domingo, 18 de abril de 2010

UN CRISTIANO A CASCOPORRO Y "EL ORIGEN DE LAS ESPECIAS" O... ¿QUÉ FUE DE KIRK CAMERON?


Se nos podrá acusar de muchas cosas, pero nunca de no ser fieles a nuestras filias y fobias. Por ello era absolutamente inevitable la aparición aquí de este vídeo, en el que se conjugan ambos polos. En cuanto a lo primero, los chicos de Muchachada nui; en cuanto a lo segundo, Kirk Cameron, actor televisivo adolescente que llegó a convertirse en uno de los iconos de los 80, uno de aquellos tipos cuya foto pegaban en su carpeta las chicas de instituto de la época. Tras un breve periodo de inicial popularidad, su carrera actoral fue desarrollándose... ¿inexistente? Pero si no ha destacado en el terreno cinematográfico, sí ha conseguido hacerlo en otro ámbito tan dedicado como aquél a la creación de mundos imaginarios: el del fundamentalismo religioso. Tras su conversión al cristianismo a principios de los 90, se ha prodigado como defensor del creacionismo, poniendo su caduca fama al servicio de este delirio pseudocientífico.
    En realidad, al igual que los muchachos, él también es reincidente en el ágora, pues ya le pudimos ver aquí demostrando la existencia de Dios a partir del "diseño" de los plátanos (¡¡¡¿¿¿???!!!).



En definitiva, el encuentro entre estos dos titanes era algo que tenía que producirse tarde o temprano, ya que un personaje como Cameron no es sino carnaza de primera categoría para Joaquín Reyes y los suyos. Sólo existe un problema: cuando se parodian ciertos personajes, posturas ideológicas y creencias, la parodia nunca llegará a ser tan cómica, tan absurda, tan ridícula, tan increíble, tan... como el original (¿qué es más divertido: este vídeo o el susodicho del plátano?... yo no tengo ninguna duda). Es lo que tiene el vivir ajeno a la realidad, mis queridos cristianos XL.





lunes, 5 de abril de 2010

TODAS LAS OPINIONES SON RESPETABLES... ¡MENTIRA!




Fernando Savater no es precisamente santo de devoción en este ágora, especialmente debido a sus más recientes veleidades políticas (lo cual no se ha de considerar algo accidental ni secundario, pues el pensamiento político nunca lo es en un filósofo), pero ello no obsta para que reciba nuestro reconocimiento por sus numerosos méritos o para que apreciemos la validez de muchas de sus reflexiones. Aquí presentamos un texto que podríamos suscribir al menos en un 80% (lo cual no es poco en el caso de algo tan "situado" en la perspectiva individual como es el pensamiento filosófico). En él derrumba un tópico habitual, el de que todas las opiniones son respetables. Es ésta una afirmación definitivamente falsa que es repetida en innumerables ocasiones y que siempre se presenta como muestra de honestidad intelectual cuando, si se interpreta de la manera correcta, denota precisamente lo contrario. Podríamos aportar nuestros propios argumentos acerca de por qué esta sentencia es una falacia, los cuales no coincidirían en todo punto con los de Savater (y posiblemente lo hagamos en otro momento), pero por ahora quedémonos con sus reflexiones al respecto, las cuales no dejan de constituir un interesante punto de partida para cuestionarse una de esas ideas que, de tan reiteradas, todo el mundo asume sin llegar a plantearse ni su cómo ni su porqué.



En nuestra sociedad abundan venturosa y abrumadoramente las opiniones. Quizá prosperan tanto porque, según repetido dogma que es non plus ultra de la tolerancia para muchos, todas las opiniones son respetables. Concedo sin vacilar que existen muchas cosas respetables a nuestro alrededor: la vida del prójimo, por ejemplo, o el pan de quien trabaja para ganárselo o la cornamenta de ciertos toros. Las opiniones, en cambio, me parecen todo lo que se quiera menos respetables: al ser formuladas, saltan a la palestra de la disputa, la irrisión, el escepticismo y la controversia. Afrontan el descrédito y se arriesgan a lo único que hay peor que el descrédito, la ciega credulidad. Sólo las más fuertes deben sobrevivir, cuando logren ganarse la verificación que las legalice. Respetarlas sería momificarlas a todas por igual, haciendo indiscernibles las que gozan de buena salud gracias a la razón y la experiencia de las infectadas por la ñoñería seudomística o el delirio.


Tomemos, por ejemplo, uno de nuestros debates televisivos de corte popular en el que se afronte alguna cuestión peliaguda como los platillos volantes, la astrología, (sobre este tema hubo uno reciente muy movido, en el que Gustavo Bueno y dos astrofísicos se enfrentaban a una selección de embaucadores particularmente correosa que contaba con la simpatía beocia de la audiencia), la curación mágica de enfermedades o la inmortalidad del alma. Cualquiera de los participantes puede iniciar su intervención diciendo: "Yo opino...". Pues bien, esa cláusula aparentemente modesta y restrictiva suele funcionar de hecho como todo lo contrario. Y es que hay dos usos diferentes, opuestos diría yo, del opinar. Según el primero de ellos, advierto con mi "yo opino" que no estoy seguro de lo que voy a decir, que se trata tan sólo de una conclusión que he sacado a partir de argumentos no concluyentes y que estoy dispuesto a revisarla si se me brindan pruebas contrarias o razonamientos mejor fundados. En ningún caso diría "yo opino" para luego aseverar que dos más dos son cuatro o que París es la capital de Francia: lo que precisamente advierto con esa fórmula cautelar es que no estoy tan seguro de lo que aventuro a continuación como de esas certezas ejemplares. Éste es el uso impecable de la opinión.


Pero, en otros casos, decir "yo opino" viene a significar algo muy distinto. Prevengo a quien me escucha de que la aseveración que formulo es mía, que la respaldo con todo mi ser y que, por tanto, no estoy dispuesto a discutirla con cualquier advenedizo ni a modificarla simplemente porque se me ofrezcan argumentos adversos que demuestren su falsedad. Theodor Adorno, en un excelente artículo titulado Opinión, demencia, sociedad, describe así esta actitud: "El yo opino no restringe aquí el juicio hipotético, sino que lo subraya. En cuanto alguien proclama como suya una opinión nada certera, no corroborada por experiencia alguna, sin reflexión sucinta, le otorga, por mucho que quiera restringirla, la autoridad de la confesión por medio de la relación consigo mismo como sujeto". Este modelo de opinante convierte cualquier ataque a su opinión en una ofensa a su propia persona. Para él, lo concluyente en refrendo de un dictamen no son las pruebas ni las razones que lo apoyan, sino el hecho de que alguien lo formula rotundamente como propio, identificando su dignidad con la veracidad de lo que sostiene. Como cada cual tiene derecho a su opinión, lo que nadie puede recusar, se entiende que todas las opiniones no son del mismo rango y conllevan la misma fuerza resolutiva, lo cual destruye cualquier pretensión objetiva de verdad. Este es el uso espurio de la opinión.


En el debate televisivo al que antes aludíamos, cualquier pretensión de acuerdo sobre lo plausible suele quedar descartado de antemano. Quien insiste en que no se tome por aceptable más que lo racionalmente justificado sienta de inmediato plaza de intransigente o dogmático, vicios de lo más detestables. La resurrección de los muertos y la función clorofílica de ciertas plantas pasan por ser opiniones igualmente respetables; el que no lo cree así y protesta está ofendiendo a sus interlocutores, conculcando su básico derecho humano a sostener con pasión lo inverificable. La actitud de quien gracias a su fe particular "lo tiene todo claro" se presenta no sólo como perfectamente respetable desde la discreción cortés, sino hasta desde el punto de vista científico. En esos programas no hay disparate que no se presente como avalado por "importantes científicos". Si es así, ¿por qué nunca habíamos oído hablar de ello? Nos lo aclaran enseguida: porque lo impide la ciencia "oficial", mafia misteriosa al servicio de los más inconfesables intereses. Otros, menos paranoicos, pero más descarados convierten la propia ciencia moderna en aval de la irracionalidad desaforada. Recuerdo un espacio televisivo en que discutían casos de "combustión espontánea" que aquejan a determinadas personas por causas impenetrables, aunque probablemente extraterrestres. Un reputado físico argumentaba educadamente contra varios farsantes, todos los cuales tenían muy clara su "respetable" opinión. Cuando se mencionó el método científico, uno de los embaucadores -parapsicólogo o cosa semejante- pontificó muy serio: "Mire usted: la ciencia moderna se basa en dos principios, el de relatividad, que dice que todo es relativo, y el de incertidumbre, que asegura que no podemos estar seguros de nada. Así que tanto vale lo que usted dice como lo que digo yo y ¡viva la combustión espontánea!".


La filosofía arrastra una vieja enemistad contra la opinión, entendida en el infecto segundo sentido que hemos descrito. Y no porque sea la filosofía una ciencia empírica ni porque tenga acceso privilegiado a la verdad absoluta, sino porque es su misión defender el contraste razonable de las opiniones y entre las opiniones, su justificación no a partir de lo inefable o lo inverificable, sino por medio de lo públicamente accesible, de lo inteligible por todos y cada uno. Parece más importante que nunca que siga conservando hoy también ese antagonismo crítico, cuando los medios de comunicación han multiplicado tanto el número de opinantes encallecidos. Por eso, resulta especialmente grave el retroceso del papel de la filosofia en los estudios de bachillerato, que antes o después puede llevar a su abolición académica (la otra no depende de los ministros, si no, ya hubiera tenido lugar). Cuando protesté por esta marginación ante un responsable del plan de estudios, me repuso con toda candidez burocrática: "Date cuenta, enseñar filosofía es cosa muy complicada. ¡Hay opiniones para todos los gustos!". A veces siento cierto desánimo, que considero plenamente respetable.

Fernando Savater, "Opiniones respetables", El País.



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