miércoles, 30 de junio de 2010

CÓMO DETECTAR QUE UNA TEORÍA NO ES CIENTÍFICA










Si otro ya lo ha explicado mucho mejor de lo que uno mismo pudiera hacerlo, ¿para qué decir nada?

En esta entrada nos limitamos a reproducir, sin alterar ni una sola coma, un magnífico artículo firmado por Eduardo Robredo Zugasti para La revolución naturalista, blog de temática científica que recomiendo con auténtica convicción. 

Cedo la palabra:




Cómo detectar que una teoría no es científica


Por más que parezca una cuestión altamente académica y especializada, cualquier sociedad epistemológicamente civilizada (o civilizada, sin más) debe disponer de un criterio de demarcación lo bastante flexible para permitir el libre examen, pero lo bastante sólido para distinguir entre ciencia y psuedociencia. Adelantaríamos mucho, como sociedad que se precia de fundarse en la "información", si se entendiera de una vez que la ciencia no se distingue solo por proporcionar información "verdadera", sino por haber seguido el procedimiento correcto capaz de alcanzar tanto el consenso público como la posibilidad de su rectificación posterior.


Aunque el artículo original [PDF] en el que se basa este post trata sobre el problema de la demarcación en el contexto de la psicología clínica, estos 10 signos para detectar que una teoría no es científica se pueden generalizar sin grandes problemas.


1. La teoría no puede ser testada
Una de las cuestiones básicas de la filosofía de la ciencia plantea en qué sentido las teorías pueden ser verificadas, corroboradas o "falsadas" por la experiencia. Según Karl Popper, si no podemos establecer las condiciones empíricas bajo las que una afirmación cualquiera es falsa, entonces no es una afirmación científica natural. A pesar de que el mismo Popper consideró inicialmente "tautológico" el darwinismo, un distinguido ejemplo es justamente el capítulo 6 de El origen de las especies, donde Charles Darwin explica las "dificultades de la teoría" y de hecho aporta un criterio de falsación: "Si se pudiese demostrar que existió un órgano complejo que no pudo haber sido formado por modificaciones pequeñas, numerosas y sucesivas, mi teoría se destruiría por completo; pero no puedo encontrar ningún caso de esta clase".


2. No tiene respuestas ante nuevas evidencias
Desde luego, es cierto que las evidencias aisladas normalmente no sirven para tumbar teorías elaboradas y que dan cuenta de un gran número de experiencias, como enseñaría cualquier manual introductorio a la historia de la ciencia, pero una de las características más pintorescas de las pseudociencias es que resisten a cualquier evidencia que se presente en sentido contrario. Dicho de otro modo, son teorías verdaderas cualquiera que sea el estado de cosas en el mundo. Un ejemplo podría ser la supervivencia secular de la astrología, o de los "signos" del zodiaco, basado en "evidencias" conocidas por estudiosos caldeos de hace milenios pero ampliamente superadas por los astrónomos modernos.


3. Sus defensores eluden la revisión por pares y la crítica externa
El sistema de publicación de la ciencia basado en la revisión por pares (peer review, en inglés), desarrollado en su sentido moderno durante más o menos los últimos cuatro siglos, es una empresa colectiva que pretende funcionar como un filtro protector "que salvaguarda la autoridad y prestigio de la ciencia al tiempo que 'purifica' el flujo de información que los científicos han de tomar en consideración; o la edificación controlada de un corpus de conocimiento público y consensuado." [1]
En contraste, los defensores de teorías pseudocientíficas no consideran que la ciencia sea un conocimiento "público",  y "consensuado" en este sentido, o como mucho reservan este "consenso" a sectas epistémicas o a individuos iluminados, próximos a los antiguos gnósticos.


4. Sólo buscan evidencias que confirmen la teoría
El progreso de la ciencia depende de la capacidad para probar que ciertas hipótesis son erróneas o incompatibles con las evidencias actuales, pero la pseudociencia a menudo se sustenta en el dogmatismo.


5. Insisten en que su teoría es verdadera porque no se ha probado que sea falsa 
Un argumento muchas veces repetido, a pesar de que son las afirmaciones raras y maravillosas las que necesitan ser probadas o verificadas, en lugar de ser refutadas: "Lo normal se presume, lo anormal se prueba"; "Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias".


6. La teoría desafía a la ciencia establecida u "oficial"
Los charlatanes y pseudocientíficos casi siempre afirman pugnar contra la "ciencia oficial". Y aunque existen versiones respetables de este argumento, como la de Kuhn, que efectivamente distinguió entre "ciencia normal" y "ciencia revolucionaria", o la de Feyerabend, que pregonó el "anarquismo" epistemológico contra el método, muchas protestas contra la ciencia oficial pueden identificarse fácilmente como críticas típicas de la pseudociencia.


7. Sus defensores intentan persuadir empleando anécdotas personales
Otra característica del espíritu típicamente privado y gnóstico de los "heresiarcas" científicos es emplear anécdotas llamativas sobre "experiencias" personales que no son reproducibles públicamente, lo que claramente contradice el espíritu público del sistema de publicación científica, que exige poder replicar los experimentos de cualquier hipótesis. Si la experiencia no se puede replicar, pasamos de la ciencia a la mística.


8. Emplean terminología científica confusa e inapropiada 
El empleo de un lenguaje premeditadamente oscuro y confuso es también típico de las ciencias llamadas "ocultas" y esta tradición se ha contagiado a sus versiones modernas. Es muy corriente que estas empleen términos científicos (como "energía" o "fuerza") sacados de contexto para intentar dar más lustre a afirmaciones vagamente místicas, quizás porque hoy en día el lenguaje de la ciencia (por ejemplo, de la física cuántica) proporciona más oportunidades publicitarias que las viejas artes mágicas y el esoterismo oriental.


9. Sus afirmaciones no conocen límites
Las afirmaciones científicas están típicamente limitadas por pequeñas, o en cualquier caso bien delimitadas parcelas de realidad, pero un signo de pseudociencia suele apreciarse en las afirmaciones que no poseen límites, como las de sanadores "espirituales" que prometen curar cualquier dolencia empleando el mismo método, o la de gurúes que defienden leyes universales o decretos de la providencia conocidos solo por ellos.


10. Rechazan evidencias específicas en contra de la teoría porque no son "holistas"
En medicina, se podría decir que el paradigma "holista" prevaleció antes del lento desarrollo de la ciencia moderna y aún se puede observar en medicinas tradicionales no occidentales. Un ejemplo es la teoría de medieval de los "cuatro humores" (colérico, melancólico, sanguíneo y flemático), que dominó el pensamiento médico durante siglos y que orientaba la labor del médico al restablecimiento del equilibrio total del cuerpo. Vestigios de este "Holismo" sobreviven hoy fácilmente en las medicinas erróneamente llamadas "alternativas." Aunque también existe una versión respetable y sofisticada de este argumento en filosofía de la ciencia, el "holismo epistemológico" de Quine y Duhem, normalmente las protestas en nombre del "holismo" también son claros signos de charlatanería.


[1] Bruno Maltrás Barba, Los indicadores bibliométricos. Fundamentos y aplicación al análisis de la ciencia. Trea. Gijón, 2003


Este post es una revisión muy personal de Warning Signs That Something is Not Scientific, publicado en Woo Fighters.




¿Por qué está aquí este señor? Practiquemos un juego: repasa los diez epígrafes anteriores y prueba a aplicarlos uno por uno al afamado psicoanálisis. ¡Oh, todos encajan como por arte de magia!
   

martes, 29 de junio de 2010

TANTO DIOS, TANTO DIOS... ¿ES QUE NO TIENES OTRA COSA QUE HACER?



En numerosas ocasiones me he topado con ciertas reacciones que considero injustificadas con respecto a mi interés hacia algunos de los temas que se tratan aquí: religión, Dios, ateísmo, laicismo, anticlericalismo... No me refiero ya a quienes, desde "el otro bando", se sienten atacados u ofendidos, puesto que con eso, evidentemente, uno ya cuenta. Estoy apuntando a otras actitudes, que se podría decir que oscilan entre la incomprensión, el asombro y la censura: desde quien no entiende que estos temas me interesen en el grado en que lo hacen a quien sencillamente cree que no deberían interesarme. En ocasiones, estos planteamientos llegan a revelar la intención de invalidar o hasta ridiculizar esa dedicación.
   Tenemos, por ejemplo, a quien no acaba de comprender una atracción por estos temas que sea tan intensa como para empujarme a leer, investigar y escribir al respecto, y no digo ya a mantener un blog y una página de Facebook en los que parte del contenido gira alrededor de estas cuestiones. En algunos casos incluso se adivina la acusación de considerar tal interés como una especie de mania enfermiza u obsesiva.
   No falta quien, creyendo estar realizando un epatante ejercicio de sagacidad, pretende identificar el origen de tal "obsesión" con determinados sentimientos negativos: odio, rencor, resentimiento, deseo de revancha...
    Lo anterior se combina a menudo con un reproche: el referido a que, habiendo tantos temas y problemas importantes de que ocuparse, supone una pérdida de tiempo y esfuerzo centrarse en estos.
    Y, finalmente, una de las interpretaciones más descabelladas que he encontrado es la del que cree que uno incurre como poco en la contradicción y como mucho en la hipocresía, aduciendo que, siendo ateo, lo coherente sería no preocuparse por estos temas: ¿si no crees en Dios, a qué tanto hablar de él?
    Huelga aclarar que los juicios y actitudes anteriormente enumerados se presentan habitualmente entremezclados entre sí en distintas combinaciones y proporciones. 
     Bien, puedo decir que nada de lo anterior es acertado.


Para empezar, no siento ningún odio ni rencor hacia el fenómeno religioso, ni mucho menos hacia las personas que lo profesan. Lo rechazo con toda intensidad, sí, pero ese rechazo tiene a su base unos determinados presupuestos intelectuales, no la mera visceralidad. Desde luego, puede suceder que ciertas emociones (no tanto odio como indignación, por ejemplo) afloren en algún momento como una especie de "efecto secundario", pero ello sería una consecuencia de mi postura, no su origen. Nunca he sido sometido a una castradora educación religiosa, ni he padecido ningún trauma al respecto (bueno, en mi infancia los cristos crucificados me daban miedo; o sea, que en ese aspecto era un niño normal), y ni siquiera puedo lucir en mi currículo tocamientos indebidos por parte de algún ensotanado. Es decir, que no tengo motivos personales para estar resentido o sentirme motivado por un deseo de venganza. En realidad, la religión no ha ocupado un papel importante en mi vida en ningún momento de mi trayectoria personal (gracias, familia), más allá de la obligada asignatura escolar (en aquel entonces obligada, sí); pero también estudiaba unas matemáticas que siempre suspendía y no me dedico a "militar" contra las matemáticas. Es más, jamás en toda mi vida he sido creyente, así que tampoco soy un "rebotado" que actúa por reacción.


¿Por qué entonces mi "obsesión"? Es tan sencillo como esto: estos temas me interesan, y todo aquel que tiene suficiente interés en un tema o actividad determinados los cultiva, dedicando buena parte de su tiempo y atención a ello. No parece que nadie se extrañe de encontrarse con un cinéfilo que posee una buena colección de películas y publicaciones especializadas o que ha creado un blog dedicado enteramente a esa temática. ¿Quizás sea más habitual la afición al cine que a esto otro? Bueno, que algo sea más normal estadísticamente no lo convierte en más normal en sentido normativo. También hay quien colecciona..., no sé,... figuras de gnomos; eso es algo aún menos habitual. Por otra parte, ni el aficionado al cine, ni el coleccionista de gnomos ni yo mismo, cada uno con sus respectivos intereses, tenemos por qué ser considerados necesariamente unos obsesos. Indudablemente se puede dar el caso, pero no es el mío. Puedo garantizar que mi vida no consiste únicamente en esto: hago otras cosas, soy perfectamente capaz de mantener conversaciones sobre otros temas y no me paso las 24 horas de cada día pensando en el Papa. 


     Aún habría de resultar menos llamativo mi interés si se tiene en cuenta cuál es mi campo. Me dedico a la filosofía, una disciplina vastísima (y a veces también bastísima) dentro de la cual unas cosas me interesan más, otras menos y otras nada en absoluto. A lo largo de los años esos intereses han ido variando. Hoy por hoy se centran en cuestiones como el problema del conocimiento, el papel de la razón en la interpretación de la realidad o lo que se conoce como "pensamiento crítico", al mismo tiempo que en problemas de orden antropológico y social. El fenómeno religioso y la idea de Dios (o los dioses) se encuentran relacionados con todo ello. En general, me interesan todos los modelos de saber irracional, también las pseudociencias o los llamados fenómenos paranormales (siempre desde el punto de vista crítico, desde luego). Lo que ocurre es que, dentro de tales modelos, la religión es posiblemente el más extendido, tanto sincrónica como diacrónicamente, y también el que mayores efectos e implicaciones posee sobre la vida humana tanto individual como colectiva. Un buen paradigma, por lo tanto. Digamos que mi interés en estos temas no es más que el resultado de una progresiva acotación cada vez mayor sobre un determinado campo de estudio. En definitiva, lo que académicamente se conoce como "línea de investigación". ¿Tan raro es esto?


¿Y son menos importantes estos temas que otros? ¿Soy un individuo superficial y falto de compromiso porque no me ocupo de investigar, en lugar de sobre esto, sobre el orden económico mundial, el problema de la marginalidad social o la cura contra el cáncer? Bueno, no soy ni economista ni sociólogo ni médico, pero ya hay quienes lo son. ¿Hemos de ocuparnos todos de lo mismo? Cada uno realiza su respectiva aportación desde su propio rol, y así ha de ser. Tampoco son menos importantes o valiosos los conocimientos sobre fontanería teniendo en cuenta lo que contribuyen a nuestra calidad de vida, pero siempre habrá alguien que adopte la función de fontanero; no tendría sentido que me sintiera culpable por no serlo yo. 
     Y, ciertamente, considero que el tema no es banal. Tengamos en cuenta los efectos de las creencias irracionales sobre el individuo, desde quien se arruina pagando a un tarotista hasta quien deja morir a su hijo porque su religión le impide aplicarle un determinado tratamiento médico; consideremos la influencia de las religiones organizadas sobre la vida colectiva, desde el hecho de motivar enfrentamientos bélicos entre pueblos hasta el de promover la persecución de ciertos colectivos (mujeres, homosexuales, miembros de otras religiones o de determinadas etnias,...); pensemos en las consecuencias políticas y sociales a que da lugar la ausencia de un pensamiento crítico desarrollado en buena parte de la ciudadanía,... ¿todo eso no importa? Que venga Dios y lo vea (perdón).


Como dije más arriba, me resulta especialmente chocante la pretensión de detectar una contradicción entre mi interés por estas cuestiones y mi ausencia de creencia religiosa. La refutación de esto es tan simple y evidente que casi no merece ser expuesta. La idea de Dios y la religión son fenómenos culturales bien reales, así como sus efectos... esos fenómenos y esos efectos son los que me ocupan. ¿Dónde está la supuesta contradicción? Para que Dios o la religión me interesen, no es necesario que yo sea religioso, basta con que lo sea buena parte de la humanidad y ello tenga unas determinadas consecuencias. ¿Acaso un historiador especializado en la Alemania de los años 20 y 30 ha de ser nazi, o un matemático ha de ser número primo? "Puesto que eres ateo, lo coherente sería que no te preocuparas por estos temas", expuse más arriba que se me ha llegado a decir. Bueno, ser ateo no implica necesariamente preocuparse por estos temas, pero tampoco lo contrario. Lo que sucede es que yo, además de ateo, soy alguien interesado por ciertas cuestiones tanto teóricas como prácticas que ya he descrito. "¿Si no crees en Dios, a qué tanto hablar de él?", dije también que se me planteaba. Obviamente, yo no hablo de Dios como ser real, puesto que no hay ninguna razón para considerar que lo sea, sino como idea o producto cultural; como tal, Dios existe, desde luego, y como tal se puede reflexionar sobre él. Dudo mucho que a la misma persona que lanza la anterior pregunta se le ocurra decirle a un filólogo: "¿A qué tanto hablar del Quijote, si no existe?".


Y, finalmente, y lo he dejado para un aparte porque es algo que posee matices algo diferentes a todo lo anteriormente descrito, tenemos a quien (muy a menudo amigo o familiar) en determinados momentos te reduce a ese-que-detesta-todo-lo-relacionado-con-la-religión, adjudicándote una imagen estereotipada y simplista que suele dar pie a determinadas bromas y chanzas, en absoluto malintencionadas y a las que uno incluso puede prestarse si se encuentra de buen humor, pero que en cualquier caso inevitablemente acaban cansando tanto por repetitivas como por facilonas. Como, por ejemplo, formular sarcásticamente como posibilidad amenazante que mi hijo decida ser cura en un futuro. Lo cierto es que, si alguna vez siente la inquietud de vestir faldas, prefiero con mucho que lo haga como drag-queen (y no bromeo en absoluto).
     También es habitual sugerir que el trance de entrar en una iglesia o asistir a una ceremonia religiosa si lo imponen las circunstancias (determinados compromisos sociales, por ejemplo) me ha de resultar atrozmente traumático. Pues no. Puedo cruzar el umbral de una iglesia sin disolverme dejando en el aire un rastro de olor a azufre. Y soy capaz de asistir a una misa sin padecer espasmos, aunque mis reacciones ante lo que estoy presenciando sí puedan ir fluctuando de la hilaridad a la irritación. Puedo afirmar que en esa situación incluso parezco un individuo normal, y el Cristo que hay tras el altar no desclava del madero una de sus manos para señalarme acusadoramente como hereje infiltrado. En todo caso, se me distingue porque soy ese que no participa en el ritual, el que permanece durante todo el tiempo sentado y con los brazos cruzados mientras todos a su alrededor se alzan y vuelven a su asiento repetidamente (en más de una ocasión en el momento equivocado, todo hay que decirlo) mientras murmuran frases que muchos de ellos no pronuncian en realidad porque no las conocen. Es más, a menudo he visitado templos de manera totalmente voluntaria (y ello sin perder el carnet de ateo) por la mera motivación de admirar realizaciones arquitectónicas, pictóricas o escultóricas cuya inspiración religiosa no les resta un ápice de valor artístico.



Ejemplos de arte de inspiración religiosa. La última cena:







Hablando de estética, he de confesar que poseo entre mi discoteca unas cuantas piezas religiosas, desde gospel hasta música de Bach, y las escucho con auténtico placer. El "Réquiem" de Mozart me emociona enormemente, aunque lo cierto es que nunca me ha provocado un sentimiento de elevación mística que me impulsara a la conversión. Siento decepcionar a quien pensara que mi dieta musical se circunscribiría al metal satánico. 
   Tampoco nadie ha de tener temor de presentarme a una persona profundamente creyente e incluso a un cura. Puedo asegurar que sabré comportarme: no le negaré el saludo, ni le escupiré o insultaré o intentaré apalearle. Ni siquiera tendré por qué, necesariamente, sacar en la conversación el tema de la religión con el objeto de ridiculizarle u ofenderle (cosas ambas que resultan bien fáciles de conseguir, sin embargo). Aunque, por otra parte, puedo asegurar que si el tema surge no callaré ninguna de mis opiniones, que expresaré con toda la libertad a que tengo derecho sin más cortapisas que las impuestas por la debida cortesía. Tampoco, y pasando al entorno profesional, rehuyo las relaciones con los profesores de religión. Es más, confieso que he disfrutado de un trato bastante afable con la mayoría de los que he conocido. Que los pobres ya tienen bastante con no saber hacer otra cosa (igual que les suele suceder a los profesores de filosofía, por cierto).


En fin, aunque estoy seguro de que habrá quien lo pueda interpretar así, lejos de mi intención llevar a cabo una especie de autojustificación, ya que considero que no tengo por qué justificar nada. No es ese el sentido de todo lo dicho anteriormente, sino más bien el de aportar elementos que sirvan para un mejor conocimiento de la postura personal y de las motivaciones que se encuentran tras los contenidos del sitio web que estás visitando en estos momentos.


Y, por supuesto, todo lo dicho se refiere de manera exclusiva a mi caso personal, sin ser necesariamente extrapolable a ningún otro individuo que comparta mi postura atea. Los ateos, a diferencia de los creyentes, no tenemos la necesidad de sentirnos arropados bajo un conjunto de ideas y valores comunes asumidos de manera dogmática. Más allá de lo que estrictamente nos define, la no aceptación de la hipótesis que afirma la existencia de los seres sobrenaturales descritos por las religiones, cada uno es de su padre y de su madre. Por eso somos tan interesantes.



viernes, 25 de junio de 2010

¿ES USTED PROFESOR? PUES NO PIENSE, POR FAVOR, NO SEA QUE A SUS ALUMNOS LES DÉ POR IMITARLE Y... ¿DÓNDE IRÍAMOS A PARAR?



Ya hemos repetido en numerosas ocasiones que en este blog estamos por el libre debate de las ideas. De hecho, tal cosa es lo que nos mueve y da sentido a la existencia de este rinconcito de Internet. Mantenemos la popperiana (manda huevos el palabro) convicción de que absolutamente ninguna idea debe quedar a salvo de crítica. Sólo el sometimiento a tal prueba y lo que de ella se deriva, es decir, la pervivencia de las ideas más válidas, es lo que nos puede permitir avanzar en el camino del conocimiento. Lo contrario: el dogmatismo, la sujeción al prejuicio, la opinión sin fundamentos sólidos,... supone el riesgo de inmovilizar al ser humano en concepciones erróneas (que en algún caso podrían no serlo, pero ¿cómo saberlo si les otorgamos el privilegio de considerarlas inmunes a la crítica?). Y esta no es una cuestión baladí, pues no hablamos de elucubraciones gratuitas propias de quien no tiene nada mejor que hacer. Nuestro conocimiento de la realidad es lo que nos permite adaptarnos a ella de la mejor manera posible para desarrollar nuestra vida, tanto colectiva como individual, del modo más apropiado y beneficioso. Aprovechamos para aclarar que todo lo que nos ocupa y preocupa aquí no lo hace porque constituya un mero entretenimiento intelectual, sino porque las consecuencias prácticas de dirimir ciertas cuestiones son esenciales para nuestra existencia.


Curiosamente, en más de una ocasión algún comentarista del blog nos ha reprochado precisamente eso antes descrito y que nosotros consideramos una virtud. Tal hecho no hace sino reafirmarnos en nuestra postura, pues revela cuán necesario es difundir esa actitud crítica de la que hacemos bandera. Mientras escribo esto tengo presente especialmente el siguiente comentario, que originalmente apareció aquí firmado por "Anónimo" (el cual es, con diferencia, el comentarista más habitual de este blog):

"parece mentira que un profesor que debe enseñar algo lo primero que haga sea hablar criticando algo. Objetivamente me da la sensacion que las personas que suelen criticar es xk viven enfadadas con el mundo y consigo mismas".

Para abundar en el despropósito, ocurría que lo que nuestro comentarista censuraba que criticáramos eran cosas como la justificación del abuso sexual, la esclavitud o la pena de muerte como castigo a la homosexualidad; todo eso era lo que nuestro querido contertulio consideraba que no debía ser criticado. Es más, en el mismo comentario calificaba el hacerlo como una "falta de respeto" (¡¡¡¿¿¿???!!!).

Lo que más me llama la atención (y me inquieta) de la anterior opinión es que presenta un agravante: el de considerar que sea precisamente la persona encargada profesionalmente de parte de la educación de los futuros ciudadanos la que deba eludir la actitud crítica y la libertad de pensamiento, cuando desde nuestro punto de vista uno de sus deberes es, no ya ejercer tales cosas, sino además promoverlas entre sus discípulos. En su momento ya respondimos a esta persona pero, siempre convencidos de que mucho de lo que podamos decir ya lo han dicho otros mejor que nosotros, en esta ocasión vamos a hacer que quien replique a nuestro comentarista sea alguien a quien, por unos momentos, vamos a convertir en colaborador de excepción del ágora: nada más y nada menos que el señor Bertrand Russell. Ante sus palabras, las nuestras están claramente de sobra.


Los enemigos de la libertad académica sostienen que hay que tomar en consideración otras condiciones aparte del conocimiento que tenga un hombre de su especialidad. Debe, según ellos, no expresar nunca una opinión contraria a la de los que detentan el poder. Este criterio ha sido vigorosamente defendido por los Estados totalitarios.
(...) Ese peligro no puede evitarlo la democracia por sí sola. Una democracia en la cual la mayoría ejerce sus poderes sin restricción puede ser tan tiránica como una dictadura. La tolerancia de las minorías es parte esencial de una prudente democracia, pero esa parte no se recuerda siempre lo bastante.
(...) Gran parte de esto sucede entre nosotros. La crítica se permite en un amplio campo, pero cuando se la considera realmente peligrosa, su autor es castigado en alguna forma.
(...) las opiniones deben ser formadas por el debate libre, no permitiendo que sólo se oiga a uno de los lados. Los gobiernos tiránicos, tanto antiguos como modernos, han mantenido el criterio contrario.
(...) La diferencia fundamental entre el criterio liberal y el que no lo es consiste en que el primero considera todas las cuestiones abiertas a la discusión y todas las opiniones sujetas a la duda en menor o mayor medida, mientras que el último sostiene por adelantado que ciertas opiniones son absolutamente indudables y que no deben permitirse los argumentos contra ellas. Lo curioso de esta opinión es la creencia de que, si se permitiese la investigación imparcial, llevaría a los hombres a la conclusión errónea, y que por lo tanto la ignorancia es la única salvaguardia del error. Este punto de vista no puede ser aceptado por ningún hombre que desee que la razón, en lugar del prejuicio, gobierne los actos humanos.
(...) El hombre o la mujer que va a desempeñar un puesto docente oficial no debe ser obligado a ostentar las opiniones de la mayoría, aunque, naturalmente, la mayoría de los maestros lo haría. La uniformidad de opiniones en los maestros no debe ser buscada, sino, de ser posible, evitada, ya que la diversidad de opinión entre los preceptores es esencial a cualquier educación sana. Ningún hombre puede pasar por educado cuando sólo ha oído hablar de un aspecto de las cuestiones que dividen al público. Una de las cosas más importantes que se debe enseñar en los establecimientos docentes de una democracia es el poder de sopesar argumentos, y el tener la mente abierta y preparada de antemano a aceptar el argumento que le parezca más razonable. En cuanto se impone una censura en las opiniones que los profesores pueden expresar, la educación deja de realizar sus fines y tiende a producir, en lugar de una nación de hombres, un rebaño de fanáticos.




Lo anterior está extractado del artículo La libertad y las universidades, que Russell redactó como consecuencia del hecho de que en 1940 le fuera prohibido impartir clases en la Universidad de Nueva York. ¿El motivo? Haber mostrado en su trayectoria intelectual que estaba dispuesto a poner en cuestión muchas ideas establecidas, en definitiva cumplir con su obligación como filósofo, y el temor a que contagiara sus ideas "subversivas" al alumnado. En realidad, la cuestión viene tan de antiguo que ya Sócrates fue condenado a muerte por, entre otros motivos, "corromper" a la juventud ateniense (muchos han querido ver en esa fórmula un significado sexual, puesto que a Sócrates le ponían los efebos, pero teniendo en cuenta que los golfos de los griegos no ejecutaban a nadie por ese motivo, es más probable que aquí "corromper" equivalga a "hacer pensar", con las consecuencias políticas que ello podía tener, que en definitiva era la principal actividad de Sócrates... los efebos en segundo lugar).

Completaremos esta entrada con un vídeo que nos ha remitido nuestro amigo Al Fern (en su pseudónimo feisbukero; también podríamos llamarle Ejandro Ández, pero en ningún caso desvelaremos su auténtico nombre, ya que no sabemos si es esa su voluntad). En él, el humorista norteamericano George Carlin toca algunas de las cuestiones aquí tratadas con mayor acidez que Russell. Aunque hace referencia a Estados Unidos, todas y cada una de sus palabras, sin excepción, se pueden aplicar perfectamente a nuestro país (¿por qué será?; ¿alguien dijo "pensamiento único", o sea, ausencia de pensamiento?).




martes, 8 de junio de 2010

LOS VALORES DEL CONOCIMIENTO



La ciencia moderna (la que comienza a gestarse en el Renacimiento) es, hasta el momento, la mejor vía que ha establecido el ser humano para nuestro conocimiento de la realidad. Ello no significa que sea perfecta ni infalible, desde luego (quizás no sea, en todo caso, sino la menos mala de las opciones, como dijera Churchill de la democracia). Y es precisamente la capacidad de reconocer su propia falibilidad una de sus virtudes, puesto que en tal presupuesto se basan los mecanismos autocríticos que le permiten avanzar y conseguir una cada vez mayor aproximación a la verdad, a diferencia de lo que sucede con las creencias dogmáticas, pétreas e inamovibles.

El 25 de marzo del presente año, Ramón Núñez Centella, director del MUNCYT (Museo Nacional de la Ciencia y la Tecnología), interviene en el Senado sobre Cultura Científica durante la Reunión de Presidentes de Comisiones de Ciencia e Innovación de los Parlamentos Nacionales de los Estados miembros de la Unión Europea y del Parlamento Europeo (¡qué largo!; como para recordarlo, ¿verdad?), donde asistieron más de 30 representantes de 19 países.

Entre los diversos puntos expuestos en su alocución, realiza una brillante enumeración de los valores que la ciencia contribuye a aportar a la esfera de la cultura, y que aquí consideramos valores propios del conocimiento  racional en general, más allá de su circunscripción a las disciplinas académicamente clasificadas como "científicas". Diversos medios se han ido haciendo eco de esta aportación desde entonces. Nosotros no podíamos ser menos, puesto que nos identificamos con todos y cada uno de tales puntos. Aquí están:

1. Curiosidad. La ciencia se basa, ante todo, en un insaciable deseo de conocer y comprender, que se puede manifestar de muchas formas; por ejemplo, en la búsqueda de datos complementarios y de su significado en cada situación. Albert Einstein sintetizó como nadie la necesidad de curiosidad: «Lo importante es no cesar de preguntarse cosas».

2. Escepticismo. La ciencia promueve la búsqueda y exigencia de pruebas, y la evaluación continua del conocimiento con espíritu crítico. En ciencia se ha de cuestionar todo y es imprescindible la honestidad, pues tarde o temprano se impone la realidad de los hechos.

3. Racionalidad. Entendiendo como tal un respeto a la lógica, así como la necesidad de considerar antecedentes y consecuencias de cada fenómeno analizado. Es la base para buscar causas y motivos de los fenómenos. Por ejemplo, la persona racional no es supersticiosa.

4. Universalidad. Es decir, que lo que es válido para uno es válido para todos, independientemente de la raza, la religión o la cultura. La ciencia y la tecnología constituyen un elemento común a las culturas del mundo, pertenecen a toda la humanidad.

5. Provisionalidad. Es una característica esencial del conocimiento científico. Aunque pueda resultar incómodo, debemos incorporar ese hecho como un valor, frente a esquemas de certeza, permanencia e inmutabilidad. Este es un punto crítico, porque a muchas personas les gustan las respuestas firmes, y la incertidumbre es difícil de aceptar. Hemos de acostumbrarnos -educarnos- a convivir con la provisionalidad: «No se llega a la certeza con la razón sino con la fe», nos dijo Guillermo de Occam.

6. Relatividad. Muy relacionada con lo anterior está la necesidad de matices que necesita una calidad en las afirmaciones. La incertidumbre de resultados, el margen de error, el borde de la indefinición o la frontera son terrenos habituales por donde se mueve la ciencia, y el transitar por ellos nos educa en la comprensión de los niveles de riesgo, el valor de las estadísticas y la capacidad de evaluar a priori el éxito o fracaso de una iniciativa.

7. Autocrítica. Es esencial en la ciencia el dudar de toda conclusión que uno mismo formula, comenzando inmediatamente a buscarle sus puntos débiles. La ciencia es crítica consigo misma, y también debe estar abierta al escrutinio social, histórico y cultural, tanto por parte de intelectuales como de la sociedad en general.

8. Iniciativa. La necesidad de revisión continua que tiene la ciencia y la posibilidad permanente de mejorar las soluciones tecnológicas obligan a una actitud de inconformismo y emprendedora, a la valoración y asunción de riesgos en la innovación, asumiendo los ensayos fallidos como pasos imprescindibles y útiles de un proceso.

9. Apertura. Es decir, la disponibilidad para escuchar y aceptar ideas de los demás, y también para cambiar las propias en función de las evidencias que se nos ofrecen. La apertura es imprescindible para la innovación y para que fructifique la creatividad.

10. Creatividad. Es clave en la tecnología, para buscar soluciones a problemas divergentes, y para establecer relaciones originales, diseñar experiencias, proponer hipótesis, inventar y diseñar leyes, crear modelos, teorías, aparatos, mecanismos, procedimientos, métodos...


En definitiva, un estupendo decálogo contra las mentalidades cerradas, irracionales y dogmáticas que tanto nos perjudican como individuos y como colectivo. 

lunes, 7 de junio de 2010

CHOMSKY Y RAMONET: "CÓMO NOS VENDEN LA MOTO"








Noam Chomsky e Ignacio Ramonet.
Cómo nos venden la moto. Información, poder y concentración de medios.
Traducción de Joan Soler (Chomsky) y María Méndez (Ramonet).
Año de publicación: 1995.
Edición: Icaria, colección Más Madera, Barcelona, 2004.
18ª reimpresión.
102 págs.



Los autores del libro que nos ocupa, Noam Chomsky e Ignacio Ramonet, son dos de las principales voces de la izquierda intelectual actual y actualizada.

Publicado en 1995 por Icaria dentro de su colección Más Madera, desconocemos cuál es su edición más reciente, aunque nos consta que a día de hoy se puede localizar en algunas librerías.

El volumen recoge dos artículos independientes (el primero de ellos publicado anteriormente por Chomsky en Open magazine pamphlets, el de Ramonet publicado por vez primera en el presente volumen) cuyo tema común es el de la manipulación de la opinión pública desde las estructuras de poder social, a través de los medios de comunicación de masas. Se trata de un texto que huye de tecnicismos, de tono eminentemente periodístico y que, en consecuencia, resulta muy fácil de leer.

Incluye también una bibliografía de obras relacionadas con el tema que resulta muy orientativa y, por lo tanto, útil.

Los dos artículos en cuestión y sus respectivos contenidos son los siguientes:

Noam Chomsky: El control de los medios de comunicación.

El modelo de democracia actualmente impuesto consiste en una pseudodemocracia en la que el poder de decisión real se concentra en una elite. Este hecho está enraizado en un planteamiento paternalista para el cual la ciudadanía no se encuentra capacitada para tomar decisiones por sí misma sobre cuestiones decisivas en el orden político. La actividad propagandística, en especial a través de los medios de comunicación, posee un papel crucial en el mantenimiento del espejismo de que es el pueblo el que toma las decisiones, al mismo tiempo que manipula la orientación de sus opiniones.
  Para poner de manifiesto las cuestiones antedichas, se realiza un recorrido por diversos hechos del siglo XX centrado en la política de EEUU, especialmente en su política exterior (desde la Primera Guerra Mundial hasta la guerra del Golfo Pérsico), en los que se reflejan diversas estrategias que se han llevado a cabo para conseguir la manipulación de la opinión pública.


Ignacio Ramonet: Pensamiento único y nuevos amos del mundo.

En el mundo actual, el auténtico poder se encuentra no en la esfera política sino en la económica. El respaldo ideológico de dicho poder es el llamado “pensamiento único” (“traducción a términos ideológicos de pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en especial las del capital internacional”, en palabras del autor). Se describe en qué consiste éste y a qué intereses responde. A continuación, se expone el modo en que, a través de los medios de comunicación de masas, utilizados como herramientas de control social, dicha ideología se extiende e impone a la sociedad coartando las tentativas de reflexión autónoma y crítica.


Si bien los textos fueron redactados hace ya una década y media, es de destacar que su vigencia es plena, dado que el estado del mundo no ha visto corregidos los problemas que en ellos se analizan y denuncian.

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