lunes, 5 de abril de 2010

TODAS LAS OPINIONES SON RESPETABLES... ¡MENTIRA!




Fernando Savater no es precisamente santo de devoción en este ágora, especialmente debido a sus más recientes veleidades políticas (lo cual no se ha de considerar algo accidental ni secundario, pues el pensamiento político nunca lo es en un filósofo), pero ello no obsta para que reciba nuestro reconocimiento por sus numerosos méritos o para que apreciemos la validez de muchas de sus reflexiones. Aquí presentamos un texto que podríamos suscribir al menos en un 80% (lo cual no es poco en el caso de algo tan "situado" en la perspectiva individual como es el pensamiento filosófico). En él derrumba un tópico habitual, el de que todas las opiniones son respetables. Es ésta una afirmación definitivamente falsa que es repetida en innumerables ocasiones y que siempre se presenta como muestra de honestidad intelectual cuando, si se interpreta de la manera correcta, denota precisamente lo contrario. Podríamos aportar nuestros propios argumentos acerca de por qué esta sentencia es una falacia, los cuales no coincidirían en todo punto con los de Savater (y posiblemente lo hagamos en otro momento), pero por ahora quedémonos con sus reflexiones al respecto, las cuales no dejan de constituir un interesante punto de partida para cuestionarse una de esas ideas que, de tan reiteradas, todo el mundo asume sin llegar a plantearse ni su cómo ni su porqué.



En nuestra sociedad abundan venturosa y abrumadoramente las opiniones. Quizá prosperan tanto porque, según repetido dogma que es non plus ultra de la tolerancia para muchos, todas las opiniones son respetables. Concedo sin vacilar que existen muchas cosas respetables a nuestro alrededor: la vida del prójimo, por ejemplo, o el pan de quien trabaja para ganárselo o la cornamenta de ciertos toros. Las opiniones, en cambio, me parecen todo lo que se quiera menos respetables: al ser formuladas, saltan a la palestra de la disputa, la irrisión, el escepticismo y la controversia. Afrontan el descrédito y se arriesgan a lo único que hay peor que el descrédito, la ciega credulidad. Sólo las más fuertes deben sobrevivir, cuando logren ganarse la verificación que las legalice. Respetarlas sería momificarlas a todas por igual, haciendo indiscernibles las que gozan de buena salud gracias a la razón y la experiencia de las infectadas por la ñoñería seudomística o el delirio.


Tomemos, por ejemplo, uno de nuestros debates televisivos de corte popular en el que se afronte alguna cuestión peliaguda como los platillos volantes, la astrología, (sobre este tema hubo uno reciente muy movido, en el que Gustavo Bueno y dos astrofísicos se enfrentaban a una selección de embaucadores particularmente correosa que contaba con la simpatía beocia de la audiencia), la curación mágica de enfermedades o la inmortalidad del alma. Cualquiera de los participantes puede iniciar su intervención diciendo: "Yo opino...". Pues bien, esa cláusula aparentemente modesta y restrictiva suele funcionar de hecho como todo lo contrario. Y es que hay dos usos diferentes, opuestos diría yo, del opinar. Según el primero de ellos, advierto con mi "yo opino" que no estoy seguro de lo que voy a decir, que se trata tan sólo de una conclusión que he sacado a partir de argumentos no concluyentes y que estoy dispuesto a revisarla si se me brindan pruebas contrarias o razonamientos mejor fundados. En ningún caso diría "yo opino" para luego aseverar que dos más dos son cuatro o que París es la capital de Francia: lo que precisamente advierto con esa fórmula cautelar es que no estoy tan seguro de lo que aventuro a continuación como de esas certezas ejemplares. Éste es el uso impecable de la opinión.


Pero, en otros casos, decir "yo opino" viene a significar algo muy distinto. Prevengo a quien me escucha de que la aseveración que formulo es mía, que la respaldo con todo mi ser y que, por tanto, no estoy dispuesto a discutirla con cualquier advenedizo ni a modificarla simplemente porque se me ofrezcan argumentos adversos que demuestren su falsedad. Theodor Adorno, en un excelente artículo titulado Opinión, demencia, sociedad, describe así esta actitud: "El yo opino no restringe aquí el juicio hipotético, sino que lo subraya. En cuanto alguien proclama como suya una opinión nada certera, no corroborada por experiencia alguna, sin reflexión sucinta, le otorga, por mucho que quiera restringirla, la autoridad de la confesión por medio de la relación consigo mismo como sujeto". Este modelo de opinante convierte cualquier ataque a su opinión en una ofensa a su propia persona. Para él, lo concluyente en refrendo de un dictamen no son las pruebas ni las razones que lo apoyan, sino el hecho de que alguien lo formula rotundamente como propio, identificando su dignidad con la veracidad de lo que sostiene. Como cada cual tiene derecho a su opinión, lo que nadie puede recusar, se entiende que todas las opiniones no son del mismo rango y conllevan la misma fuerza resolutiva, lo cual destruye cualquier pretensión objetiva de verdad. Este es el uso espurio de la opinión.


En el debate televisivo al que antes aludíamos, cualquier pretensión de acuerdo sobre lo plausible suele quedar descartado de antemano. Quien insiste en que no se tome por aceptable más que lo racionalmente justificado sienta de inmediato plaza de intransigente o dogmático, vicios de lo más detestables. La resurrección de los muertos y la función clorofílica de ciertas plantas pasan por ser opiniones igualmente respetables; el que no lo cree así y protesta está ofendiendo a sus interlocutores, conculcando su básico derecho humano a sostener con pasión lo inverificable. La actitud de quien gracias a su fe particular "lo tiene todo claro" se presenta no sólo como perfectamente respetable desde la discreción cortés, sino hasta desde el punto de vista científico. En esos programas no hay disparate que no se presente como avalado por "importantes científicos". Si es así, ¿por qué nunca habíamos oído hablar de ello? Nos lo aclaran enseguida: porque lo impide la ciencia "oficial", mafia misteriosa al servicio de los más inconfesables intereses. Otros, menos paranoicos, pero más descarados convierten la propia ciencia moderna en aval de la irracionalidad desaforada. Recuerdo un espacio televisivo en que discutían casos de "combustión espontánea" que aquejan a determinadas personas por causas impenetrables, aunque probablemente extraterrestres. Un reputado físico argumentaba educadamente contra varios farsantes, todos los cuales tenían muy clara su "respetable" opinión. Cuando se mencionó el método científico, uno de los embaucadores -parapsicólogo o cosa semejante- pontificó muy serio: "Mire usted: la ciencia moderna se basa en dos principios, el de relatividad, que dice que todo es relativo, y el de incertidumbre, que asegura que no podemos estar seguros de nada. Así que tanto vale lo que usted dice como lo que digo yo y ¡viva la combustión espontánea!".


La filosofía arrastra una vieja enemistad contra la opinión, entendida en el infecto segundo sentido que hemos descrito. Y no porque sea la filosofía una ciencia empírica ni porque tenga acceso privilegiado a la verdad absoluta, sino porque es su misión defender el contraste razonable de las opiniones y entre las opiniones, su justificación no a partir de lo inefable o lo inverificable, sino por medio de lo públicamente accesible, de lo inteligible por todos y cada uno. Parece más importante que nunca que siga conservando hoy también ese antagonismo crítico, cuando los medios de comunicación han multiplicado tanto el número de opinantes encallecidos. Por eso, resulta especialmente grave el retroceso del papel de la filosofia en los estudios de bachillerato, que antes o después puede llevar a su abolición académica (la otra no depende de los ministros, si no, ya hubiera tenido lugar). Cuando protesté por esta marginación ante un responsable del plan de estudios, me repuso con toda candidez burocrática: "Date cuenta, enseñar filosofía es cosa muy complicada. ¡Hay opiniones para todos los gustos!". A veces siento cierto desánimo, que considero plenamente respetable.

Fernando Savater, "Opiniones respetables", El País.



3 comentarios:

AydaN dijo...

No podría estar más de acuerdo, precisamente se trata de un tema recurrente de debate con mucha de la gente que me rodea. Y es que la afirmación tan extendida de que todas las opiniones son igual de respetables, que todas tienen el mismo valor, hace que algún resorte se dispare en mi interior.

Todas las personas tienen derecho a opinar, desde luego que sí. Pero como decía ayer mismo en otro comentario en este mismo blog, las personas merecen respeto, las opiniones no.

Jamás puede tener el mismo valor una opinión formada y contrastada, basada en información veraz y experiencia sobre un tema determinado, que una opinión salida del más puro egocentrismo de cualquier paleto con ganas de llamar la atención.

Si todas las opiniones fuesen válidas e igual de respetables, cada vez que el coche hiciera ruido iríamos a preguntarle al frutero, al dentista, al barrendero o al farmacéutico qué opinión les merece este hecho. Pero no lo hacemos, ¿verdad? Nos vamos al mecánico para que nos dé su opinión profesional sobre el asunto.

Hace tiempo tuve una curiosa discusión con una compañera de trabajo. Ella afirmaba que no existen los chinos gordos, y yo quedé divertida y asombrada ante semejante aseveración.

Tras unos minutos intentando razonar sobre lo absurdo que era lo que estaba diciendo, ella zanjó la discusión como suele hacerlo mucha gente: "Bueno, tú tienes tu opinión, yo tengo la mía."

Querida compañera, lo que quizá se te escapa es que el hecho de que haya o no haya chinos gordos en el mundo no es una cuestión de opiniones. Los hay. O no. Punto. (Los hay, por cierto, huelga decirlo.)

En resumen, que tengo miedo de irme por las ramas como tengo por costumbre, ni todo es objeto de opiniones, ni todas las opiniones tienen el mismo valor, ni todas las opiniones merecen respeto. Las opiniones no merecen nada, sólo son opiniones.

Sin embargo, la gente seguirá diciendo tonterías todos los días a todas horas, y como decían hace tiempo en un blog del que soy asidua, «si alguien te dice que dos más dos son cinco puedes intentar que entre en razón, pero cuando alquien te dice que dos más dos es una constelación cercana a Alfa Centauro... entonces no hay discusión posible».

Un saludo y enhorabuena por el blog, lo descubrí ayer y me estoy enganchando.

Agustín Sanz Andreu dijo...

Yo creo que perfectamente podemos enlazar este diálogo con lo que comentábamos en la otra entrada en que participaste.

Es cierto que en muchas ocasiones hay quien se escuda en esa idea errónea de que todas las opiniones son respetables para hacer valer su punto de vista tanto como el de otros, cuando no tiene por qué ser así necesariamente.

Por otra parte, también es verdad que, increíblemente, muchas personas se dedican a opinar sobre cosas que, sencillamente, no son opinables. Tú pones el ejemplo de tu amiga. Yo, por mi parte, te podría decir que en más de una ocasión me he encontrado alumnos míos que opinaban que la teoría darwiniana es falsa (¡¡¡¿¿¿???!!!).

En general, es un problema de soberbia que, por supuesto, siempre se asienta en la ignorancia. Considero que cuanto más sabe una persona más consciente es de todo lo que ignora y por lo tanto más prudente es en sus opiniones y juicios.

Y desde luego que hay opiniones que valen más que otras; valen más en cuanto más informadas, en cuanto que no recurran a falacias argumentativas, en cuanto que respondan a un compromiso con el hallazgo de la verdad (sea lo que sea eso) y no a respaldar intereses particulares, en cuanto que estén dispuestas (precisamente) a ser sometidas a prueba, es decir, a crítica,...

Te lo creas o no, diciendo que te gusta este blog me has alegrado el día. Espero que sigas por aquí; es un placer conversar contigo.

AydaN dijo...

«Yo, por mi parte, te podría decir que en más de una ocasión me he encontrado alumnos míos que opinaban que la teoría darwiniana es falsa (¡¡¡¿¿¿???!!!).»

Da auténtico pavor lo atrevida que es la ignorancia. Sobre todo porque me atrevería a aventurar que esos chavales no tienen demasiada idea acerca de la teoría de la evolución (¿no había dejado ya de llamarse teoría?).

Hubo un tiempo en el que solía pensar que el hecho de que una persona cualquiera tuviera unas creencias religiosas determinadas no hacía daño a nadie. La gente necesita algo "superior" en lo que creer, el miedo a la muerte les hace resistirse a pensar que cuando su corazón deje de latir no serán más que una mancha en la carretera, etc.

Ya no pienso así, y cada vez me doy más cuenta de lo equivocada que estaba, del daño que esas creencias hacen todos los días, incluso a pequeña escala.

Me gusta lo que escribes y me gusta cómo lo escribes. Me alegra haberte alegrado el día. :)

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