifico en absoluto ni con el fondo ni con la formaa , pero no por ello dejo de admirar ...!esa capacidad para discurrir sobre uno mismo!!!. Una barbaridad.

Fauré, como su propio nombre indica es una mariconada. In excelsius.

Agustín Sanz Andreu dijo...

La capacidad para discurrir sobre uno mismo... narcisismo, Isidro, nada más que narcisismo.

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