miércoles, 10 de mayo de 2017

SHERMER: "POR QUÉ CREEMOS EN COSAS RARAS"







Michael Shermer
Por qué creemos en cosas raras
(Why People Believe Weird Things)
Prólogo de Stephen J. Gould 
Traducción de Amado Diéguez
Barcelona, Alba Editorial, 2008



Nos encontramos aquí con uno de esos títulos que ha de formar parte de cualquier biblioteca escéptica que se precie. Una de las garantías de su valía reside en la entidad de su autor, Michael Shermer, uno de los nombres más destacados actualmente entre las filas de quienes luchan contra las creencias irracionales desde la postura del escepticismo científico, fundador de la Skeptics Society y editor de la revista Skeptic (más información sobre el personaje y su currículo donde siempre). Con el fin de que puedas ver en acción a Shermer, aprovechamos para recomendar un par de sus ponencias inscritas en las actividades de TED, disponibles aquí y aquí, y las cuales suelo emplear en mis propias clases. Obviamente, una sencilla búsqueda en YouTube te permitirá encontrar mucho más material audiovisual protagonizado por Shermer. Y por si el nombre del autor no fuese ya suficiente garantía, disponemos del aval aportado por el firmante del prólogo, nada menos que Stephen Jay Gould, de quien no debería ser necesario decir nada más (aunque, por si acaso, podemos remitirnos de nuevo a... eso es, lo adivinaste: donde siempre).

Una vez hechas las oportunas presentaciones, procedamos a desglosar los contenidos del libro.

Nos encontramos en primer lugar con el ya mentado prólogo a cargo de Gould, el cual contextualiza el libro a través de una breve disertación centrada en una defensa de la necesidad intelectual y moral del escepticismo científico ante el calado social de las creencias irracionales. Y presentando el texto que nos ocupa como una aportación más a semejante lucha.

A continuación, en un segundo prólogo ya del propio Shermer, se responde a algunos comentarios críticos que siguieron a la primera edición del libro. Entre tales respuestas, destacan las que permiten al autor abundar en algunos temas ya tratados en otros lugares del libro, como la raciología (que se verá en el cap. 14) o el creacionismo (que se verá en los caps. 8 a 10). En este apartado se expone también una teoría explicativa de la tendencia humana hacia las creencias irracionales, la cual no resulta en absoluto novedosa pero sí conveniente de recordar con el fin de aportar un fundamento teórico a la postura crítica que se exhibirá a lo largo del libro, especialmente de cara al lector no excesivamente introducido en estos temas. Dicha explicación, que tampoco procede exponer aquí en profundidad, adopta una perspectiva evolutiva, y se refiere a la tendencia implantada en nuestra mente a buscar patrones, orden y relaciones causales en los fenómenos, tendencia que posee una utilidad adaptativa. Lo que sucede es que en ocasiones nos excedemos en la identificación de tales patrones, encontrándolos también donde no está suficientemente justificado considerar que existen. El objetivo principal del libro, tal como aquí se explicita, será pues "comprender la psicología de los sistemas de creencias", y ello mediante el análisis de los factores que conducen a las creencias irracionales a partir del estudio de ejemplos concretos de las mismas.

El sentido e intenciones del libro continúan desgranándose en un siguiente apartado titulado ''Introducción. En el programa de Oprah'', donde Shermer narra su experiencia en el programa televisivo de la célebre presentadora estadounidense. Allí, se vio enfrentado a la actuación de una médium, encontrando que su actitud crítica provocaba un intenso rechazo por parte del público asistente. Al hilo de esta anécdota, que muestra lo "antipática" que resulta para mucha gente la postura escéptica, se alude a la habitual necesidad emocional de determinadas creencias irracionales. Y, al mismo tiempo, al hecho de que la ciencia puede resultar una perfecta alternativa. El libro es presentado aquí como "una celebración del espíritu científico".

Una primera parte del texto (con el título “Ciencia y escepticismo”) engloba tres capítulos iniciales en los que se tratan diversas cuestiones generales alrededor de la oposición entre escepticismo/ciencia y creencias irracionales/pseudociencia.

Tras comenzar revelando la experiencia personal que le condujo a esa posición teórica, el autor lleva a cabo una caracterización del escepticismo moderno, enumerando algunos de sus principales representantes (Gardner, Randi, Kurtz), y explicitando su identificación con el pensamiento científico. A propósito de esto último, se nos habla acerca del método científico, de la actitud escéptica como componente de la ciencia y de la curiosidad natural del ser humano en su relación con la actitud escéptica.

Acto seguido se nos va a hablar del polo opuesto del dilema: la gran extensión y calado social de las creencias irracionales, en llamativo contraste con el gran crecimiento del conocimiento científico en nuestra época. Se expone el debate externalismo (relativismo) - internalismo (objetivismo) en lo referido al conocimiento científico, en cuanto su relevancia para jerarquizar el conocimiento científico por encima del pseudocientífico, junto con una propuesta de solución al mismo. Y se llega finalmente a la enunciación de una definición de "pseudociencia".

Resulta un elemento especialmente llamativo en esta primera sección el tratamiento de la cuestión de la diferencia entre ciencia y pseudociencia en las ciencias humanas, centrado en la disciplina de la historia. Y ello nos resulta interesante debido a que se trata de algo poco habitual, ya que la gran mayoría de obras de este género suele enfocar su atención en el terreno de las ciencias naturales, quizás como reflejo de la idea errónea de que éstas constituyen la única ciencia o la ciencia por excelencia. Como ejemplo de planteamiento pseudocientífico en las ciencias humanas, se presenta la teoría del afrocentrismo, al cual se le dedicará posteriormente el capítulo 14, así como también sepresentará otro caso paradigmático de pseudociencia en el terreno de las ciencias sociales, el del negacionismo del Holocausto, el cual será desarrollado in extenso también más adelante (caps. 11 a 13).

Las consideraciones acerca de la naturaleza de la ciencia (y de lo que no lo es) concluyen con una reflexión acerca de su carácter acumulativo y progresivo como rasgo diferencial con respecto a la pseudociencia, con una referencia a la teoría de los paradigmas de Kuhn.

El tercer y último de los capítulos que conforman esta primera sección del libro (“Cuando el pensamiento se equivoca. Veinticinco falacias que nos impulsan a creer en cosas raras”) se centra en los factores psicológicos que nos llevan a la creencia irracional. De tal manera, se exponen algunos de los mecanismos que inducen a la creencia irracional (sesgos cognitivos, errores de razonamiento, falacias,...), agrupados en varias categorías: "problemas del pensamiento científico", "problemas del pensamiento pseudocientífico", "problemas lógicos del pensamiento" y "problemas psicológicos del pensamiento". Ello se complementa con un argumento de Hume (la "máxima de Hume") que el autor presenta como el lema que resumiría la actitud escéptica, cuya esencia es la exigencia permanente de evidencia sobre las cosas, y como el contrapunto de todos aquellos factores, como los enumerados en el capítulo, que pueden llevarnos a admitir determinadas creencias que no se encuentran respaldadas por semejante evidencia: "ningún testimonio basta para confirmar un milagro a menos que el testimonio sea de tales características que su falsedad sería más milagrosa que el hecho que pretende confirmar".

Por otra parte, y a partir de algunas anécdotas personales, el autor presenta una de las aportaciones más interesantes del libro: su tesis de que la creencia irracional es algo en lo que puede caer cualquier persona (no necesariamente chalados, ignorantes, etc.) siempre que sea víctima de determinados errores de razonamiento. Es una idea en la que el autor abundará mucho en esta obra la de que, por ser víctima de la irracionalidad, no se le ha de presuponer ninguna tara particular al sujeto. Por ello, veremos cómo dedicará más adelante un capítulo íntegro (el 17) a mostrar que no existe una necesaria correlación entre la tendencia a manejar creencias irracionales y otra serie de rasgos personales, incluida la inteligencia, de modo que, como dice el autor, también "la gente lista cree en cosas raras". Este planteamiento queda asociado con otra idea referida a la actitud que desde el escepticismo se ha de adoptar con respecto a los casos de creencia irracional, y que se resume en lo que el autor presenta como el "aforismo de Spinoza" (p. 121): es una tentación habitual del escéptico mirar con menosprecio, soberbia y superioridad al que cree en "tonterías", lo cual suele llevarle incluso a la burla sarcástica, pero tal cosa supone a su vez la irracionalidad de dejarse llevar por determinadas emociones. En realidad, su actitud debería ser la de una búsqueda de comprensión de esos casos:

"Los escépticos tenemos la muy humana tendencia a deleitarnos con el descrédito de lo que nos parecen tonterías. Resulta divertido percatarse del razonamiento falaz de los demás, pero no es ésa la cuestión. Como pensadores críticos y escépticos, tenemos que ir más allá de nuestras respuestas emocionales, porque, comprendiendo por qué otros se equivocaron o se equivocan (...) podemos mejorar nuestra comprensión del funcionamiento del mundo. (...) En el siglo XVII, el filósofo holandés Baruch Spinoza lo dijo mejor: «Me he esforzado siempre en no ridiculizar, no lamentar, no burlarme de las acciones humanas, sino en comprenderlas»."

Tras la anterior primera parte del libro, de carácter más bien teórico, comienza la exposición de una serie de casos particulares de creencias irracionales. Esto abarcará las partes del libro segunda ("Pseudociencia y superstición"), tercera ("Evolución y creacionismo"), cuarta ("Historia y pseudohistoria") y primer capítulo de la quinta ("De la esperanza nace lo eterno"), o caps. 4 a 15. Para cada uno de tales casos, el autor analiza cómo se presenta y aporta argumentaciones para su refutación.

Son los siguientes:

-La percepción extrasensorial, centrándose en la asociación norteamericana ARE, dedicada a la memoria del "psíquico" Edgar Cayce (cap. 4: "Desviaciones. Lo normal, lo paranormal y Edgar Cayce").


-Las experiencias cercanas a la muerte. La búsqueda científica de la inmortalidad, centrándose en la criogénica y la clonación (cap. 5: "A través de lo invisible. Las experiencias cercanas a la muerte y la búsqueda de la inmortalidad").


-Las abducciones alienígenas (cap. 6: "¡Abducidos! Encuentros con alienígenas").

-El fenómeno de "caza de brujas" (o, como lo etiqueta el autor, "epidemia de acusaciones"). Casos contemporáneos como el "pánico satánico" de la década de los 80 del siglo XX o el "movimiento de recuperación de recuerdos" (cap. 7: "Epidemia de acusaciones. La caza de brujas en la Edad Media y en la actualidad").

-El creacionismo (se le dedica la tercera parte del libro íntegra; caps. 8: "Al principio. Una tarde con Duane T. Gish", 9: "Contra el creacionismo. Veinticinco argumentos de los creacionistas y veinticinco respuestas de los evolucionistas" y 10: "Ciencia defendida, ciencia definida. La evolución y el creacionismo ante el Tribunal Supremo").

-El negacionismo del Holocausto, como ejemplo de pseudociencia en el terreno de las ciencias sociales (cuarta parte del libro excepto su último capítulo, dedicado, como veremos, a otro caso encuadrado en las ciencias sociales; caps. 11: "Tertulias televisivas. Historia, censura y libertad de expresión", 12: "Quién dice que el Holocausto nunca ocurrió y por qué. Visión general de un movimiento" y 13: "Cómo sabemos que el Holocausto ocurrió. El descrédito de los revisionistas").

-La raciología, segundo ejemplo, tras el negacionismo del Holocausto, de pseudociencia en el terreno de las ciencias sociales (completando así la parte del libro, la 4ª, dedicada a la "pseudohistoria"; cap. 14: "Encasillar lo inencasillable. Una visión afro-greco-germano-americana de la raza").

-Frank Tipler y sus teorías del principio antrópico y de la resurrección de los muertos (primer capítulo y único dedicado a un caso particular de la 5ª parte: "De la esperanza nace lo eterno"; cap. 15: "El doctor Pangloss de nuestro tiempo. ¿Puede la ciencia hallar el mejor de los mundos posibles?").

Los dos últimos y restantes capítulos, que completan la 5ª parte del libro, abandonan la exposición de casos para volver a cuestiones generales de tipo teórico, referidas a los factores explicativos de la creencia irracional.

Así, en el cap. 16 (“Por qué creemos en cosas raras”) se enumeran algunas motivaciones para la aceptación de creencias irracionales: búsqueda de consuelo (falacia del deseo), gratificación inmediata, búsqueda de explicaciones simples, búsqueda de sentido, anhelo de eternidad...

Pero es en el último capítulo, el 17 (“Por qué cree la gente lista en cosas raras'') donde se expone la que quizás sea la idea que hace a este libro más valioso, ya que por lo demás tampoco aporta mucho más ni nada diferente de lo plasmado ya tantas veces en otras obras de la misma temática. Esa idea ya se había anticipado al presentar lo que el autor denomina "aforismo de Spinoza", de lo cual hemos hablado más arriba, y sirve de apropiada respuesta a un prejuicio enormemente extendido: el que lleva a los escépticos a arrogarse cierta superioridad. Esta actitud constituye un problema en más de un sentido. En primer lugar, porque suele hacer aparecer a estos individuos como antipáticamente arrogantes, lo cual resulta totalmente contraproducente para su declarada intención de difundir su postura. Pero además, porque, de manera paradójica, esa actitud de alardear de ser más racional que el común de las personas responde a una creencia totalmente infundada racionalmente. Y tal paradoja da la razón a Shermer en lo que va a intentar mostrar aquí: que nadie, independientemente de cualesquiera de sus otros rasgos personales, se encuentra libre del riesgo de caer en la irracionalidad de sus creencias.

Shermer va a mostrar lo que el título del capítulo anuncia: que la gente "lista" no se encuentra libre de creer en cosas raras, añadiendo a ello una explicación del por qué es así:

"Dentro del movimiento escéptico se da por supuesto -y, en realidad, se eleva a la categoría de máxima- que la inteligencia y la educación sirven de profiláctico impenetrable frente a las pamplinas que, según presumimos, las masas poco inteligentes y todavía menos cultivadas se tragan con la mayor credulidad. [...] pero ¿está la élite cognitiva protegida contra las sandeces que, en nuestra cultura, algunos se toman tan en serio? ¿Son las chorradas alimento de los tontos exclusivamente? La respuesta es: no. Y la pregunta es: por qué."

Como ejemplo de lo sos
tenido por el autor, se enumera una serie de casos de individuos de demostrada cualificación intelectual que, sin embargo, incurren en sostener creencias irracionales. Por ejemplo, el matemático Frank Tipler, al que ya se le ha dedicado el cap. 15 (pp. 421-422), o personajes del mundo académico especialistas en diversas disciplinas que se han manifestado como creyentes en los ovnis y las abducciones extraterrestres (pp. 454- 471).

Así, se nos presentan (pp. 427-430) determinados estudios que muestran que no existe correlación entre la inteligencia, la formación académica, el nivel cultural, etc., y el sostenimiento de creencias irracionales.

En cuanto al "por qué" ya mencionado, la explicación (pp. 425-426
y 444-453) se refiere al hecho de que la creencia en "cosas raras"no depende de factores como la menor inteligencia o formación cultural, sino de otros muy diferentes (sesgos cognitivos, influencias del entorno social o familiar, experiencias personales,...) cuyo efecto es totalmente independiente de tales variables. Es más, el autor llega a afirmar que la gente inteligente, precisamente por serlo, está incluso más capacitada para defender sus creencias irracionales ("está entrenada para defender creencias y afirmaciones a las que ha llegado por razones poco inteligentes"). Es decir, que no sólo tiene creencias irracionales, sino que incluso su modo de sostenerlas es mejor que el de las personas con menor formación. Y, como ilustración particular de lo dicho, se exponen dos prejuicios cognitivos que "la gente lista” maneja con especial habilidad: el de atribución intelectual y el sesgo de confirmación.

Así, nos dice Shermer:
"[...] a las personas inteligentes se les da mejor racionalizar sus creencias con argumentos razonados, pero, como consecuencia de ello, están menos abiertas a considerar las opiniones ajenas. Así pues, aunque la inteligencia no afecta a lo que creemos, sí influye en la forma en que las creencias se justifican, racionalizan y defienden, después de que las hayamos adquirido por razones que nada tienen que ver con la inteligencia".

Especialmente interesante resulta el primero en lo que se refiere al caso del ateísmo. El autor muestra que existe la tendencia
a pensar que, si bien los demás suelen sostener sus creencias religiosas por motivos irracionales de muy diversa índole, uno mismo, sin embargo, posee esas creencias por fundadas razones. Pues bien, lo mismo se puede aplicar a la ausencia de creencia religiosa. Resulta muy dudoso que uno mismo pueda "decidir", de manera intencionada, consciente y como resultado de la reflexión racional, ser ateo; sin embargo, muchos ateos se encuentran convencidos de que han llegado a tal condición de esa manera. Posiblemente más bien, y como dice Shermer, lo que hacen es "justificar sus creencias con razones intelectuales, aunque las hayan adquirido por razones no intelectuales". Este mismo asunto ya lo tratamos nosotros mismos, con idénticas conclusiones a las de Shermer, en otro de nuestros artículos publicados en este mismo blog.

Existe además el problema de la inteligencia "de dominio especial" (pp. 431-432): se puede ser muy inteligente en un determinado terreno, pero ello no garantiza encontrarse libre de la irracionalidad en otros terrenos diferentes. Lo cual, a nuestro personal parecer, serviría muy bien como respuesta a la cuestión, tan debatida en ciertos círculos, acerca de cómo puede haber científicos que son al mismo tiempo creyentes religiosos; pensar que tal cosa es un contrasentido es como pensar, por ejemplo, que una mente científica no debería caer nunca en la idealización de la persona amada; lo cual, en definitiva, es conocer bien poco al ser humano.

Pero el autor no se limita a analizar si existe relación entre la inteligencia y el sostenimiento de creencias irracionales, sino que también se ocupa (pp. 433-443) en el mismo sentido de otras variables (género, edad, educación, personalidad, locus de control), siempre para llegar a la conclusión final de que no existe en ningún caso una correlación. Es decir, que la tendencia a la irracionalidad de las creencias es totalmente independiente de cualquier otra característica del individuo; por lo tanto, que cualquiera, sea quien sea y como sea, puede ser susceptible de incurrir en ese tipo de creencias.

Concluyendo con una valoración general de la obra, podemos decir que el libro sirve como una excelente introducción a la temática de que se ocupa, al tratar una cantidad de casos suficientemente variada, así como por las consideraciones teóricas que se incluyen. Como ya hemos manifestado, las cuestiones que más nos han interesado particularmente han sido las que ocupan los capítulos finales.

No obstante, también podemos identificar algunos puntos negativos. Así, nos parece que las reflexiones epistemológicas de Shermer pecan en general de bastante superficiales y simplistas, resistiendo difícilmente un análisis en profundidad (como signo de esto, podemos mencionar el uso no del todo acertado que se hace de los conceptos kuhnianos en la primera parte del libro). Por otra parte, el libro resulta fallido en determinados aspectos formales, adoleciendo de una estructura algo deslavazada e inconexa. De hecho, valdría mejor (y no pasaría nada si se hubiese presentado así) como un compendio de artículos variados alrededor del tema principal. O también mostrando excesivas lagunas y cierta falta de equilibrio en los casos tratados: se dejan a un lado creencias irracionales relevantes (no hay ni una mención a las pseudomedicinas) mientras se extiende excesivamente de modo injustificado en otros ciertos temas (como el negacionismo del Holocausto). El motivo parece ser que son esos los temas investigados personalmente por el autor, con lo cual es comprensible que abunde en ellos. Sin embargo, sin semejante aclaración explícita, el lector neófito puede fácilmente llevarse una impresión equivocada acerca de qué temas poseen mayor relevancia objetiva (por su impacto social, por ejemplo) en el terreno de las creencias irracionales.

Sin embargo, ninguno de los anteriores defectos es óbice para que, como ya indicamos al comienzo de nuestro comentario, podamos considerar este título como no sólo recomendable sino incluso necesario para cualquier persona interesada en el tema de que se ocupa.


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